Parafraseando al inefable
Barrionuevo
Por
Viviana Taylor

De lo que sí
podríamos estar seguros es de que ninguno de ellos –ni de muchos otros- querría
tener que hablar de inflación. Parecería ser como uno de esos cucos infantiles
que se vuelven más reales, grandes y atemorizantes en cuanto se los nombra.
Como esos cucos infantiles que poblaban y nos asechaban desde la oscuridad, y
contra los que luchábamos encendiendo la luz. Y como algo de eso hay… creo que
sería buena idea encender un poco la luz. Así que hablemos de ese cuco temido y
temible, que no sabemos bien de dónde salió, para ver si hace tanto daño como se teme.
Ese cuco temido y temible…
La
definición seguramente la habrán leído hasta el hartazgo, pero va de nuevo: cuando
hablamos de inflación, aludimos al incremento generalizado de los precios de
bienes y servicios durante un cierto período de tiempo, en relación con una
moneda. Y ni falta que hacía leerla: queda claro qué es en la propia
experiencia que tenemos de ella. Así como queda claro que la inflación es la
contracara de la disminución del poder adquisitivo de la moneda: cada vez se
compran menos cosas con el mismo dinero. También queda claro desde esta
definición por qué se la calcula a partir de la medición de la variación de
precios al consumidor.
Ahora bien…
… que no sabemos bien de dónde
salió…
Acá la
respuesta ya no es tan lineal ni tan simple: son múltiples los factores que
pueden provocarla. Múltiples en tanto son varios los que pueden explicar el
fenómeno, y múltiples en tanto co-operan para provocarlo. Esta multicausalidad
es lo que vuelve también complejo su abordaje, porque se trata de variables que
–además de incidir sobre la inflación- tienen poder unas sobre las otras.
Una de estas
causas es el aumento de la demanda en
relación con la capacidad de respuesta de la oferta. Veamos un ejemplo típico
de nuestras costumbres que, aunque responde a una variación que no se sostiene en el tiempo, la ilustra claramente: llega Semana Santa y más personas queremos comer
pescado al mismo tiempo. Muchas más personas, ya que gran parte de nosotros
SOLO come pescado en Semana Santa, y SIEMPRE come pescado en Semana Santa. Pero
la cantidad de cada especie de pescado disponible para la venta es
relativamente estable dentro de la temporada de pesca de cada una de ellas.
Aquellas especies cuya disponibilidad no alcance a satisfacer la demanda,
aumentará de precio.

Este tipo de
variaciones -que no se sostiene en el tiempo- no es considerado para
la determinación de la inflación. Sin embargo, tiene una gran fuerza de impacto
en la percepción pública, que es alimentada desde los medios de comunicación:
no hay un solo año en que no se hable del fuerte aumento del precio de tomate a
principios de diciembre, ni del pescado en Semana Santa.
Otra de las
causas más comunes que explican la inflación es el aumento de los costos de
producción. Esto sucede cuando al aumentar uno de los costos, se transfiere
ese aumento al precio. Por ejemplo, por el encarecimiento de las materias
primas, como cuando se devalúa la moneda local y los insumos que se importan se
vuelven relativamente más onerosos por la diferencia en el tipo de cambio. Este
hecho explica, por ejemplo, que una de las formas en que en Argentina se
controla la inflación es a partir de políticas de tipo de cambio diferenciado
en relación con el destino que se les va a dar a esas divisas: el Estado subsidia
parte de ese costo, a través de la venta de dólares a cotización oficial, para amortiguar
el costo transferido a lo producido. El monto subsidiado vuelve a los
consumidores a través del mantenimiento de los precios: un subsidio del que nos
favorecemos todos. Es una pena que en este preciso momento, en que se habla
tanto de la brecha del 80% entre el valor oficial del dólar y su cotización
ilegal, no se aclare que esta diferencia no tiene por qué impactar sobre la
inflación. Excepto, claro, que alguien está especulando en la formación de precios.
Otro ejemplo
bien reconocible es el que se produce cuando aumentan los combustibles. Cada
vez que esto sucede, todos esperamos que en lo inmediato aumenten otros
precios: la expectativa es que el aumento de ese costo se transfiera al aumento
del costo del transporte, que a su vez se transfiera al costo de insumos, y
este al de los productos que irán a nuestro changuito desde la góndola del
supermercado. Y esto sin contar los productos en cuya fabricación el
combustible es en sí mismo un insumo o forma parte de sus costos. Como
seguramente ya hemos advertido, el establecimiento del precio máximo de los
combustibles es otra de las medidas tomadas por el gobierno para el control de
la inflación.
Si llegaron
hasta aquí, y me fueron siguiendo en el razonamiento que estoy tratando de
encadenar, seguramente ya hayan advertido una tercera causa de inflación: la de
la inflación autoconstruida. O sea,
la que se genera por la profecía autocumplida de las propias expectativas sobre
la inflación. Por ejemplo, en épocas de paritarias los trabajadores intentamos
mantener el poder adquisitivo, como una forma de compensar la pérdida que
esperamos sufrir en función de las expectativas de inflación que tenemos. Más
concretamente: si esperamos –en función de la evolución de precios que venimos
viendo o de la percepción pública que sobre ellos se está construyendo- que la
inflación a fin de año sea de alrededor de entre el 20 y el 25%, ese será el
piso de aumento que reclamaremos. Si las empresas trasladan este incremento de
costos laborales a los precios… Ya conocemos este argumento: el aumento de sueldos genera inflación. Falaz argumento: una verdad a medias es una mentira.
El problema
de este traslado es que, en muchas ocasiones, no se transfiere al precio el
costo del incremento, sino que se traslada directamente su porcentaje de incremento. Un
ejemplo: si el precio del combustible aumenta un 5% o los sueldos se
incrementan en un 25%, no corresponde que el precio de lo producido se
encarezca en un 5% en el primer caso o en un 25% en el segundo, sino que se
considere ese porcentaje puntualmente para la parte que representa esa variable en el costo final. Dicho de otro modo, si los sueldos
representan el 2% del costo de producción, en el cálculo de la variación por su
aumento, el 25% debería aplicarse sobre ese 2% y no sobre el precio final. Es mucha la diferencia:
de un incremento insignificante de precios, pasamos a una variación que –según el
producto- podría ser de alto impacto en la inflación real.
Ya que
estamos en esto, veamos un ejemplo sobre el modo en que muchos comerciantes
determinan el precio de los bienes que venden: sobre la suma del costo más la
ganancia, calculan un porcentaje que responde a la expectativa que tienen
respecto de cuánto costará reponer el producto una vez vendido, y lo agregan al
precio de venta para que en caso de producirse un aumento en el costo de
reposición, este no salga de sus ganancias. Así, los compradores estamos
pagando un precio que no responde al valor actual de lo que estamos
comprando, sino a la expectativa que el comerciante tiene respecto de su valor
al momento en que tenga que reponerlo. Pagamos hoy, por lo que consumimos hoy, un valor futuro.

Por supuesto
que no todos están de acuerdo con que la inflación es un fenómeno complejo
multicausado. Hay quienes adhieren a las teorías de corte monetarista, que sostienen
que la inflación es siempre un fenómeno monetario.
La
explicación monetarista quizás más popularizada por estos lares señala como
causa de la inflación el incremento de la masa monetaria sobre la demanda de
dinero: mucho dinero disponible genera inflación. Por eso sus recomendaciones
están centradas en mantener el equilibrio fiscal y monetario, en dificultar a
la ciudadanía el acceso a préstamos, y en tratar de que el propio Estado no se
endeude. El corazón de estas recomendaciones es la creencia en que, cuanto
menos dinero circulante haya, menos inflación se generará. Es el tipo de
recomendación a la que apela insistentemente el FMI cuando alude a la necesidad de enfriar la economía, una tesis que ha sido oportunamente repetida
por Carrió y Prat Gay. Lo que no termina de explicitarse es que este
enfriamiento, al generar una retracción del consumo, si bien ayuda a que los
precios no aumenten (e incluso disminuyan), tiene consecuencias negativas en la
producción y en la generación de empleo. Esto es, proponer enfriar la economía
es proponer la lucha contra la inflación a través de la fuerza bruta y a lo
Pirro: a los golpes, y sin importar a quién le duela ni en dónde.
Es el tipo
de política que vemos que está aplicándose en España y Grecia: cuanta más
recesión y más desempleo hay, se aplica más ajuste; a la vez que se critican
como inviables las políticas con que se han afrontado crisis similares en
América Latina. Y, frente a la contundencia de la realidad que los interpela,
las cuestionan a largo plazo (ay, Lorenzino… cómo te operaron estos días desde algunos medios, e internacionalmente).
Por el
contrario, es con la expansión de la economía que se contrarresta el exceso de
dinero disponible tan temido. Además, la inflación en sí misma no es un
problema si todos los precios de la economía (incluido el salario) suben uniformemente:
el problema surge por la subida no-uniforme, que genera distorsiones. No se
lucha contra estas distorsiones enfriando la economía, sino operando sobre las
variables que generaron la distorsión (desalentando algunas y promoviendo
otras). Las políticas de sustitución de importaciones, complementadas con los
créditos del Bicentenario a las PyMES, estableciendo áreas prioritarias de
desarrollo, son otras de las acciones que se están llevando a cabo y que
colaboran en este sentido. Un ejemplo puntual de una intervención que se ha
convertido en política de Estado son las acciones articuladas durante los
últimos 20 años desde distintos ministerios, con el impulso cualitativo de la
creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, que nos ha convertido en
proveedores -a través de la Organización Panamericana de la Salud- a otros países de vacunas que hasta no hace mucho importábamos.
Mucho dinero invertido en momentos en que no sobraba y más bien faltaba: hoy traducido
en ingresos para el Estado, en generación de empleo altamente calificado, y en
disponibilidad de vacunas para todos.
Algunas propuestas monetaristas son incluso más
radicalizadas: para evitar el exceso de dinero disponible sugieren la eliminación
del monopolio emisor de moneda, y
liberarla para que sean los privados quienes compitan por tener la moneda más
fuerte para permanecer en el mercado. Es el epítome del neoliberalismo: la
soberanía monetaria no es potestad del Estado, sino que la emisión de dinero es
un negocio más en mano de empresas privadas. Lo que no se termina de comprender
es en qué colaboraría suprimir el monopolio del Estado para sustituirlo por una
corporación de privados. Por otra parte, la coexistencia de monedas diferentes
es una experiencia que ya hemos pasado con las cuasimonedas surgidas durante la
crisis del 2001, y es lo suficientemente reciente como para que no nos sintamos
tentados siquiera a considerarla. Una idea que seguramente no nos resultaría interesante
ni para discutir en una trasnoche de café y alcohol. No da ni para eso.
… para ver si resulta que hace tanto daño como se teme.
No voy a negar que la inflación puede provocar efectos adversos
sobre la economía. Tampoco voy a afirmar que lo sean exclusiva ni
necesariamente.
Por supuesto que la inflación provoca la disminución del
valor de la moneda y que desalienta el ahorro.
No afirmaría con la misma contundencia que siempre
desalienta la inversión por generar incertidumbre sobre el futuro, ni que
siempre provoca la escasez de bienes: estas consecuencias –a pesar de ser
reiteradamente señaladas desde otras posturas- deberían asociarse más bien a
hitos distorsivos en la evolución de la inflación, a una inflación
permanentemente elevada o a momentos de aceleración, o como respuesta a
políticas fallidas para su control. Y esto, justamente, porque como hasta las
mismas posturas monetaristas señalan, la posibilidad
de generación de efectos negativos está en relación directa con la
imprevisibilidad y la incapacidad de control de la inflación, más que con la
inflación en sí misma.
Justamente, cuando hay previsibilidad y cierto grado de
control, por una parte se generan mecanismos espontáneos de adecuación en los
diferentes ámbitos de la economía y en la población; y por otra parte se puede
fomentar la inversión a partir del ajuste de las tasas de interés, y desalentar
el acaparamiento de bienes con fines especulativos, algo que cuando hay previsibilidad
no suele ocurrir porque uno de los mecanismos de adaptación –quedó dicho más
arriba- es incluir en el costo del bien un porcentaje por el incremento
supuesto de su valor al momento de la reposición). Claro, excepto que se quiera
operar políticamente para herir al gobierno de turno, pero eso es otro tema.
Cuando la inflación se mantiene dentro de cierto margen
de controlabilidad, hasta podemos hablar de efectos positivos. Por ejemplo, en
épocas de recesión económica, una moderada inflación puede facilitar que el
mercado laboral se adapte más rápidamente a la crisis –el costo del salario podría no resultar tan oneroso para el empleador
desalentando el considerarlo la principal variable de ajuste- y a la vez puede reducir el riesgo de que un
exceso de liquidez impida estabilizar la economía.
Otro ejemplo: en la actualidad muchos de los países a los
que solemos venderles insumos y productos están atravesado una recesión
económica; en este contexto de intercambio –que obviamente incide muy
fuertemente en nuestra economía- un cierto nivel de inflación no sólo es inevitable
sino incluso deseable, porque nos permite ser percibidos como “proveedores
baratos”.
Estos dos ejemplos permiten vislumbrar cómo, a las
políticas que desde la economía se propongan para compensar la situación, se le
suma como efecto de la inflación que no se enfríe la economía interna, lo que a
la vez ayuda a que el mercado laboral se adapte a esta coyuntura, sin que se
produzca un exceso de dinero circulante que provoque una mayor disparada de
inflación. Paradojalmente, cierto nivel de inflación –en este contexto- es lo
que colabora para que la economía se mantenga activa sin que se corra el riesgo
de que aumente la inflación.
Otros efectos no son generalizables, ya que no afectan a
todos de la misma manera.
Por ejemplo, en contextos de inflación, los prestamistas
o depositantes que reciben una tasa fija de interés por sus préstamos o
depósitos, pierden el poder adquisitivo que deberían garantizarle sus
intereses. Los prestatarios, en cambio, se benefician. Y los deudores con tasas
de interés nominal fijo, también. Esa es la razón por la que en momentos de
inflación comprar a plazos o pedir préstamos suele ser una buena idea: es una
forma de generar ahorro, ya que al terminar con la deuda, lo que hemos
adquirido es más costoso que el monto pagado. El peligro es que se opere desde el mercado financiero con fines especulativos (¿delictivos?) y se genere una situación como la burbuja financiera que provocó el estallido que sigue replicando a lo largo y ancho del mundo.
Otro ejemplo de efecto no generalizable es el que padecemos
quienes dependemos de ingresos fijos, que seguramente nos vamos a ver
perjudicados en tanto los aumentos de salario se mantengan por debajo de la
inflación. No les pasa lo mismo a quienes tienen ingresos variables, que pueden
seguir el ritmo de la inflación. Así que podríamos hablar de una redistribución
del poder adquisitivo desde los sectores con ingreso fijo hacia los sectores
con ingresos variables como uno de los efectos de la inflación. E incluso
podría suceder que los más perjudicados sean los sectores cuentapropistas, que
pueden ver reducidos sus ingresos si los sectores asalariados restringen sus
gastos para compensar esa pérdida de poder adquisitivo.
Esta redistribución del poder de compra también se
produce entre los socios comerciales internacionales. Cuando dos o más países
son interdependientes económicamente o participan de un área económica –como el
MERCOSUR- y tienen niveles de inflación diferentes, si la situación se sostiene
en el tiempo, por lo general el país con mayores tasas de inflación sufre un
aumento en sus costos de producción y pierde competitividad. Dicho de otra
manera, una economía con mayor inflación que otra hace que las exportaciones de
la primera sean más costosas, afectando la balanza comercial. Claro que esto no
aplicaría en el caso de que lo exportado por el país con mayor inflación no
tenga componentes importados en sus costos –o su incidencia no sea
porcentualmente significativa- con lo que en realidad la diferencia en el tipo
de cambio sería una ventaja competitiva. A esto habría que sumarle el hecho de
que la inestabilidad en el cambio de divisas (la moneda del país con mayor
inflación se va depreciando en relación con la moneda sujeta a menor inflación)
también puede generar efectos sobre el comercio, que según cómo sean abordados
y acompañados desde posibles regulaciones, pueden ser positivos o negativos. Nada
es tan lineal…
Además, como para seguir complejizando un escenario ya
suficientemente complejo, hay evidencias concretas que indican que la inflación
alta es compatible con el crecimiento económico rápido. Voy a tomar como un
ejemplo cercano a Brasil, ya que seguramente es el país en que se piensa cuando
se habla de relaciones comerciales cercanas: en los años ’60 y ’70 tuvo una
tasa media de inflación del 42% y fue una de las economías que más rápidamente
creció en el mundo, con un aumento de su renta per cápita del 4,5% anual. Tras
padecer una hiperiflación, en 1996 subió los tipos de interés efectivos hasta
el 10-12% (cifra entre las mayores del mundo): la inflación cayó al 7,1% pero
el crecimiento descendió al 1,3%.
Una miradita final debajo de la cama tranquiliza.
Y no le hace mal a nadie...
Cuando era chica y encendía la luz para exorcizar mis
miedos y asegurarme de que no había nada ni nadie más en mi habitación, no me
quedaba tranquila hasta mirar debajo de la cama.
Ahora tengo la misma sensación. No importa cuánta luz
echemos sobre este fenómeno, cuánto insistamos en que no es tan terrible –por
supuesto, mientras es controlable- como otros sí creen o nos quieren hacer
creer. No vamos a estar tranquilos hasta que miremos debajo de la cama.
Y claro que me asusta que muchos crean y sientan que
estamos ante un desastre económico. Será porque recuerdo la escasez de
productos básicos durante el gobierno de María Estela Martínez y cómo mi mamá
me mandaba a comprar cosas que me vendían a escondidas por la puerta lateral
del almacén en apariencia cerrado de Doña Luisa. Será porque también recuerdo
cómo para la Navidad de 2001 conseguí –de la misma manera, en un negocio en
apariencia cerrado, y por la puerta del costado- dos pollos. Será porque el
Banco Mundial señala la inflación del precio de los alimentos como el principal
motivo de la revolución del 2010-2011 en Túnez, y de la revolución en Egipto en
2011, y que eso sólo fue el inicio de un proceso que se fue extendiendo por
muchos países del norte de África y Medio Oriente. Claro que me asusta: con
razón o sin ella, cierta o errada, la percepción de carencia es una motivación
fuerte para apoyar un cambio de rumbo –aún violento- o provocarlo. Y también se
está fogoneando para generar esta percepción errada.
Y en esto, las encuestas de opinión son claras y
generalizables a cualquier país del mundo: el nivel de inflación que los
consumidores perciben es superior al que muestran los índices de precios.
Siempre sucedió, en todos lados sucedió, aquí y ahora sucede, seguirá
sucediendo. Por eso es tan fácil atacar las políticas de un gobierno con este
argumento.
¿Por qué la inflación
percibida es mayor que la real?
Por una parte, los
precios que suben reciben mayor atención que los que se mantienen, e incluso
que los que bajan. Pero para la medición se tienen en cuenta tanto las
subas como las bajas y la no variación de los precios. Vuelvo al tema de los
tomates: todos los medios hacen notas diarias sobre el tomate a $25 los
primeros días de diciembre, pero no vuelven dos semanas después a verificar
cuánto cuestan. Una pequeña anécdota: cuando el año pasado el verdulero a quien
siempre le compro se disculpó por el precio del tomate, y riéndome le respondí
“en dos semanas baja y van a ser mejores, así que ahora no llevo”, se
sorprendió de que lo supiera y me dijo que era la primera persona con la que no
se peleaba por su precio. “Cuando baja, nadie se da ni cuenta” se lamentó
(compro en El Máximo, de C. Tribulato casi Perón, en San Miguel).
Por otra parte, las
compras frecuentes en efectivo reciben más atención que otras. Y en los
últimos años, mucho de lo que compramos de esta manera ha subido por sobre la
media. Por ejemplo, el transporte y el pan. ¡Y algunas golosinas!
Además, las tasas
de inflación son interanuales, pero nuestra memoria nos lleva más atrás.
Por ejemplo, el valor del kilo de pan de ahora se compara con lo que costaba en
abril de 2012, pero la mayoría de nosotros recuerda que “hasta no hace mucho”
costaba $2. Y cada uno tiene su propio umbral de escandalización: cada vez que
compro leche, recuerdo cuando la pagaba $0,50; y cueste lo que cueste –excepto
que me la regalen- el agua envasada siempre me parece un robo.
Otros aparentes aumentos de precio en realidad no lo son,
ya que reflejan variaciones que se deben a mejoras
de calidad. Ejemplos de este tipo de variaciones se encuentran en los
pañales descartables, los apósitos higiénicos femeninos, y en general en muchos
productos de perfumería e higiene personal y del hogar (sólo por nombrar
productos de consumo habitual). Ni hablemos de productos –de todo tipo- con un
alto componente tecnológico. En las mediciones se tiene en cuenta este aspecto,
descontando la parte de la variación debida a la calidad.
En síntesis…
Como comencé
diciendo, estoy segura de que muchos preferiríamos no tener que hablar de
inflación. De esta inflación que, como esos cucos infantiles temidos y temibles, no
sabemos bien de dónde salió, ni qué tanto daño puede hacer.

Espero que al encender la luz no sólo se haya
esfumado mi miedo, sino el de algún otro.
Pero no dejemos de mirar debajo de la cama:
allí se oculta un cuco peor que ella. Uno que la usa para asustarnos, y que sí
tiene verdadero poder de daño. Y que, mientras nos asusta, nada dice acerca de
quiénes son los verdaderos formadores de precio en la Argentina. También
alumbremos allí debajo.
Viviana Taylor