
No puedo siquiera explicar la enormidad expansiva que está alcanzando mi ego: me dedicaron un post. Y aunque esta vez no es la primera, sí inaugura a los amables y respetuosos. Añoro secreta y nada humildemente que me dediquen otros del mismo tono, más cuando planteen un debate: en este caso, es la continuación del que venimos desarrollando con énfasis y mutuo reconocimiento en Twitter.
Como corresponde, procedo
a devolver la gentileza:
Estimado co-debatiente Observador
Comprometido (@ObsComprometido):
Sólo como para ir
contextualizando desde dónde hablo, voy a contarle que el 25 de marzo de 2010, en este mismo blog, publiqué un posteo que comencé con el
siguiente párrafo:
“No la voté
y probablemente nunca lo haga. Pero, viniendo de la izquierda del radicalismo y
no sintiéndome ya representada por ningún partido, me sorprendo con más
acuerdos con este gobierno que con cualquier otro del que tenga memoria”
Esto es, en las elecciones
del 2009 –posteriores a aquel nefasto conflicto desatado a partir de la 125, y
por las cuales se conformó un Congreso en el que el oficialismo K pasó a ser
minoría- yo no voté por el FPV. Y, casi un año después, todavía pensaba que muy
probablemente nunca fuera a hacerlo.
Pero algo sucedió. Y ese
algo fue ver a la oposición dominando la mayoría legislativa. Una oposición
que, en honor a la realidad, debería llamar “oposiciones” y que convirtió al Congreso en una yuxtaposición de
pequeños grupos con intereses particulares, que no fueron capaces de
organizarse, de proponer en conjunto, de negociar, de dejar protagonismos
narcisistas de lado para apoyar las iniciativas que no le eran propias…
simplemente, porque nunca fueron capaces –ninguno de ellos- de mirar más allá
de sus intereses particularísimos para velar por el bien común.
Habiendo logrado lo que
habían buscado, se revelaron en toda su impotencia para generar políticas. Y lo
que ahora veo, tal como se están planteando estas nuevas elecciones
legislativas, es que ninguno de ellos parece haber aprendido nada: se
reordenaron las figuritas, los que antes se odiaban van juntos, los que antes
se amaban están distanciados: no son capaces siquiera de hacer una campaña con
propuestas, porque ya no sólo no hay propuestas que puedan acordar con otros
partidos, sino que no pueden hacerlo al interior de las alianzas (en realidad,
de las yuxtaposiciones) que conforman.
Frente a esa realidad
desencantada y desencantadora, voté en el 2011 entregando varias virginidades:
la primera vez que votaba peronistas, la primera vez que votaba K, la primera
vez que votaba al FPV. Y le diré que no fue fácil asumir las consecuencias (todavía
no lo es, pero ya aprendí a convivir con ellas) Es que, como sabe, no soy mujer
de callar mis elecciones ni sus fundamentaciones; y el contexto en el que vivo
y me muevo es lo que –vulgarmente- podríamos caracterizarlo como “significativamente poblado de caceroleros”.
Gorilas, si prefiere.
¿Por qué voté a Cristina
para su reelección? Lo que me hizo comenzar a mirar sin prejuicios las acciones
políticas que proponía, es que del otro lado había sólo impotencia quejosa. Y
se las agradezco, porque eso fue lo que me motivó a mirar, y me posibilitó ver.
Quizás las razones que
explican por qué la voté, y por qué hoy apoyo convencida y militantemente su
espacio político, tengan su hecho fundacional en su discurso de asunción en
2007. Aunque no la había votado y todavía me causaba cierto rechazo su estilo, no
me molestó que ganara. Y cuando escuché
su discurso de asunción, lloré. No lloré como una mujer sentimental a la que le
tocan el corazón: lloré como una mujer política a la que le atraviesan las
convicciones. Sentí que estaba ante una estadista, y me relajé: sentí en las
vísceras que íbamos a estar bien. Después, escuché el discurso de asunción de
Macri, y me dio vergüenza ajena. No esperaba encontrar en un neomenemista
declaraciones con las que me identificara; pero esperaba encontrar algo donde
sólo hubo nada.
Como Ud., querido
Observador Comprometido (ay… cuándo revelará su nombre… me siento como
hablándole a una categoría en la que quizás me podría sentir incluida, y que me
hace pensar en Fuenteovejuna) desde entonces no he dejado de reconocerle
méritos, así como tampoco desaciertos. Verá: no creo en los seres angelados, ni
en la política ni en ningún otro lado. Y que aún las mejores personas cometen
errores y tienen sus pequeñas miserias (más grandes quienes no las reconocen y
dejan que crezcan incontrolablemente dentro de ellas). Cuanto más en las
actividades que se caracterizan por la multiplicidad de condicionantes y la
alta incertidumbre: es mucho más fácil criticar señalando lo que está mal que
proponer alternativas de acción (pienso, de nuevo, en la yuxtaposición de
oposiciones que pretende llegar a las elecciones basando sus campañas en la
explicitación de todo aquello a lo que se oponen y sin presentar propuestas
superadoras. Ni meramente igualadoras,
por si vamos al caso).
Vamos con los temas que
en su post me cuenta que le parecen desoladores.
Respecto del transporte,
creo que es urgente la revisión de todo el sistema. Y hace
rato que sostengo que debería comenzarse por el transporte ferroviario. En un
posteo del 16 de julio de 2012, sobre los claros, los oscuros y los grises que le veía al gobierno,
acoté incluso que “haciendo cirugía mayor si es necesario”. Allí escribí: “La
política de desguace que dio sus golpes finales en la década de los ’90, y que
llevó a un crecimiento inconmensurable del tráfico en las rutas con todos los
inconvenientes que ha acarreado, debe ser revisada de inmediato. Pero no desde
el voluntarismo de los discursos y las acciones de emparchamiento, sino desde
una mirada refundacional del sistema ferroviario y de las políticas viales,
como subsistemas de un desarrollo económico socialmente sustentable.” De
Jaime no creo que haga falta aclarar que estoy más conforme con su situación
actual que con su accionar como funcionario, y que espero que termine con la
condena que le corresponde, al igual que todos los otros responsables. Respecto
de la política de subsidios, sospecho que el problema es más complejo que lo
que Ud. lo plantea: estoy convencida de que el transporte público requiere ser
subsidiado, como lo es en la mayor parte del mundo (iba a poner TODO el mundo,
pero no me consta). Sí creo que hubo un error en la elección del receptor del
subsidio, seguramente fundado en la práctica tradicional y por ello
naturalizada de subsidiar a los proveedores de servicio como un modo indirecto
de que el beneficio llegue a todos los consumidores, algo que ahora está
revisándose.
Respecto de la energía, seguramente se imaginará que festejé –otra vez,
con lágrimas incluidas- la reestatización de YPF. En el post que acabo de
citar, también aclaré que “creo que estamos en peligro de volver a caer en
graves errores si no revemos toda la política sobre nuestra matriz energética.
Hay que redefinir urgentemente las condiciones de producción, transporte y distribución
del gas y la electricidad, así como los contratos de las compañías implicadas y
su cumplimiento. Y ya que estamos, si no es mucho pedir, la provisión de agua
potable y el sistema de cloacas. En esta misma línea de razonamiento, asocio
otra preocupación: la explotación de los recursos naturales. Creo que la
política nacional -y el modo en que enmarca las políticas provinciales- es, al
menos, lábil. Si bien es cierto que la necesidad tiene cara de hereje, hay
herejías que se pagan caro, y eso está sucediendo con la postura del gobierno
frente a la megaminería. Quizás el problema no se vea claramente porque las
consecuencias son de largo plazo, y hay una cierta tendencia -no sólo en este
gobierno- a tratar políticas que deberían ser de Estado como cuestiones de
gestión de gobierno. Un claro ejemplo es la Ley de Glaciares y sus avatares
hasta que logró ser aprobada, aunque para su aplicación plena falta todavía un
largo camino. Otro ejemplo, es la falta de controles respecto de las
sustancias que se usan para el control de plagas y el desmalezamiento,
controles que difícilmente van a ajustarse a políticas centradas en lo
ambiental y la salud pública, dadas las ganancias que permiten generar en el
campo.” Y, aunque allí no lo explicité, lo hago ahora: y las ganancias que
permiten generar a multinacionales –como Cargill y Monsanto- amparadas en la
fuerza de presión que les otorgaron los TBI sobre los gobiernos de los países
en los que se anclaron. Algunas de estas cuestiones también están revisándose:
recientemente se rescindió un contrato contra la empresa que iba a explotar Famatina y se está avanzando en la construcción de estrategias regionales para
lograr salir de la influencia de los TBI y –consecuentemente- el CIADI.
En general, respecto de los subsidios en materia de energía y
transporte, los considero necesarios en tanto facilitadores de condiciones para
el crecimiento y el desarrollo. Son herramientas de gestión, crean condiciones
de posibilidad, y tienen fuerza direccionadora. Siempre son revisables, claro:
en razón de las condiciones que la realidad proponga en su relación con las
políticas de gobierno que se desean implementar. No se pueden criticar los
subsidios per se: son razonables o no, efectivos o no, relevantes o no, en
razón de las realidades que pretenden crear, compensar o potenciar. Para mí, esta
una charla posterior a las que acabo de explicitar como prioritarias, y su
consideración se derivará de las conclusiones a la que se llegue en ellas.
Respecto de las inversiones que está logrando YPF, no son tan pocas ni
tan magras como suele presentarlas la prensa corporativa. Tampoco son óptimas,
es cierto: estamos en un mundo en crisis, el petróleo es un recurso deseable y
susceptible de ponernos en una situación de riesgo internacional, y hay
demasiada propaganda interna hacia el exterior (y el interior) pretendiendo
desmotivar la inversión en Argentina, con claras intencionalidades políticas.
Si le parece que esto último es una hipótesis derivada de una paranoia
afiebrada, lo invito a conocer a Federico Tessore y su pseudo informe “El fin de la Argentina”, si es que todavía no ha tenido el disgusto.
Cambiando de tema… el INDEC: allí también acuerdo en que hay mucho que
revisar y corregir. De ahí a llamarlo –como escribió en su post- “falsificación”
y acusarlo de incurrir en “sucesivas mentiras”, hay una distancia. Creo
que lo que primero habría que revisar es esa zona de intersección entre lo
político y lo técnico en que cayó, para redefinir su función, y corregir la
marcha. Como ya le dije que no creo en seres ni actividades angeladas, entiendo
que hubo una necesidad de concebirlo en esa zona de definición indefinida.
Y creo que el momento oportuno para las correcciones necesarias es incierto:
podemos argumentar que se imponen por el descrédito en que ha caído, podemos
argumentar si el momento para hacerlo o no depende o no del mapa político
posterior a las elecciones de octubre... De lo que sí estoy convencida es de
que no hay que ofrecerle el cuello al lobo mientras uno no se asegure de que
tiene un cuello de respaldo. Veremos después de octubre.
Respecto de “merluza”, “carne”, “lo que sea para todos”,
le diré que desde el conurbano profundo –no sé qué barrios habita y camina- no es
fácilmente comprensible su expresión “ridículos intentos”. Funciona y
funciona bien: llega a los barrios, la gente compra merluza, carne, verduras,
pastas, pollo, lácteos; hay difusión a través de las organizaciones militantes
de distintos signos y de Facebook (parece que Tw es más elitista y no necesita
de estas cosas). Y tiene un plus que no suele considerarse: en los barrios
alejados de los centros casi no hay comercios, así que para abastecerse de
alimentos y muchos otros productos hay que pagar boleto de colectivo, y hacer
muchos viajes con el costo de muchos pasajes, o pagar un coche de alquiler y
aprovechar para traer una compra grande. Un coche de alquiler desde un
supermercado hasta una distancia de unos 4 km ronda los $50. Créame, amigo: el
plan “lo que sea para todos” en los barrios del conurbano funciona como
ahorro doble. No hablo de los beneficios relativos que depare en otros lugares,
porque desconozco.
Y voy a dedicarle unas palabras a otro “para todos”: el fútbol.
Cada vez que escucho discusiones sobre este tema (no sabe los puntos de amistad
y simpatía que subió por no hacerlo) me acuerdo de aquellas otras, cuando se
criticaba a “los villeros que tienen todos antena de tv en la casilla”.
Claro, soy añosa… después fui escuchando esas críticas remixadas: todos
tienen tv color, todos tienen cable… Ahora, todos tenemos fútbol.
Como siempre fue: ese invento de no poder ver fútbol por la tele es
relativamente nuevo, aunque los más jóvenes tuvieran naturalizado mirar la
tribuna y que miserables relatores les enrostraran “yo sí puedo verlo”.
Para mí, el acceso a poder ver deportes, una buena ficción, un buen
periodístico, un buen documental, ballet, ópera, conciertos, libros… es un
derecho de todas las personas. Y el no gozar de él lo considero una alienación.
Es cierto que implica un enorme costo. Un costo que se pagaría a sí mismo y
aportaría dividendos si los intereses corporativos no presionasen a los
potenciales anunciantes para no hacerlo. Si me equivoco, y sólo traes pérdidas,
me gustaría que alguien me explique por qué están tan interesados en volver a
explotarlo quienes lo hacían…
Vamos con los precios internacionales… Es cierto: venimos bien con eso
y mucho ayudaron a la recuperación del país. Fueron una razón necesaria, pero
no suficiente: el viento de cola necesita alerones que lo direccione. Y eso lo
hace la política.
Claro que no es suficiente: la sojización del país no es
responsabilidad del gobierno. Es un proceso anterior a él, y contra el que no
se ha podido avanzar. Todavía recuerdo cuando en medio de aquel estallido en el
2008 del largo conflicto con el campo –mejor dicho, con los intereses
corporativos vinculados a los agronegocios- Cristina no dejaba de reclamar
contra la sojización. También recuerdo el silencio de Carrió, aún a pesar de haber
sido una de las primeras en instalar la discusión del problema. Las razones por
las que la soja “se comió” los campos tiene que ver con que China e India
comenzaron a comer (disculpe la vulgaridad de la metáfora) pero también tiene
que ver con el magnífico negocio de Monsanto y sus satélites. Puede rastrear
las prácticas mafiosas de este negocio en la historia reciente de Paraguay y sus semejanzas con lo que sucede en Argentina.
Quédese tranquilo: aunque no se modifique la situación, aunque no
logremos salir jamás de los contratos que nos atan la soberanía, de todos modos
trigo va a haber: Monsanto produce trigo transgénico.
Respecto de la actitud confrontativa no voy a detenerme demasiado: para
bailar un tango, hacen falta dos. Y no veo que la confrontación sea,
necesariamente, perjudicial. Más bien lo contrario: todo lo que se mueve,
cambia, mutua, confronta con la resistencia al cambio. Seguro lo sabe mejor que
yo: es la dinámica propia de lo instituido Vs lo instituyente. La confrontación
hace a la praxis política, es constitutiva y fundante. Si no quiere
confrontación, no tendrá siquiera una gestión técnica, apenas la soledad
silente de los campos de cipreses.
Ahora, derivar de esa confrontación la supuesta exclusión (¡implícita!)
del 46%... ¿no le parece mucho? No voy a decir nada al respecto, porque lo
respeto intelectualmente y creo que esta afirmación es un exabrupto emocional
que lamentablemente quedó escrito… Estoy segura de que su momentáneo sentimiento de exclusión nada tiene que ver con el análisis que en alguna otra oportunidad hice sobre estos sentimientos. Y buscar otras razones sería
como discutir qué pienso sobre la cantidad de ángeles que caben en la cabeza de
un alfiler.
Voy a copiar textual los párrafos finales del post que me dedicó:
“Lo peor es que, con algo de moderación y una
autoridad económica racional, sumada a esa tremenda e innegable voluntad de
poder y a una gran habilidad para sacar conejos de la galera (cualidades para
nada criticables) podrían hacer realidad su sueño de eternidad.
Cosa que la sucesión peronista parece haber
detectado y haber comenzado a explotar en beneficio propio.
Yo también espero que el próximo gobierno no
anule los logros y procure enmendar los errores.
Sería
terrible soportar otro intento presuntamente fundacional.”
Creo que ahí está todo. El problema no es que
Ud. no acuerde con esta gestión de gobierno. Es que no le caen simpáticos.
En el último párrafo de un posteo al que ya hice alusión antes, y en el que –para mi sorpresa- avancé en muchos más grises
y oscuros que Ud.- escribí:
“Un último punto
gris al que voy a hacer alusión es esta nueva tendencia que ha dado en llamarse
“Cristina eterna”. Si bien la Presidenta no ha dado muestras de estar a favor
de una reforma constitucional que habilite un nuevo período presidencial, lo
cierto es que la insistencia en el tema de ciertos ultrak y ultracristinistas
ha instalado el tema, del que se han hecho eco los medios opositores, para
descalificarla. Un tema que no creo que esté en la agenda presidencial, pero
que quizás debería ser aclarada esta ausencia –y la voluntad de que así
continúe- con mayor vehemencia para no dar lugar a especulaciones vanas. Lo que
torna gris esta cuestión es que, lo que la vuelve verosímil –aunque no sea
cierta- es que no es posible vislumbrar una figura clara que se recorte en el
horizonte cristinista de cara a una futura candidatura presidencial.
Consecuencias no deseadas de los liderazgos tan marcadamente personalistas…”
La diferencia fundamental entre su
preocupación y la mía es que Ud. parecería poner el acento en que este gobierno
no le cae simpático. Y a mí, la verdad, eso me despreocupa absolutamente. Verá:
es que me cae simpática mucha otra gente. Gente a la que jamás votaría.
No voy a darle un abrazo K ni un abrazo
chavista.
Es que no quiero incomodarlo.
Va un abrazo patriótico y latinoamericano.
Viviana
Taylor
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