jueves, 1 de junio de 2017

Revolución de Mayo. La Revolución Inconclusa




(Sobre la clase abierta ofrecida en el Profesorado de Educación Inicial del ISFD 112, en el marco de la conmemoración de la Revolución de Mayo, 2017)




Viviana Taylor

Uno de los recuerdos que tengo asociados a los actos escolares de mi infancia, sigue en mí como una especie de asociación refleja: cada vez que escucho “Revolución de Mayo” en mi cabeza resuene “el Pueblo quiere saber de qué se trata”.

Me sigue pasando. Sigo queriendo saber de qué se trata. Y sospecho que todos los que estamos acá queremos saber de qué se trata.

Por eso, para empezar, vamos a ponernos de acuerdo en qué significamos cuando decimos “REVOLUCIÓN”. Como para entendernos.

Cuando comencé a pensar sobre esto que ahora les propongo pensar juntos, definir REVOLUCIÓN fue un problema. No por el significado en sí de la palabra: una REVOLUCIÓN ES UN CAMBIO RADICAL Y RÁPIDO DE LAS ESTRUCTURAS VIGENTES. Se convirtió en un problema porque al significarla como REVOLUCIÓN DE MAYO se complejizó el concepto. Cuando era una niña que iba al jardín y bailaba el pericón vestida de paisanita lo tenía más claro: nos reuníamos  para celebrar el “cumpleaños de la Patria”. Pero hoy esa idea no me resulta tan clara: uno nace una vez y listo, ya nació, ya está, ya existe.

Mi hipótesis (espero que como docentes en formación y ciudadanas que son se tomen en serio el desafío de refutarla, porque para eso están las hipótesis) es que la Revolución de Mayo es una revolución inconclusa. Una revolución que todavía estamos librando, que continúa. A veces con mayor o menor visibilidad, y por momentos casi clandestinamente. En este sentido, somos herederos de batallas inconclusas, en las que de un lado hay un modelo de país y del otro lado un modelo de colonia.

Para poder seguir pensando en torno de esta hipótesis, necesitamos derribar dos mitos:

1º MITO: HAY VARIOS MODELOS DE PAÍS. No, no hay varios modelos de país: hay un modelo de país. Un modelo de país significa independencia económica, soberanía territorial y política, ciudadanía con derechos. Podrá haber diferentes formas de construirlo, y diferentes momentos en su construcción, pero un país es eso. Frente a eso lo que hay no es otro modelo de país, sino un modelo de colonia, de dependencia.



2º MITO: NO ES NECESARIO QUE UNA REVOLUCIÓN SEA VIOLENTA. Si una revolución, por definición, busca el cambio radical y rápido de las estructuras vigentes, sin dudas va a tocar intereses. Y no hay manera de que eso no provoque una reacción violenta por parte de quienes sientan que pierden privilegios. En nuestra historia, esas reacciones –a veces más sutiles y a veces más dramáticas- siempre han sido brutales, y es importante que aprendamos a reconocerlas porque de estas formas de violencia está atravesada nuestra identidad común.



Hablando de ser herederos de batallas inconclusas… viajemos a 1806. Se había producido la primera invasión inglesa, y el Gral Carr Beresford era el flamante gobernador de Buenos Ayres. El 10 de julio de 1806 Beresford, abrió una oficina en la que se presentaron 50 familias a jurarle fidelidad al Imperio Británico, a cambio de protección a perpetuidad de todos sus bienes para ellos y para las generaciones venideras. La mayoría de esos vecinos permanecen desconocidos porque los documentos firmados fueron destruidos para contribuir a la desmemoria, como vamos a ver que ha sucedido mucho a lo largo de nuestra historia.

Lo que sí sabemos es que en esa reunión también les tomó juramento a los miembros de su flamante regencia. Y que quien hasta entonces había sido el Director de Aduana, Manuel Belgrano, no se había presentado a jurar lealtad al imperio y había renunciado a su cargo. Así que, en su lugar, fue nombrado como Director de Aduana un conocido comerciante español que se dedicaba a traficar esclavos y al contrabando, y que más tarde llegó a ser alcalde de primer voto del Cabildo y Síndico del Consulado de Comercio. Su nombre: José Martínez de Hoz.

Adivinen cuál Director de Aduana terminó pobre y cuál rico él y todas las generaciones venideras.

Toda la línea sucesoria de los Martínez de Hoz está plagada de presidentes de la Sociedad Rural Argentina, un gobernador de la Pcia de Buenos Aires gracias al fraude electoral en la década del 30, y muchos cargos políticos con sus consecuentes juicios por malversación de caudales públicos. Los que la historia argentina tiene más frescos fueron dos de sus homónimos:

José Martínez de Hoz (1895) fue director de La Forestal, una compañía inglesa fundada con capitales franceses y con deuda que toma Argentina en Inglaterra, que constituyó un estado paralelo: tenía ferrocarriles y puertos propios, pagaba a sus trabajadores con pagarés que debían canjear en los almacenes de la empresa, con su propia fuerza de represión, y que dejó devastadas millones de hectáreas en Santa Fe, Chaco y Santiago del Estero, para exportar postes, durmientes y tanino, y con un pago simbólico de impuestos, prácticamente nulo. Además, presidió la Sociedad Rural Argentina.

Su hijo, otro José Martínez de Hoz (1925) fue ministro de Economía de la Pcia de Salta durante la dictadura que se autodenominó Revolución Libertadora (Fusiladora para los enemigos) y de la Nación durante la dictadura cívico-militar-clerical del ’76. Fue el verdadero ideólogo del modelo económico neoliberal: apertura de las importaciones, incentivos para el sector financiero que generaba más ganancias que la inversión productiva (bicicleta financiera), libre disponibilidad de compra de dólares, desindustrialización, endeudamiento externo, sujeción a las medidas recomendadas por el FMI, y una brutal censura informativa y represión bajo la forma de terrorismo de Estado para poder llevarlo adelante. Y aunque en 2010 fue condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura, murió gozando de prisión domiciliaria.

Y otro José Martínez de Hoz, hijo del anterior, que viene de asesorar multinacionales en propiedad intelectual, es el actual vicepresidente del Instituto Nacional de Propiedad Industrial por Mauricio Macri. Es el encargado de proteger las patentes de nuestra actividad fabril… Me eximo de mayores comentarios, porque ya fue denunciado por incompatibilidad de funciones.

Volvamos a Beresford. Como sabemos, Buenos Aires fue reconquistada. Para celebrar la victoria, un acaudalado vecino ofreció junto con su esposa un Banquete en honor a los Oficiales de la Reconquista: no era otro que José Martínez de Hoz, flamante ex Director de la Aduana al servicio del Imperio Británico. Y su historia no terminó ahí: en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 apoyó al virrey Cisneros y manifestó su lealtad a España.

¿Por qué me remonté hasta las invasiones inglesas? Porque con ellas (recordemos que hubo otra en 1807) ingresó por primera vez  el modelo de mercado a Buenos Aires, que si bien no era una ciudad económicamente importante (había muy poco, casi nada fuera de contrabando), sí era un elemento clave como punto estratégico y político.

Peguemos un salto en el tiempo. Pasamos los hechos de Mayo de 1810 y todos los que los sucedieron… y llegamos a febrero de 1826. Bernardino Rivadavia, primer presidente de las Provincias Unidas del Río del Plata. Estábamos en guerra con Brasil y eso había apurado la necesidad de un cargo que hasta ese momento no existía: un hombre con bastón de mando y banda presidencial que representara al país en formación.

19 de febrero. Apenas 11 días después de su asunción, llegan a Buenos Aires los últimos hombres que habían peleado casi 14 años a las órdenes de San Martín: el gran enemigo de Rivadavia. ¿Qué los enfrentaba? Cuestiones de modelos, se ve que San Martín era otro populista de esos que creen que hay un modelo de país y un modelo de colonia. Y a él le parecía que lo que proponía Rivadavia no era un modelo de país.

Recordemos que el general San Martín había partido al exilio en 1824, después de dejar a sus Granaderos en manos de Bolívar.

Este ejército, que había sido abandonado por Buenos Aires, se quedó peleando hasta la última batalla a pesar de estar sin recursos. Y recién entonces emprendió la vuelta a Buenos Aires. Después de un mes de marcha desde Mendoza, llegó a la Plaza de Mayo en 23 carretas trayendo lo poco que quedaba del Regimiento de Granaderos a Caballo y del Ejército de los Andes. El único documento que lo prueba son unas líneas en la Gaceta Mercantil que dicen:

Retornan al mando del Coronel José Félix Bogado. A sus órdenes llegan 78 hombres, entre ellos había seis que hicieron toda la campaña desde San Lorenzo hasta Ayacucho: Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Damasio Rosales, Francisco Vargas y Miguel Chepoya”.

Nadie conoce en Buenos Aires esos seis nombres: no hay calles, ni plazas, ni estatuas. Nada. Y no sabemos, porque no hay registro,  quiénes son los otros 72 hombres sólo conocidos por Dios y por la Patria. Nadie creyó tener ninguna deuda con esos soldados sucios, llenos de cicatrices y heridas, mutilados, que ataron sus caballos en los palenques de la Plaza de Mayo.

Lo que quedaba del Regimiento regresó a su antiguo cuartel de Retiro para depositar lo que quedaba de sus armas, y fue disuelto. Algunos de sus jefes y oficiales pasaron a otros cuerpos de reciente creación o a escoltar al gran enemigo de su general y de la gesta sanmartiniana: a Rivadavia, el inventor de la deuda externa, que prometía primer mundo mientras procuraba convertirnos en una próspera colonia a las órdenes de Londres. De esa deuda, Rosas pagó algo, y el resto -120 años después- la saldó Perón. Así que tuvo bastante éxito con su modelo de coloniaje, pero la prosperidad nos la quedó debiendo.



Este fue el camino por el que se transitó hacia la segunda conquista, destruyendo los sueños de soberanía que habían llegado con la Revolución de Mayo, con el grito de independencia en Tucumán, y con la victoria militar de los Libertadores de América.

Y esta segunda conquista se concretó entre 1852 y 1946, cuando –ya sin Rosas- se abrieron de par en par las puertas para que Europa nos reduzca durante esos 94 años a ser proveedores de materias primas y compradores compulsivos de productos elaborados. No es poco: casi un siglo.



Pero por la década de 1920 algunos oficiales del Ejército Argentino comenzaron a discutir la necesidad de desarrollar tecnología nacional para lograr autonomía económica y autodeterminación política. Entre ellos:

·        Enrique Mosconi >>>>>>> promotor de la producción nacional de petróleo y combustibles

·        Manuel Savio >>>>>>>>> padre de la siderurgia nacional

·        Francisco de Arteaga >>> pionero en la producción de aeronaves

Eran tiempos en los que en nuestro país se importaba TODO. Y llegó  el peronismo que puso en marcha POR PRIMERA VEZ un modelo de país.

El primer peronismo  se encargó de motorizar esos sueños consolidando las bases de la industria nacional, que a su vez se apoyaron en las tres columnas del modelo de país: soberanía política, independencia económica y justicia social. Se promulgaron los Derechos del Trabajador, se puso en marcha el Plan Quinquenal, se decretó la Independencia Económica al pagar la deuda externa (aquella que venía desde hacía 120 años, contraída por Rivadavia) y se aprobó el voto femenino. Y ese proceso culminó dos años después, con la Constitución del ’49, que sentó las bases para un modelo de país con un perfil exportador, con la profundización de la sustitución de importaciones,  con una banca con sentido nacional, leyes laborales y distribución de la riqueza. La Constitución del ’49 fue realmente revolucionaria: incorporó como derechos constitucionales los del trabajo, la niñez y la ancianidad; el voto femenino, la provincialización de los antiguos territorios nacionales, la elección directa del presidente y vice, y su reelección. Una Patria nueva con reglas de juego nuevas…

hasta 1955, cuando el golpe militar que terminó con el primer peronismo terminó también con este modelo de país para volver al modelo de colonia. La Revolución Fusiladora pactó el ingreso del FMI, se derogaron impuestos a la oligarquía, se cerraron las paritarias, y se comenzó un proceso de endeudamiento externo,  desindustrialización y avance de las multinacionales, que a través de distintas fases se mantuvo en el gobierno hasta el año 2003. Por supuesto, también se derogó la Constitución del 49: una constitución para fundar un modelo de país era un obstáculo para la reinstalación del modelo de colonia.

El argumento para derogarla fue que la Constituyente estuvo mal convocada (una falacia: fue convocada de la misma manera que todas las otras reformas) y por el artículo 78 que permitía la reelección de presidente y vice.

Pero en realidad, lo que molestaba para la reinstauración del modelo de colonia eran sus artículos 37, 38, 39 y 40 que establecen los derechos especiales y un criterio de interpretación sobre cómo realizarlos: es el núcleo de la Justicia Social.

Lo interesante es que esa constitución fue derogada en 1956 por un bando militar, un decreto, así que técnicamente podríamos argumentar que sigue vigente. No está derogada sino “desaparecida”.



La derecha, con su modelo de colonia, fue gobierno en Argentina en el siglo XX casi exclusivamente a través de golpes de Estado: se logró imponer a través de las dictaduras, o condicionando democracias frágiles y con proscripción de las mayorías.

 El menemismo fue una bisagra histórica: le sirvió de Caballo de Troya para permitirle al neoliberalismo desembarcar por segunda vez en 1989, esta vez con el voto de los que tenían hambre de trabajo y distribución de la riqueza. El menemismo prometió revolución productiva y salariazo, pero en cuanto estuvo dentro de la Rosada liberó importaciones, aumentó la deuda externa y trajo flexibilización laboral, más desocupación y pobreza. Y una vez que estuvo desgastado, fue abandonado por los centros financieros de poder, pero tuvo continuidad con la Alianza.

El saldo de esta segunda década infame inaugurada por Menem y continuada por De la Rúa dejó 24% de desocupación, muerte del aparato productivo por segunda vez en 25 años, 53% de argentinos bajo la línea de la pobreza y casi 150 mil millones de dólares de deuda externa.

La gran pregunta es ¿cómo logró sostenerse este modelo de colonia, de dependencia, durante más de una década, sin golpe de Estado?

En principio, avalado por el Congreso, donde un sector dejó de votar en defensa de la República e inauguró la Reforma del Estado con la que se remató el patrimonio que demandó un siglo y medio de trabajo construir. Y por un sector del sindicalismo que de la mano de las privatizaciones se convirtió en empresario.



Y llegamos a  Néstor Kirchner animándose a buscar la presidencia que pocos querían y a pensar una gobernabilidad distinta que nadie proponía como viable: volver a un modelo de país, basado en el desendeudamiento externo, la sustitución de importaciones (con Cristina se iba a extender a la sustitución de exportaciones), la vuelta a una banca nacional en la que el sistema financiero se subordine al económico y el sistema económico se subordine al sistema productivo, un proceso de industrialización con generación de empleo protegido, redistribución de la riqueza, recuperación del poder adquisitivo y reapertura de paritarias, extensión y universalización de derechos (“para todos y todas”), recuperación de las empresas públicas que habían sido privatizadas… ¡en síntesis, un modelo de país y de Estado! que dejó varios pendientes: la reforma constitucional, la estatización de servicios esenciales, la democratización del poder judicial (que tiene estilos cortesanos, más propios de los sistemas monárquicos)…



La novedad llegó con Cambiemos, con la incorporación de CEOs para la conformación del gabinete. Por primera vez, en forma directa, el poder real tomó la conducción del gobierno.

Un informe fresquito, de este año, de la Universidad Nacional de San Martín da cuenta de que 3 de cada 10 funcionarios jerárquicos convocados por Macri ocuparon alguna vez un puesto gerencial en el sector privado: 114 ejecutivos de las principales compañías y estudios de abogados del país están ocupando alguno de los 367 cargos de ministro, secretario o subsecretario. Así es como el modelo de colonia pasó de la intermediación al protagonismo político.



A pesar de estas mutaciones –de forma pero no de contenido- el modelo neoliberal de colonia se mantuvo consistente en el tiempo. Y la evidencia la proveyó el mismísimo Mauricio Macri al contar en una entrevista quiénes son sus referentes políticos: Cacciatore, Menem y Frondizi.

Osvaldo Cacciatore, como intendente de facto de la Ciudad de Buenos Aires entre 1976 y 1982, participó de la dictadura que introdujo el modelo neoliberal de la mano de Martínez de Hoz, y representa las interrupciones constitucionales que arrasaron con el país durante todo el siglo XX. Es el representante de un sector que entendió que los caminos para confrontar con los opositores eran la muerte, la cárcel y el exilio.

Carlos Menem significó la primera instalación del neoliberalismo en el gobierno con apoyatura constitucional: con leyes en lugar de decretos, con la legitimación en las urnas de la ejecución del modelo de colonia.

Arturo Frondizi olvidó sus raíces yrigoyenistas en cuanto asumió a la presidencia (1958-1962) y cedió a cada una de las presiones del partido militar esperando una lluvia de inversiones que nunca llegó, fue quien puso el petróleo al servicio de las multinacionales, fue el represor del Plan CONINTES, el que cerró miles de kilómetros de vías de ferrocarril; el que debutó como privatizador con la entrega del frigorífico Lisandro de la Torre; el que jugó a favor de la educación privada en la disputa “laica o libre”, el que puso cuatro ministros de economía neoliberales para anti-distribuir la riqueza...

Mauricio Macri los reivindica como sus referentes políticos, y Cambiemos consolida cada día su modelo de colonia sin cometer ningún error.



Volvamos a preguntarnos, ¿cómo es que sigue sosteniéndose este modelo? ¿Cómo es que logró legitimarse a través del voto?

Bertold Brecht es el autor de una frase de una lucidez maravillosa: “el peor ignorante es el analfabeto político”. Y lo es porque va generando miseria con cada decisión, a cada paso y NO SE DA CUENTA.

Y no se da cuenta, porque su posibilidad de concientización está siendo enajenada permanentemente por los medios corporativos de comunicación (que también son grandes corporaciones empresariales y por lo tanto se benefician con este modelo de colonia, que promueven y sostienen). Por eso a través de ellos, de su comportamiento, también podemos ver la consistencia del modelo:



DICTADURA DEL 76
‘90
Revolución de la Alegría
Papel Prensa: a Clarín, La Nación y La Razón
·        Apropiada a la familia Graiver
·        Vendida a las empresas periodísticas a precio vil que nunca pagaron.
·        Única empresa que produce papel de diario en el país
·        Y se lo provee a alto precio a las otras empresas periodísticas
Le entregaron Canal 13 a Clarín
(las privatizaciones comenzaron estratégicamente por los medios de comunicación)
Se les entregó la televisación del fútbol, a través del que crearon su casi monopolio de cable.
Suspensión de la aplicación de la Ley de Medios
Se absuelve a todos en la causa Papel Prensa y la querellante Lidia Papaleo tiene que pagar las costas del juicio.
Además, el Grupo Clarín recibe la explotación de 4G para telefonía (una tecnología desarrollada en nuestro país gracias a ARSAT, y esos satélites que dijeron que eran lavarropas que lanzábamos al espacio) y a través de sus socios de la explotación del fútbol, que le interesa en tanto herramienta para monopolizar la explotación del sistema de televisación por cable.

La Nación inaugura su canal de cable.
Editorial Atlántida (Vigil): Revistas Gente y Para Ti – Promueven la campaña “Somos derechos y humanos” mientras sesiona la CIDH (1979)
Le entregaron Canal 11
Sus principales revistas siguen siendo Gente y Para Ti. Ya no pertenece a la flia Vigil sino a Televisa. Este año cerró la redacción local de casi todas sus revistas, cuyos contenidos ahora se producen en el exterior para reducir costos.

Volvió la CIDH para tratar el caso de Milagro Sala y los presos políticos.



Quienes proponemos un modelo de país no perseguimos un país utópico: queremos que nos dejen construir el país que fuimos y por eso sabemos que podemos ser. Queremos poner patas para arriba la estructura de este modelo de colonia para construir un modelo de país justo, libre y soberano.

Para eso necesitamos construir memoria, juntos, colectivamente, porque sin memoria no hay verdad, y sin verdad no puede construirse nada que valga la pena.

Esto lo entendieron muy bien quienes se deshicieron de los documentos del juramento de lealtad al imperio británico en cuanto Beresford fue derrotado y Buenos Aires reconquistada. Sin embargo, los invasores no olvidaron: los Martínez de Hoz y los encumbrados vecinos de la élite porteña fueron protegidos, y borrar la memoria de los hechos fue parte de eso.

Lo entendió muy bien Rivadavia cuando desapareció de la memoria a los Granaderos y los soldados del Ejército de los Andes, no reconociéndoles deudas ni honores. Ni su nombre.

Lo entendió muy bien Mitre, que escribió una deshistoria de la Patria y fundó el diario La Nación como tribuna de doctrina para divulgarla. Y ahora sigue haciéndolo a través del cable.

Así nos fueron privando de nuestra identidad histórica. No es casualidad que en nuestro país coexistan la desaparición de la verdad histórica y la privación de nuestra identidad como Pueblo, con la desaparición de personas y la privación de la identidad de miles de niños y niñas bajo las distintas formas de apropiación, cuya expresión más dramática y atroz fue la apropiación durante la dictadura, pero no es la única ni ha terminado.

Lo entienden muy bien los medios corporativos de comunicación, que contaminan el espacio comunicacional con hechos irrelevantes, con medias verdades y con mentiras, creando un sentido común cada vez más alejado de la realidad.

Lo entendió muy bien Mauricio Macri cuando el 16 de enero de 2016, apenas cumplido un mes de mandato, disolvió a través de un DECRETO DE NECESIDAD Y URGENCIA el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, que había sido creado 5 años antes para alimentar investigaciones sobre nuestro pasado desde una óptica diferente a esta mirada colonialista liberal que nos priva de la verdad sobre nuestra identidad. Y de un decretazo volvió a proscribir a pensadores nacionales de la talla de José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortíz, Fermín Chávez, Juan José Hernández Arregui, Jorge Eneas Spilimbergo, Alberto Methol Ferré, y Manuel Ugarte. Seguramente varios de estos nombres les suenan ajenos, ¿no? No es casualidad: el modelo de colonia es incompatible con ellos y los borra a través de su desconocimiento.

Lo entendió muy bien Federico Stürzenegger, al borrar de los billetes a “próceres muertos, que ahora representan un ser viviente que invita a pensar en el futuro y no en el pasado”, como dijo cuando presentó los nuevos billetes ilustrados con “peluches” (el sustantivo es suyo, no mío).

Así es como se construye un relato sin protagonismo popular, sin luchas, sin desaparecidos, sin muertos ni presos políticos, sin exilio, sin conquistas… en fin, sin historia. Sólo hay alegría. No esa alegría de la que nos habla Arturo Jauretche, la alegría de conquistar derechos, frente al rencor de perder privilegios. La que proponen es una  alegría tonta, hueca, sin ideas, sólo de consignas (SÍ, SE PUEDE; VAMOS; TODOS JUNTOS; LO QUE SUCEDE CONVIENE). 

Por eso quizás quien mejor lo entendió fue Alejandro Rozitchner, el “filósofo” del gobierno que puso a todo el gabinete nacional a tratar de convencernos de que debemos abandonar el pensamiento crítico, al que acusa de dañoso, y contrario al entusiasmo y al optimismo.

¡CUIDADO! NOS ADVERTIRÍA JOHN WILLIAM COOKE: “EN UN PAÍS COLONIAL, LAS OLIGARQUÍAS SON DUEÑAS DE LOS DICCIONARIOS”.



Cuando comenzamos les conté que la hipótesis a partir de la que comencé a pensar en todo esto, es que LA REVOLUCIÓN DE MAYO ES UNA REVOLUCIÓN INCONCLUSA. Y que somos herederos de estas batallas entre quienes luchan por un modelo de país y quienes lo hacen por un modelo de colonia.

Si les resulté provocativa, o en algún momento las enojé, eso también formó parte de mi intención. Por eso les reitero mi invitación a que se tomen el desafío de refutarla. Y si en el camino se tropiezan con alguna verdad y con alguna certeza, celébrenla. Y compártanla. Aunque duela, porque la verdad suele doler, y muchas veces cuando se revela nos trae vergüenza. Pero siempre es mejor asumir la vergüenza histórica que repetir históricas vergüenzas. Porque como nos enseñó Rodolfo Walsh, LA VERDAD SE MILITA.

Y para un maestro, para un profesor, la militancia de la verdad no es una opción. Es una obligación.

Viviana Taylor

31 de mayo de 2017

Un agradecimiento especial a Andrea Montenegro por la fotografía.

miércoles, 3 de mayo de 2017

La Iglesia y la reconciliación de los inconciliables


Sin arrepentimiento, sin reparación

sin posibilidad reconciliación



Viviana Taylor



Sigo consternada por la noticia de que el Episcopado se reúne toda esta semana en Pilar, con la reconciliación entre familiares de desaparecidos y de militares como uno de sus objetivos. Sospecho que el que realmente los ha convocado.

Y estoy consternada porque este llamado a la reconciliación parece ir en contra de las propias enseñanzas de la Iglesia al respecto. Aunque debo reconocer que consternación no es sorpresa: después de todo, la cúpula eclesial argentina no fue ajena a la dictadura devenida del golpe cívico, militar, clerical de 1976, y tampoco parecería estar haciendo lo propio y mínimo para cumplir con las demandas de reconciliación que enseña pero que –evidentemente- no asume ni practica.

Una fuente que cita el diario La Nación argumenta que “hace tiempo que los obispos piden en las asambleas disponer de un tiempo para tener una mirada sobre el período histórico, en orden a la reconciliación”. Al parecer, este tiempo de negacionismo creciente desde el gobierno del PRO-Cambiemos, de recuento y descuento de desaparecidos, de persecución política de la oposición y de reflotamiento de la Teoría de los Dos Demonios ha servido de terreno fecundo para que brote la oportunidad.

Muchos de quienes abogamos por los Derechos Humanos y por la Memoria, la Verdad y la Justicia teníamos alguna esperanza de que de manos del Papa argentino Francisco-Jorge Bergoglio finalmente llegara la hora de acceder a los archivos del Vaticano sobre la última dictadura, y a través de ellos a la posibilidad de recuperación de los cuerpos de los desaparecidos, y de la identificación de sus hijos a los que la identidad les fue arrebata. A cambio, nos encontramos con esta forma aún más siniestra de reedición de la Teoría de los Dos Demonios, en que nuevamente se presume a las víctimas en igualdad de condiciones que los victimarios, una reedición en la cual el Episcopado –con total prescindencia del lugar en que por entonces eligió pararse- se erige a sí mismo en mediador, cuando debería someterse a la Justicia como corresponsable.



Más allá de mis percepciones, que en estos tiempos de posverdad podrían tildarse de subjetivísimas a pesar de su fidelidad a la verdad histórica (o quizás por eso mismo), quiero hacer notar que este llamamiento es contrario al propio Catecismo de la Iglesia Católica, algunos de cuyos párrafos paso a extractar:



CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

SEGUNDA PARTE: LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO 

SEGUNDA SECCIÓN: LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA 

CAPÍTULO SEGUNDO: LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN

Artículo 4: EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN

La contrición

1451 Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es "un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar" (Cc. de Trento: DS 1676)

La confesión de los pecados 

1455 La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.

La satisfacción 

1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. (…)



Queda claro en propias palabras del Catecismo que no puede haber reconciliación si antes no se detesta el propio pecado cometido, con la decisión de no volver a pecar. Y ese espíritu de enmienda (una expresión cara a los católicos) implica no sólo el profundo rechazo por el hecho cometido y el compromiso de no volver a hacerlo, sino la asunción de la responsabilidad y la reparación del daño.

No parece haber asunción de responsabilidad cuando, hoy mismo, nos estamos enterando de que la Suprema Corte de Justicia aplica el “2x1” para delitos de lesa humanidad cometidos por represores y genocidas de la última dictadura.

No parece haber asunción de responsabilidad cuando, a diario, se insiste en regatear el número de desaparecidos como si se tratara de mercancía de descuento para abaratar costos.

No parece haber asunción de responsabilidad cuando se habilitó a Campo de Mayo como privilegiado lugar de encierro para el cumplimiento de las condenas, donde represores y genocidas están bajo la vigilancia y cuidado de personal con inferior grado (y, por lo tanto, subalterno) ya que no se les retiró el grado militar a quienes aún no tienen condena firme ¡y encima los van a beneficiar con el “2x1”!.

No parece haber asunción de responsabilidad cuando todavía seguimos anoticiándonos de desaparecidos sobre los que no teníamos registro (como el caso de Enrique Bustamante, padre del nieto recuperado 122, quien no estaba denunciado como desaparecido) porque –justamente- no entregaron los archivos para poder saber efectivamente quiénes y cuántos fueron y dónde están sus cuerpos. Paradójicamente, el cuestionamiento de “los 30 mil” está  llevándonos al reconocimiento social de cuántos más fueron y aún no podemos constatar en su horrorosa inmensidad.

No parece haber asunción de responsabilidad cuando no han hecho nada para facilitar la restitución de la identidad de los hijos, a los que siendo niños también desaparecieron, y sin dudas saben dónde están porque sabemos a quiénes se los entregaron. Conocimiento del que la Iglesia participa, habiendo sido la responsable de buscar “buenas familias católicas” para muchos de ellos, como ha podido ser demostrado.

No parece haber arrepentimiento, ni asunción de responsabilidad, y mucho menos espíritu de enmienda y acciones de reparación.

Si son católicos como profesan, que todos los corresponsables del Terrorismo de Estado –TODOS, militares, civiles y religiosos- se arrepientan, se confiesen en honor a la Verdad, y reparen con sus declaraciones el silencio que nos sigue torturando con las ausencias de los desaparecidos y sus hijos en honor a la Justicia.  

#Memoria

#Verdad

#Justicia

#Son30Mil

#FueGenocidio

Nosotros no olvidamos, nosotros no nos reconciliamos.



Viviana Taylor

@taylor_viviana

domingo, 19 de febrero de 2017

Conferencia de prensa de Macri: entre Correo, jubilaciones y ART


El silencio de los inocentes:

Entre foja 0 y ART




Por Viviana Taylor

La indignación de la opinión pública (que no ha olvidado que el Presidente Mauricio Macri y su familia ya se habían beneficiado de la estatización de sus deudas gracias a los buenos oficios de Domingo Cavallo, cuando la dictadura cívico-militar preparaba su retirada) empujó al presidente a una vergonzosa conferencia de prensa en la que tuvo que cambiar de posición frente a dos asuntos sobre los que había preferido no hablar:

1.     El acuerdo por la condonación de la casi totalidad de la deuda por el incumplimiento del canon que debía abonarle el Correo SOCMA al Estado por la explotación del Correo Argentino.

2.     La modificación a la baja del cálculo de las jubilaciones, y de su actualización semestral.

Respecto del primer asunto, su anuncio de que instruiría al Ministro de Comunicaciones Oscar Aguad para llevar a “foja cero” el asunto del Correo fue extemporáneo: el fiscal Juan Pedro Zoni ya los había imputado a ambos, junto con el director de Asuntos Jurídicos de Comunicaciones Juan Manuel Mocoroa. Y aunque haya alegado torpeza e ignorancia, nadie puede apelar a ellas, principio que es consecuencia de la doctrina de los actos propios. Cuánto menos un presidente, un ministro de comunicaciones y un director de asuntos jurídicos, autocalificados como parte del “mejor equipo de los últimos 50 años”. Como tampoco puede apelar a la remanida excusa de que tuvo que hacerlo porque “no lo hizo el kirchnerismo durante 12 años”, que lo autoincrimina más que disculparlo.

La autocondonación presidencial de esta deuda multimillonaria ha sido un acto de corrupción descomunal e inédito en nuestra historia. Una condonación que va en paralelo a la multimillonaria demanda que presentó el grupo SOCMA (Sociedades Macri) contra el Estado por “daños y perjuicios” adoptando una conducta contraria a la buena fe procesal, dado que no comunicó ni al tribunal ni a los funcionarios intervinientes el inicio de esta acción mientras se encontraba negociando con el Estado su deuda para con él (o sea, para con todos nosotros). La estrategia del Grupo Macri era pagar poco de su deuda ($600 millones, con una quita de ¡$70 mil millones!) y cobrar mucho ($2.365 millones).

Tan descomunal e inédito es el grado de corrupción, que ha sido tapa de los principales medios gráficos internacionales, y de emisoras de radio y televisión de todo el mundo, que han vuelto a recordarnos que es uno de los cinco jefes de estado involucrado en el caso de los Panamá Papers, sin privarse de señalar que tres de ellos son señores feudales de emiratos árabes, y que el otro mandatario civil debió renunciar. No fue la conducta adoptada por Macri, que ha asumido la misma actitud que los señores feudales.

Tan descomunal e inédito, que la titular de la Oficina Anticorrupción Laura Alonso –hasta ahora de una lealtad inquebrantable lindante con el incumplimiento de sus deberes como funcionaria pública- se negó a poner sus “manos en el fuego” por Macri respondiendo que sólo las pone por sí.

En síntesis: la sola promesa de volver el proceso a foja cero demuestra que Macri -aunque se diga desvinculado de SOCMA- es en realidad quien toma la decisión representando la voluntad de ambas partes. Y, en todo caso, la cancelación unilateral del acuerdo le permite a SOCMA iniciar acciones legales contra el Estado Argentino. Una más.



Respecto del segundo asunto, insistir en que la baja del cálculo para determinar el monto de las jubilaciones y su actualización semestral es de monedas, y que es más importante bajar el déficit, vuelve a poner su propia torpeza y la de su equipo como justificativo. Lo que está vaciando las cajas jubilatorias es la política económica de ajuste, endeudamiento, desindustrialización, retracción de consumo y desempleo llevada adelante por este gobierno –su gobierno-, y no el cálculo para determinar los montos de los beneficios. Estas “monedas” que tan livianamente desestimó Macri en su conferencia de prensa, explicando que sólo se trataba de unas décimas de puntos, revelan la insensibilidad social y el desprecio profundo del presidente y de sus funcionarios hacia los sectores más vulnerables: estamos hablando de un universo de 8 millones de personas entre jubilados de la mínima, beneficiarios de la AUH, y pensiones de los excombatientes de Malvinas. Un universo que ya ha sido afectado por la pérdida de 10 puntos contra la inflación del año pasado: una pérdida que recuerda el brutal descuento del 13% de la Alianza, varios de cuyos funcionarios integran este gobierno (por caso, Patricia Bullrich, por entonces Ministra de Trabajo y hoy de Seguridad, la mejor síntesis del modelo que proponen: ajuste y represión).



Tanta torpeza y falta de sensibilidad llevan a pensar que todos estos anuncios fueron una larga cadena de intentos de sembrar cortinas de humo. La impopular y escandalosa baja en las jubilaciones parecería haberse anunciado como un desesperado intento de quitar de la escena mediática el caso del Correo, que ya estaba arrastrando no sólo al Presidente Mauricio Macri y a varios de sus emblemáticos funcionarios (Peña, Quintana, Aguad, Alonso…) sino a sus tres hijos mayores, para quien el diputado Tailhade pidió la extensión de la investigación y su imputación. Pero la estrategia de ocultamiento no funcionó.

La segunda cortina de humo se puso en marcha. Eso fue la conferencia de prensa en la que Macri intentó mostrarse cediendo (ante lo ya inevitable) como una estrategia para desviar la atención de lo que todavía podía salvarse: la ley de ART. Y esta vez sí resultó: si bien el escándalo y las protestas generalizadas hicieron que los aliados opoficialistas del massimo y del bloque justicialista que ya habían negociado el respaldo a la propuesta de reformular la ley de ART cambiaran de oposición, para no mostrarse pegados al gobierno en su peor traspié político, no fue más que una puesta en escena para salvar la “dignidad” y la “imagen” ante la tribuna. Concedieron quorum, aunque se abstuvieron al momento de votar. El resultado fue el mismo que si hubiesen votado en positivo tal como habían negociado. Ganó el gobierno, los opoficialistas salieron hechos, volvimos a perder los trabajadores.

A pesar de que esta haya sido la semana políticamente más complicada para el gobierno en general y para Mauricio Macri en particular, no ha sido más que otro eslabón en la cadena de sus acciones de gobierno, que responden a una política de expoliación del Estado en favor de las corporaciones económicas y financieras, de las que forman parte. La diferencia es que esta vez los hilos quedaron expuestos. Sin embargo, seguimos perdiendo.

Pero este es un año electoral y tenemos en nuestras manos una herramienta para ponerle freno.

La decisión es nuestra. Retomar la construcción un proyecto de país nacional, popular, justo, libre, soberano, regionalmente integrado, un proyecto mejorado, que nos permitirá seguir avanzando en la conquista de nuestros derechos. O  lanzarnos definitivamente al abismo al que este gobierno nos está empujado.



Viviana Taylor

Educación y Territorio San Miguel




Twitter: @EyTSanMiguel

eytsanmiguel@gmail.com

miércoles, 4 de enero de 2017

Edad de imputabilidad y políticas de integración


Baja de la edad de imputabilidad

y políticas de integración





Por Viviana Taylor



Casi coincidentemente con la noticia de que quien presuntamente le disparó a Brian Aguinaco (el niño asesinado en Flores cuya muerte originó un levantamiento de vecinos contra la Comisaría 38, cuya cúpula fue removida) también es menor, comenzó a multiplicarse entre los programas televisivos de panelistas el debate sobre la baja de la edad de imputabilidad. Sin dudas, la mejor estrategia para crear opinión pública: su alto grado de efectividad deriva directamente de la superficialidad con que se presentan los temas, volviendo innecesario el esfuerzo que implica comprender y repensar argumentos, sólo apelando a la pura emocionalidad. La mejor muestra de por qué el gobierno propone la abolición del pensamiento crítico.



Instalado el tema, no tardó en aparecer la opinión del ministro de Justicia y Derechos Humanos Germán Garavano, quien aseguró que “hoy la posición del Gobierno es que hay una situación en esa franja de 15 años que debe ser abordada por la ley, pero en base a consensos con UNICEF y todo el arco político”. Y que la idea es comenzar “una discusión seria” en 2017 para darle tratamiento legislativo “recién en 2018, lejos de las elecciones”.  Y, si bien manifiesta estar de acuerdo con UNICEF en el problema que es necesario abordarlo desde la reinserción laboral y escolar, no lo está en que no sea necesario bajar la edad de imputabilidad.





A contramano y contrapelo de la opinión mediatizada, creo que es necesario partir de algunas consideraciones previas, a modo de fundamento para tomar posicionamiento.

La infancia y la adolescencia –tal y como las conocemos y entendemos- son una construcción histórica, cuyas características pueden ser esquemáticamente delineadas a partir de la heteronomía, la dependencia y la obediencia al adulto a cambio de su protección. Heteronomía que significa la necesidad de ordenar la conducta según reglas impuestas por otros, y de ahí la dependencia y obediencia al adulto, autónomo por definición.
Como resultado de esta concepción, la institución escolar se constituyó en el dispositivo para encerrar a la infancia y a la adolescencia: un encierro material, físico, en el que el ser alumno equivale a ocupar el lugar heterónomo de no-saber, contrapuesto al lugar del docente que es el del adulto autónomo que sabe, y en virtud de este saber es quien enseña. Una institución en la que se niega la existencia de todo saber previo al ingreso a ella, a menos que coincida con los que en ella se transmiten.
Una institución en la que ser alumno no es otra cosa que ser un cuerpo que –en manos de un educador- debe ser formado, disciplinado, educado. Y que por indefenso, ignorante y carente de razón, debe obediencia a quien lo guiará hacia la autonomía en la que la obediencia ya no sea necesaria.




¿Hasta dónde es posible sostener, en la actualidad, esta idea de un cuerpo heterónomo, obediente, dependiente de las decisiones de los adultos?

Uno de los temas emergentes de los estudios sobre la Posmodernidad fue el quiebre del concepto de infancia/adolescencia: si bien a lo largo de la historia el concepto fue cambiando, lo común era que dicho concepto era hegemónico y único. En cada momento histórico hubo una forma de considerarlas y definirlas.
A partir de la década del 90 del siglo pasado, este concepto se fracturó dando lugar a la descripción de una infancia/adolescencia desrealizada: los chicos que se volvieron independientes al reconstruir una serie de categorías morales propias –ligadas a la supervivencia- que les brindan cierta autonomía económica y moral. 
Niños y adolescentes no obedientes ni dependientes, con alto riesgo de ser excluidos de las relaciones de saber escolarizado (porque van poco a la escuela o han dejado de ir; o porque obtienen mínimos beneficios de su escolaridad).
Si bien niños y adolescentes excluidos y autónomos existieron siempre, hasta la consolidación del neoliberalismo en los 90, había consenso en que la escuela pública era el ámbito capad de absorberlos. Esta concepción pasó a ser fuertemente cuestionada, dando lugar a la noción de infancia/adolescencia incorregible: encarnada por los niños y adolescentes marginales, sin retorno, para los que se discuten la baja en la  edad para la imputabilidad de los delitos penales, y –llegado el caso- se discutirá la pena de muerte cuando se la ponga sobre la mesa para todos.
Dicho de otra manera: el problema no consiste en que haya aumentado el número de niños y adolescentes habituados al robo, el asesinato, la prostitución o la comercialización de sustancias prohibidas. Lo que había cesado en los 90 (y vuelve con el modelo neoliberal encarnado por el gobierno del PRO/Cambiemos porque forma parte de su concepción de entramado social) fue el convencimiento de que es posible darles respuestas que impliquen su reinserción. Y junto con este cese, se ha producido una retirada de la exclusividad que hasta entonces tenían la Pedagogía y la Psicología Educativa en la producción de discursos sobre esta infancia y la adolescencia, con lo que dejaron de ser llamados “niños y adolescentes”, para convertirse en “menores”. Menores cuyo lugar ya no es la escuela, sino el instituto, el centro de derivación, el correccional o la cárcel. Las nociones de infancia y adolescencia ya no responden a un discurso pedagogizado, sino judicializado.

Por supuesto que esta situación se fue gestando en un proceso más amplio. Ya a fines de la década de los 80, la pedagoga Cecilia Braslavsky escribió un libro titulado Juventud: informe de situación, en el que daba cuenta de la existencia de cientos de miles de jóvenes que no estudiaban ni trabajaban por un lado, y de jóvenes que estudiaban y trabajaban, por el otro. Todavía hoy podemos decir que ambos grupos siguen siendo reflejo del proceso por el cual ingresamos en alguna de las dos principales arterias de la condición social adulta actual: la sobreinclusión o la exclusión.

Según la socióloga Susana Torrado, los chicos que nacieron entre 1975 y 1985 son los que peor la pasaron porque mayoritariamente se socializaron en lugares de exclusión. Constituyeron, por lo tanto, una generación de difícil reinserción: podemos rastrearla como la generación cuya participación fue predominante en las diferentes formas de conflictividad social durante los años 2001/2002, y la que conformó mayoritariamente ese gran grupo militante que se comenzó a conformar después del que se vayan todos.

Los adolescentes actuales –mayoritariamente hijos de esta generación de adultos descripta por Susana Torrado- corren el riesgo de repetir la experiencia de sus padres. La socialización en lugares de exclusión lleva a la pasividad, a no esperar nada de los demás. Los discursos meritocráticos no hacen más que reforzar esta creencia: se les propone un modelo basado en el puro voluntarismo, cuando su experiencia cotidiana es tener que enfrentar un  exterior que los limita. Así, en una aparente paradoja estratégicamente planificada, lo que se refuerza es la creencia en que el futuro no depende de lo que ellos hagan. Estos discursos y estrategias son el exponente de una cultura en la que el pensamiento realista y constructivo está amenazado. Discursos y estrategias que convencen a los jóvenes que se sienten excluidos de ella de que el futuro bien puede arreglárselas sin sus aportes.
Se trata de un fenómeno de tal profundidad que incluso se verifica en un cambio radical en la perspectiva juvenil con respecto al tiempo libre. Ya no incluye la ocupación en hobbies, deportes o lecturas. Ahora es tiempo libre aquel en el que no se hace nada. La nueva lógica es que no hacer nada es hacer algo.

Una gran parte de ellos son los adolescentes y jóvenes que ya no pueden aspirar a tener un nivel de vida como el que habían alcanzado sus abuelos y el que alcanzaron los padres (la primera generación en su historia familiar en que las garantías de movilidad social ascendente se habían roto, pero que pudieron reorientar –al menos parcialmente- su biografía durante los 12 años del gobierno popular kirchnerista). Estos adolescentes y jóvenes son testigos de una experiencia hasta ahora inédita: la rápida frustración de las garantías de movilidad ascendente que no requirió más tiempo que el primer año de la vuelta del neoliberalismo de la mano del PRO/Cambiemos. Una experiencia que permite suponer que lo que va a consolidarse es una tendencia de movilidad descendente. En consecuencia, la mayoría le teme al futuro: tienen la convicción de que no podrán conseguir un buen empleo, sostener su propia familia, ser alguien. Con la presión adicional de la omnipresente meritocracia les advierte que están ante la última posibilidad de orientar su biografía: lo que no hagan ahora, ya no podrán hacerlo.

Este escenario no es exclusivo: su mundo adulto de referencia también se halla fracturado en su autonomía y su independencia. Un mundo cada vez más extendido en el que la proporción de los trabajadores informales vuelve a aumentar frente a los trabajadores del pleno empleo, a la par que el universo general de trabajadores disminuye. Un mundo que vuelve instalar la aspiración de empleo estable como utopía, y el empleo como períodos sucesivos intercalados con largos períodos de desocupación. El mundo que vuelve a proponernos el proyecto neoliberal –después de doce años continuados de  un modelo de inclusión con desarrollo- es uno en el cual se ha perdido la continuidad de la idea de que lo normal es trabajar todos los días, en un empleo formal con todas las garantías y todos los derechos laborales.

A pesar de que los estudiosos de este fenómeno ya lo anticipaban durante los años 90 hoy sabemos sin lugar a dudas –porque ya nos tocó transitarla- que esta situación no es inmediatamente modificable con la creación de nuevas fuentes de trabajo: la experiencia de socialización en este modelo de exclusión impacta fuertemente en la construcción de la subjetividad y en las formas de percepción de la vida social.  El futuro se avizora como un horizonte plagado de posibles frustraciones, por lo que ser joven se vuelve en un objetivo en sí mismo, una especie de presente continuo que no se define por ningún proyecto que lo trascienda.


Es imprescindible que tomemos conciencia de una vez de que tenemos que atender con urgencia, de un modo efectivo, esta situación: la exclusión es un proceso más que de estado. Y no es posible abordarla si no se ponen en relación lo que está ocurriendo –por un lado- en las situaciones de marginalidad extrema, de aislamiento social, y de pobreza absoluta con –por el otro- la configuración de situaciones de vulnerabilidad, de precariedad, y de fragilidad que con frecuencia las preceden y alimentan.
Operar sobre ella, por lo tanto, no estriba únicamente en una cuestión de mejora de sus ingresos, sino que concierne también al lugar que se les procura a los excluidos en la estructura social, incluyéndolos.
Por eso es imprescindible actuar antes de que la exclusión se produzca: operar sobre esa zona de vulnerabilidad en la que se produce el enfriamiento del vínculo social que precede a su ruptura. En lo que concierne al trabajo significa atacar la precariedad del empleo, y en el orden de la sociabilidad implica fortalecer los soportes proporcionados por la familia y el entorno familiar, en tanto y en cuanto dispensan la protección próxima.
Lo que estos jóvenes necesitan no son estrategias de disciplinamiento y represión, sino mecanismos para religarse al sistema. Y es función indelegable del Estado articular estas estrategias de inclusión. Estrategias que fueron abundantes y diversas durante los doce años de gobierno popular kirchnerista: AUH, planes PROGRESAR, PROCREAR, Jóvenes con más y mejor trabajo, Mi primer vuelo, Estímulos para estudiantes, Becas Bicentenario, Programa de repatriación de científicos, creación de universidades, creación de escuelas y jardines, extensión de la escolaridad obligatoria, ampliación del calendario de vacunación gratuita y obligatoria, Coros y Orquestas Infantiles y Juveniles, Centros de Actividades Infantiles y Juveniles, universalización del beneficio previsional y Ley de Movilidad Jubilatoria, paritarias, promoción de créditos blandos para PyMES…
Estrategias que se abandonaron –o directamente fueron combatidas- durante el último año, con la asunción del PRO/Cambiemos al gobierno.


No podemos soslayar el hecho de que cuando se ve amenazada la integración a través del trabajo, también recae la amenaza sobre la inserción social al margen del trabajo. La ascensión de la vulnerabilidad no es únicamente la precarización del trabajo, sino la consecuente fragilización de los soportes relacionales que aseguran la inserción en un medio en el que resulta humano vivir. Se podría mostrar que, al menos para las clases populares, existe una fuerte correlación entre una inscripción sólida en un orden estable de trabajo, al que van anexas garantías y derechos, y la estructuración de la sociabilidad a través de las condiciones del hábitat, la solidez y la importancia de las protecciones familiares, la inscripción en redes concretas de solidaridad entre las cuales las provistas desde y por el Estado ocupan un lugar privilegiado: por universales, por equitativas, y por estratégicas, ya que pueden orientar sus acciones concretas hacia los objetivos de los modelos de producción y Estado que se pretenden desarrollar y consolidar, como se puede ejemplificar a través de las que he enumerado en el parágrafo anterior. En la medida en que la protección social está fuertemente ligada al trabajo protegido, una desestabilización de la organización del trabajo implica socavar las raíces de las políticas sociales.

Es inevitable –y está bien que así sea- que la sensación de vulnerabilidad que hoy compartimos permanezca adosada al recuerdo de un modelo de Estado por el que nos sentíamos protegidos y a su posterior desaparición.
Es por esto que el tratamiento actual de la vulnerabilidad social no podría ser el mismo que el de los años ‘30, cuando el Estado aún no había desplegado una base suficientemente sólida de protección. No equivale a partir de cero como si no existiese una memoria social, que es la memoria de la existencia de una protección social. Ni equivale a partir de los años 80, cuando el neoliberalismo aún no había concretado sus amenazas de exclusión. Pero tampoco después de haber vivido los tres períodos de gobierno nacional y popular presididos por Néstor y Cristina Kirchner.


Tampoco podemos desconsiderar que la Argentina, como todas las sociedades contemporáneas atravesadas por los procesos de globalización cultural y económica promovidos por el neoliberalismo, ha sufrido una crisis aguda de las identidades. Una crisis de las maneras en que los ciudadanos nos imaginábamos dentro de colectivos. En la modernidad, las opciones eran variadas e inclusive podían superponerse: uno era ciudadano, pero a la vez trabajador/a, joven, hombre/mujer, universitario/a; peronista –y se podía aclarar “de izquierda”-, gordo/a e hincha de un club de fútbol. Muchas veces, todo eso junto.
Pero hoy tenemos la memoria de un mundo que ya hemos vivido y que ha vuelto,  en el que el trabajo se dedica a expulsar, ser joven es delito, ser peronista significa un estallido de significaciones y a la traición menemista se le han sumado otras más dolorosas, ser gordo es un estigma, y las grandes tradiciones de inclusión ciudadana se ven amenazadas por las duras políticas de exclusión social que se promueven desde las tribunas de opinión mediática y se concretan desde un gobierno de y para ricos.
Parecen quedar pocas posibilidades de identidad fuera de discusión. Apenas ser hincha de algún equipo, y –quizás- participar de alguna tribu urbana. El problema con estas formas de identidad hoy toleradas es que no son ni pueden ser políticas y, por lo tanto,  la discusión por la inclusión y la ciudadanía se diluye en una forma de ciudadanía menor, confortable y mentirosa. Pero, por otro lado, la intolerancia es radical frente a las identidades políticas: se las concibe como lo absolutamente otro, y el deslizamiento de la consideración del otro como rival al otro como enemigo es inevitable.
El ejemplo más concreto es la insistencia desde los medios corporativos en que “el kirchnerismo está muerto”, “no vuelven más”: la negación de la existencia del otro, lejos del contacto tolerante de la sociedad democrática, implica aceptar que el otro puede desaparecer, ser suprimido; o lo que es peor, que debe ser suprimido. Y junto con él, todo lo que lo representa: su proyecto político, los derechos reconocidos, las conquistas y logros alcanzados.

En síntesis, si se quiere intervenir sobre la zona de exclusión para dar una respuesta efectiva a los problemas derivados de la ruptura de la trama social que las propias políticas del gobierno actual están provocando, las estrategias centradas en la vigilancia y la represión no son las más adecuadas. No se trata de construir un aparato represivo estatal para responder a la protesta social, ni de bajar la edad de imputabilidad para afrontar el aumento de los índices de criminalidad (que, por otro lado, se sostiene que está en baja, deslegitimando la necesidad de sus propias propuestas). Es necesaria otra modalidad de intervención social, remontando la corriente hasta la zona de vulnerabilidad, que es la zona de la precarización del trabajo y de la fragilización de los pilares de la sociabilidad (el marco de vida, la vivienda, la economía de las relaciones de vecindad, las políticas de empleo).
Estas políticas de intervención deben poner el acento en la formación. Se trata de mejorar las capacidades de quienes poseen una baja cualificación y que por esto se encuentran en situación de inempleabilidad. Este objetivo es muy limitado cuando al  mismo tiempo la lista de las cualificaciones se eleva incesantemente en función de criterios incontrolados o discutibles, como cuando las empresas contratan a candidatos supercalificados o cuando la formación permanente funciona como una selección permanente que crea inempleables al mismo tiempo que mantiene a algunos en el empleo, o cuando la búsqueda de una flexibilidad extrema desestabiliza completamente la política de personal de una empresa. Si formación y empleo forman efectivamente una pareja, su articulación no puede ser eficaz poniendo únicamente el acento en la formación. Es necesario, paralelamente, fomentar la creación de empleo decente.
En consecuencia, dado que las dinámicas de exclusión están actuando antes de que se llegue a la exclusión, difícilmente se la podrá eliminar si se persiste en contemplarla bajo el exclusivo prisma de las preocupaciones relativas a la lucha contra los excluidos. El despliegue de este tipo de políticas apenas podría servir de pobre coartada para el abandono de las verdaderas políticas de integración.


Viviana Taylor