lunes, 18 de junio de 2012

Acerca de nuestro sistema jubilatorio y su manía por invertir


Para poder entender mejor cómo funciona nuestro sistema jubilatorio, vamos a hacerlo por comparación con tener una cuenta en una AFJP.

Quienes aportaban a una AFJP eran dueños de sus aportes. La aseguradora se encargaba de administrarlos y, llegado el momento, o bien restituía el monto ahorrado o bien se pautaban cuotas –generalmente mensuales-.  El haber pautado –o el monto total- recibido no dependía sólo de cuánto se había logrado aportar, sino sobre todo de qué tan bien la aseguradora había administrado ese dinero. Si la inversión había resultado en pérdida, en vez de tener más dinero uno podía ir teniendo cada vez menos. Además, había que considerar el hecho de que la propia aseguradora también cobraba un porcentaje sobre tal servicio, independientemente de que el mismo llevara a ganancias o pérdidas. Muchos aportantes terminaron sorprendiéndose al constatar que gran parte de sus aportes se habían perdido entre comisiones de la aseguradora, y balances negativos. Otros, simplemente no se enteraron; porque –excepto las propias aseguradoras- nadie ganó.



El sistema de reparto es absolutamente diferente al de capitalización, que es el que sostenían las AFJP y que fue importado durante el menemismo como parte del plan de privatización de los servicios que hasta ese momento había administrado exclusivamente el Estado. En el sistema de reparto nadie es dueño de sus aportes, ya que contribuye solidariamente a un fondo común. Es con ese fondo común que se abonan los beneficios jubilatorios de quienes están actualmente jubilados; y los jubilados futuros recibirán sus beneficios de los futuros aportantes al sistema.

¿Cómo se sostiene la viabilidad de este sistema, que es nuestro sistema actual de jubilaciones y pensiones? En primer lugar, con los aportes, que sólo se realizan por puestos de trabajo en blanco. Repito: que sólo realizan por los puestos de trabajo en blanco, ya que estos trabajadores son los únicos que realizan aportes –por ley y en un porcentaje ya estipulado- y sobre cuyos sueldos se realizan aportes patronales. Quienes perciben total o parcialmente sus sueldos en negro, nada aportan. Ni ellos ni sus empleadores.

Sin embargo, este aporte solidario sólo garantiza el funcionamiento inmediato del sistema. Por lo tanto, no sólo es necesario garantizar la generación de aportes, sino que se dé una continuidad a largo plazo, que garantice el cobro de los beneficios futuros, que percibirán los hoy aportantes. ¿Cómo hacerlo?

En primer lugar, dado que el flujo de aportes se relaciona con la generación de empleo, en lo inmediato, justamente, se debe sostener el empleo y se debe propender a aumentarlo. Es por esto que cuando se evalúa la conveniencia de que el Sistema opte por ciertas inversiones, no debe pensarse sólo en la renta posible, sino en los beneficios indirectos de la misma, que vuelven sobre el sistema. Por ejemplo, si bien es cierto que ciertas inversiones prometen mayor rentabilidad, por lo general la misma está asociada a mayor incertidumbre y riesgo de resultar en pérdidas. Este sería el caso de una inversión meramente financiera. En cambio, otras formas de inversión más conservadoras, como es el caso del Plan Procrear para la construcción de la primera vivienda, no ofrecen una gran renta, pero también es bajo el nivel de riesgo. Sin embargo, indirectamente, propende a la generación de empleo; un empleo que puede controlarse –y por lo tanto, que al menos en una importante proporción sea “en blanco”- con la contrapresentación de las facturas y boletas que permiten el acceso al crédito, y que por ello tributa al mismo sistema jubilatorio que lo sostiene. De esta manera, el beneficio que pueden proporcionar este tipo de planes, de ser bien gestionados, en lo inmediato es doble: por la renta obtenida  más el aumento de aportes por la generación de empleo. Y, por tratarse de una inversión conservadora, el capital no está puesto en riesgo, ya que se encuentra respaldado por las garantías hipotecarias sobre las construcciones que se están realizando.

En segundo lugar, hay que garantizar –en lo mediato- que el flujo de aportes continúe, ya que será lo que garantice el cobro del beneficio a quienes hoy aportan al sistema. Y esto se logra no sólo promoviendo la empleabilidad, sino mejorando la calidad del trabajo futuro. O sea, invirtiendo en la generación de puestos de trabajo estructural, y en educación. Por un lado, por ejemplo, sosteniendo planes para impulsar a pequeños emprendedores (las PyMEs son las mayores generadoras de empleo), o para la instalación de nuevas industrias y el mejoramiento de las ya existentes. Y por otro, para el mejoramiento de la calidad de la educación, lo que redundará en el mejoramiento de la calidad del empleo. En este caso, un ejemplo de acción directa es el Plan Conectar Igualdad, pensado para que cada niño acceda a su PC, y se la utilice como instrumento de aprendizaje en las aulas; y otro, indirecto, es la Asignación Universal por Hijo, que permite controlar –a la vez que sostener- el cuidado de la salud y educativo de niños económicamente más vulnerables: los futuros trabajadores.


No pretendí ofrecer una explicación técnica de nuestro sistema jubilatorio y sus alcances actuales y futuros. Sólo aportar un poco a la comprensión de su lógica, ya que las discusiones que están sosteniéndose desde los medios, y se reproducen en la calle, parecen desconocerla. Si lo he logrado, es justo lo que buscaba.
¿Y el 82% móvil? Por supuesto que esta es una lucha con la que estoy de acuerdo. Y no se debe claudicar en el pedido. Pero lo anterior no debería contraponerse a esto: los planes de inversión son parte de la construcción de su factibilidad, si aún no es posible. Y si ya es posible, es una inmoralidad no hacerlo.