Y se terminó. Se terminó la Jornada Mundial de la Juventud 2013 –en
rigor de la Juventud Católica-. Una jornada que siento que debería ser leída
como la presentación oficial de lo que va a ser el Papado de Francisco.
En este sentido, no han habido
sorpresas: los gestos se repitieron, como vinieron haciéndolo desde el último
13 de marzo. Gestos que han ido enmarcando lo que podríamos esperar de este
Papado: un Papado del que, en razón de la edad de Bergoglio al ser elegido, la Iglesia-Institución espera que sea de
transición (¿un salvataje del escándalo de corrupción e inmoralidad que ha
dominado el Papado de Benedicto XVI, pero que venía gestándose desde mucho
antes?) pero en el que la Iglesia-Pueblo
parecería esperanzarse en que sea de restauración de los valores más
cristianos, que nunca debió abandonar la Iglesia. Una Iglesia de la Fe, la
Esperanza, la Caridad… pero también de la Justicia, sin la cual las anteriores
son más que virtudes y valores, lemas proselitistas.
Y Bergoglio lo ha entendido
bien. Cada gesto muestra con qué claridad ha entendido que su tarea es
contentar a unos y otros. Porque, mal que nos pese (y a muchos nos pesa) la Iglesia-Institución no encarna los
mismos ideales, intereses ni anhelos que la Iglesia-Pueblo. Y justo cuando ya no satisface suficientemente la
tan escuchada justificación (muy popular, por cierto, en los ámbitos más
fuertemente católicos) de que a la Iglesia se la debe amar –y obedecer- en su
doble identidad de santa y pecadora (los más osados la llaman “santa y
prostituta”) aparece un hombre que parecería haber comprendido como nadie la
importancia de los gestos.
En la parte trasera del avión
que lo llevaba de vuelta a Italia, el Papa Francisco conversó con los
periodistas que lo acompañaban sobre algunos de los temas más controvertidos
entre estas dos posturas de la Iglesia. Voy a detenerme en sus dichos sobre la
homosexualidad, la corrupción bancaria del Vaticano, y el papel de la mujer en
la Iglesia.
Al hablar sobre la homosexualidad, se refirió a un
supuesto “lobby gay” dentro de la
Iglesia. Esta declaración va de la mano con los informes que el año pasado se
filtraron a la prensa italiana sobre la existencia de una red
de clérigos homosexuales.
Francisco dijo: “En un lobby no todos son buenos, pero si una
persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para
juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica y dice que no se deben
marginar a esas personas y que deben ser integradas en la sociedad.” Y
agregó: “El problema es hacer el lobby,
de esa tendencia, o de políticos, masones”.
Lo que no queda claro es a qué
llama Francisco “un lobby gay”, ¿será que cree que existe una propaganda
gay que intenta extender la homosexualidad como una práctica dominante,
colonizando la heterosexualidad? Porque si a lo que se refiere es a que las
personas homosexuales luchen por la igualdad de derechos, sin que su género ni
el ejercicio de su genitalidad entren en consideración, ¿no estaría en
contradicción con sus propias palabras, en la misma frase, al sostener que es
el propio Catecismo quien dice que no se las debe marginar y deben ser
integradas en la sociedad? O quizás Francisco crea que es posible la
integración social sin el reconocimiento y el ejercicio pleno de los mismos
derechos para todos, y es a la lucha por estas reivindicaciones a lo que llama
“lobby gay”.
Es difícil interpretar lo que
otro quiere decir cuando habla. Pero tenemos acceso a lo que decía Francisco
cuando todavía no era Francisco, en aquellos nada lejanos tiempos en que la
extensión de derechos ya era un tema de discusión instalado en Argentina. A
esos dichos, de cuando Bergoglio no era Francisco, podemos recurrir para
contextualizar y comprender cuál de estos “quizás” es el que más probablemente
explique el sentido de su declaración.
Y resulta que cuando el ahora
Papa Francisco era todavía el Arzobispo de Buenos Aires y Cardenal Primado de
la Argentina, dirigió una carta a las religiosas carmelitas de Buenos Aires en
la que se refería al proyecto de matrimonio igualitario como la
pretensión de destruir el plan de Dios, y no una cuestión política.
“Les escribo estas líneas a cada una de
ustedes que están en los cuatro monasterios de Buenos Aires. El pueblo
argentino deberá afrontar, en las próximas semanas, una situación cuyo
resultado puede herir gravemente a la familia. Se trata del proyecto de ley
sobre matrimonio de personas del mismo sexo.”
“Está en
juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos. Está
en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano
privándolos de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una
madre. Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en
nuestros corazones”.
“No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la
pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto
legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una movida del Padre de la Mentira que pretende confundir y engañar
a los hijos de Dios”.
“Hoy la Patria, ante esta situación, necesita de la asistencia especial
del Espíritu Santo que ponga la luz de la Verdad en medio de las tinieblas del
error; necesita de este Abogado que nos defienda del encantamiento de tantos
sofismas con que se busca justificar este proyecto de ley, y que confunden y
engañan a personas de buen voluntad”.
La carta concluye con este párrafo: “El proyecto de ley se tratará en el Senado
después del 13 de julio. Miremos a San José, a María, al Niño y pidamos con
fervor que ellos defiendan a la familia argentina en este momento. Recordémosle
lo que Dios mismo dijo a su pueblo en un momento de mucha angustia: ‘esta
guerra no es vuestra sino de Dios’. Que ellos nos socorran, defiendan y
acompañen en esta guerra de Dios”.
No creo necesario aclarar más.
El mismo Bergoglio aclara bien el sentido de las palabras que hoy son de
Francisco: integración es simple tolerancia, no reconocimiento de los mismos derechos para todos. Y quienes
luchan por una sociedad más equitativa, en contra del sostenimiento de la
desigualdad, hacen lobby. Un lobby que es obra del Mal. Obra del demonio.
Cuando Francisco sostuvo ante
los periodistas que “la tendencia a la
homosexualidad no es el problema”, sus palabras de tolerancia se tornaron
apenas un gesto: no los molestaremos mientras no se metan con lo que nosotros.
Por si no quedó claro, agregó: “El
problema son los lobbies que actúan en contra de los intereses de la Iglesia”.
Parece ser que la extensión de los mismos derechos para todos, de la aceptación
sensible y el reconocimiento de la diversidad –que es un hecho, y no una
declaración de principios- va en contra de los intereses de la Iglesia. O, al
menos, eso es lo que dice Francisco. Quien, recordemos, es infalible –según la
misma Iglesia-Institución- en cuestiones de moral y doctrina. Parecería que a
la Fe, la Esperanza, la Caridad y la Justicia, vendría bien ir sumándole la
necesidad de recuperar como valor cristiano la Prudencia.
Pero tampoco vamos a fingir
una ingenuidad que no tenemos. Yo también sospecho, como Francisco, que hay un
lobby. Pero un lobby que intenta asociar la homosexualidad a la pedofilia. Casi no se pueden encontrar declaraciones
vertidas desde la Iglesia-Institución sobre este tema donde no se mezclen la
homosexualidad y la pedofilia. Y sospecho, además, que la intencionalidad es
clara: sostener que
todos los homosexuales son (al menos potencialmente) pedófilos colabora en
sostener la intolerancia ante la homosexualidad y revestirla de un halo de
perversión afín a despertar el asco y el rechazo contra ellos.
Esta equiparación, por
supuesto, no sólo es falsa sino fácilmente refutable. Pero no creo necesario
entrar en contraargumentaciones, porque no creo que haya nadie que crea
semejante argumento, sino que no se trata más que de una estrategia discursiva.
Además, sospecho que el eje de la lucha es la homosexualidad (a la que se
intenta revestir de perversión apelando a una falsa asociación a la pedofilia)
cuando en realidad la lucha contra la pedofilia no es más que otro gesto: mera
(im)postura.
Es que en su primer día de
pontificado, Francisco visitó Santa María la Mayor, donde entonces residía el
cardenal retirado Bernard Law (acusado de encubrir a unos 250 curas pederastas
entre 1984 y 2002, cuando era arzobispo de Boston –EEUU-). Según sabemos por el
portavoz de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, Law casualmente (¿no
era donde residía?) se encontraba allí. Los primeros rumores –después desmentidos-
sostuvieron que Francisco lo increpó exigiéndole que se retire del Vaticano.
Algunas versiones periodísticas suavizaron el tono alegando que en realidad le
dijo que no lo quería volver a ver en el lugar. Pero su vocero sólo dice que
Law se acercó a Francisco, se saludaron, y cada uno siguió su camino. Lo cierto
es que no sabemos bien qué sucedió, si intercambiaron alguna frase como la que
se rumorea o no, pero no hubo demasiado énfasis de ninguna de las partes
implicadas ni en confirmar el hecho ni en desmentirlo. Sin embargo, el gesto
–real o no- ya forma parte de la construcción del mito.

Una de las evidencias más incuestionables
para desmentir el supuesto desconocimiento de Juan Pablo II en el encubrimiento
de los sacerdotes pedófilos es la carta que –firmada por Ratzinger- se envió en
mayo de 2001 a todos los obispos católicos, declarando que las
investigaciones internas de la Iglesia
sobre los casos de abuso sexual infantil estaban sujetas a secreto pontificio y
que no debían ser denunciadas a las fuerzas públicas, hasta que las
investigaciones fueran completadas, bajo pena de excomunión. Dado que la mayoría de las denuncias fueron
desestimadas, y las pocas investigaciones realizadas fueron abandonadas, en los
hechos no se ha informado a las autoridades civiles –ni se les han facilitado
pruebas o evidencias- para que los pedófilos fuesen procesados. Las causas que
han avanzado civilmente (como en el caso de Grassi en Argentina) contra
sacerdotes pedófilos, se han consustanciado por las propias investigaciones que
pudo realizar la justicia, sin colaboración de la Iglesia. En casi todos los otros
casos la única medida fue el traslado del denunciado a otro destino, la mayoría
de las veces sin la limitación de contacto con menores, e incluso en muchas
ocasiones disimulado con un ascenso. Lo que en buen romance podríamos definir
como “borrón y cuenta nueva”.
La excomunión con que se
amenaza en la carta a quienes colaboren con la justicia civil no alcanzó en
ningún caso a los acusados. Mucho menos, por supuesto, su secularización.
Una de las causas que sí se
inició durante su Papado fue contra el Padre Marcial Maciel, fundador de La Legión de
Cristo, pero no avanzó
demasiado, y fue finalmente cerrada durante el Papado de Benedicto XVI (quien
como prefecto durante el papado anterior había tenido la responsabilidad sobre
ella) en razón de la avanzada edad del acusado. La misma razón aducida en el
cierre de otras causas.
Quizás por esta tolerancia que
la Iglesia ha venido demostrando en los hechos –más allá de la condena en las
declaraciones y en los gestos- es que resulta más dura la declaración del
matrimonio igualitario como una obra del demonio.
Y es por la misma razón que
resultan tan contundentes las palabras que Francisco le dedicó a los divorciados, a quienes les recordó que vueltos a casar o no, están
excomulgados por haberse divorciado. Para ellos, también hubo gestos: “Creo
que es un tiempo de misericordia, un cambio de época”, pero se apresuró a acotar
que se estudiará la cuestión de si los divorciados pueden recibir la
comunión, de la que actualmente están impedidos. Gestos que no son –al menos todavía- acciones.
No deja de impresionarme que
una persona sea excomulgada por estar divorciada, mientras que un sacerdote
condenado por pedofilia o por crímenes de lesa humanidad pueda seguir celebrando
Misa. En Argentina tenemos nuestros propios ejemplos, y Bergoglio no puede
desconocerlos: los casos fueron juzgados y condenados por la justicia mientras él
era Cardenal Primado. Así que Jorge lo sabe. Quizás Francisco lo haya olvidado.
Seguro lo ha olvidado. Debe
ser una de las consecuencias de los cambios de nombre, como signo de un nuevo
nacimiento y una nueva identidad. A veces, algunas personas, se toman los
gestos demasiado literalmente…
Porque si no lo ha olvidado,
¿cómo es que Angelo Becciu –en su nombre- le envió una carta fechada el 3
de julio de 2013 a Cecilia Pando, en respuesta a otra que ella le había enviado el 18 de junio?
La carta fue publicada
originalmente en la página de la Agencia Paco Urondo, donde se realizaron las
marcas sobre el texto. Me impresiona muy fuertemente la ambigüedad del texto al referirse a los
condenados por crímenes de lesa humanidad, llamándolos “presos”. Lo siniestro de sus acciones queda mezclado
con las del ladronzuelo de gallinas, el estafador de guante blanco, el
conductor embriagado… y con los detenidos sin condena, los aún no procesados,
los inocentes injustamente encarcelados, los que serán absueltos libres de
culpa y cargo. Y, como bien podría suceder, hasta podrían codearse con el
adicto, con la mujer que se realizó un aborto, y con el médico que la ayudó
para que no se desangre en la mesa de la cocina de una comadrona de barrio.
En el mismo lodo, todos
manoseados. Un gesto el responder la carta de Cecilia, férrea defensora de
represores, asesinos y apropiadores de niños durante la dictadura. Un gesto
pedirle a otro que la firme por él. Y todo un atrevimiento -aún para la Santa Sede- hablar sobre reconciliación cuando el perdón es una atribución de las víctimas y no de sus victimarios. Victimarios que -recordemos- no se han arrepentido.
¿Habrá sido también un gesto,
prometerles a Estela de Carlotto –y en su persona a todas las Abuelas- y a Juan
Cabandié –y en su persona a todos los Hijos- colaborar en
la búsqueda de los nietos que aún faltan encontrar? ¿Cómo esperar de su promesa
más que un simple gesto, después de esta carta a Cecilia Pando, quien sostiene
militantemente que esos niños están donde deben estar? ¿Podemos esperar, después de esta carta, que Francisco abra los archivos y entregue los documentos que permitan restituir la identidad a los niños apropiados y devolver los cuerpos de los desaparecidos?
Quizás no sea que Francisco
haya olvidado que fue Bergoglio. Quizás en aquel Bergoglio ya estaba este
Francisco, ambiguo y lleno de gestos. Como cuando durante la dictadura escribía
solicitudes y recomendaciones para proteger sacerdotes, mientras a sus espaldas
llamaba a los destinatarios de sus misivas para indicarles que las rechazaran.
O como cuando –tiempo después- revelaba periodísticamente información precisa
que permitió identificar un centro clandestino de detención, pero que desmintió
conocer cuando debió testificar sobre esos mismos datos frente a la justicia.
Estas jornadas que acaban de terminar nos dejan, además, otra postal. Una postal final que tiene mucho de gesto. El que en realidad me preocupa mucho más. Es que no es la primera vez que la elección de un Papa sorprende a los desprevenidos. No es la primera vez que llega un Papa desde el fin del mundo. Cuando allá por 1978 fue proclamado Karol Wojtyla, se había buscado un Papa proveniente del otro lado de la cortina de hierro: un Papa conocedor del terreno donde debía librarse la lucha contra el Comunismo. Así, Juan Pablo II se convirtió en el mayor símbolo del anticomunismo, y combatió la expansión del marxismo y de la Teología de la Liberación, con Ratzinger como su mano derecha y sucesor.

Y allí va Francisco. Con sus
zapatos gastados, siempre fotografiados. Sentado en el trono que ha reemplazado,
siempre fotografiado. Durmiendo en su cuarto austero, siempre fotografiado. Con
sus gestos campechanos, y su sonrisa amplia. Con su discurso plagado de gestos.
Pero detrás de los zapatos
gastados con que tan cómodo camina, y del trono de Príncipe de la Iglesia con
menos oropeles pero igual poder absoluto e infalible sobre cuestiones de moral
y doctrina, se erige el Banco del Vaticano, con sus bienes mal habidos en un
escándalo de evasión, estafas, blanqueo de dinero y tráfico de armas. Ese banco
con el que, todavía, no sabe qué va a hacer. ¿Pensará en esto cuando recuesta
la noche sobre la almohada de su cuarto austero? Cómo saberlo…
Hay otras cosas que están
mucho más claras. Aunque los gestos sean de consuelo, homosexuales, mujeres,
víctimas de pedófilos, abuelas que buscan a sus nietos no parecen tener mucho
que esperar.
La Iglesia-Institución descansa cobijada por la gloria de Dios. La Iglesia-Pueblo se enciende abrasada y abrazada por
la pasión de la cruz de Cristo. Por ahora, todo está en su justo lugar. Veremos
qué tan dispuesto está el Papa Francisco a dejar de lado los gestos y
arremangarse en serio. Y por su obra lo conoceremos.
Viviana Taylor