jueves, 29 de enero de 2015

De Fein y Lagomarsino, a Sáenz y Carlés


Una conferencia guionada, un velatorio agitado,

y de lo que en la calle no se habló

 

Por Viviana Taylor

Ayer, miércoles 28 de enero, fue un día lleno de situaciones  interesantes.

Pasamos una tarde entretenidos con la muy promocionada conferencia de prensa de Diego Lagomarsino en la que poco dijo y nada respondió sino a través de su abogado, qué más tarde se encargó de acomodar las contradicciones e imprudencias que no pudo evitar en sus declaraciones, abundantes en detalles menores y bastante avaras en contenido.  

Y nos seguimos entreteniendo con los incidentes en el velatorio de Nisman, al que algunos desorientados asistieron portando cruces,  y otros cargaron carteles contra el gobierno y la Presidenta que no alcanzaron a simular la intención de homenajear al hombre erigido en el paladín de una justicia que en vida no se supo ganar. Velatorio en el que, además, fueron agredidos la procuradora Gils Carbó (más temprano se había arremetido contra la corona enviada desde el Ministerio Público que preside) y el equipo periodístico de América al ser confundido con el de 678. Ningún desmán ni agravio tuvo que tolerar, en cambio, el embajador de Estados Unidos, quien tampoco tuvo que justificar su presencia en el lugar ni cómo esta contradecía el pedestal de independencia jurídica al que Nisman fue elevado desde el fatídico día en que volvió de Europa y su reloj comenzó a correr más rápido.

Sin embargo, ayer también pasaron otras cosas. Situaciones que podríamos considerar eslabones para comenzar a tratar de desanudar la comprensión de esta cadena tan compleja y enredada de la que la muerte de Nisman es apenas una ínfima parte. Porque, reconozcámoslo de una vez, muy poco es lo que sabemos de su muerte, pero mucho menos sabemos (con un saber fundado, comprobado y demostrable) sobre el atentado a la AMIA. Saberes comprobados y demostrables que puedan llevar a condenas justas o –al menos- a alguna forma de Verdad y Justicia que sean más que su mero reclamo.

Nisman fue uno de los nudos de esta cadena de encubrimientos y ocultamientos. Y ahora es el ariete con el que encubridores y ocultadores –más unos cuántos oportunistas que aprovechan para golpear a un gobierno cuyas políticas hace rato les resultan intolerables- arremeten.

Vayamos a esos otros eslabones que se sumaron ayer a esta cadena, y que gracias a la cobertura mediática de la conferencia de prensa y del velatorio (que nada sumaron y mucho nos distrajeron) pasaron casi inadvertidos para la mayoría de la gente de a pie: en  la carnicería y “el chino”, la verdulería y el fiambrero, me encuentro a diario con clonadas Doña Rosa en sus dos versiones de género. Y de estas otras cosas no están hablando.

 

¿Intempestivo o previsto?

El primero de ellos fue una pequeña bomba (que podría y debió haber sido mayor) que circuló en los medios neutralizada por la presentación de Lagomarsino, y que tuvo un eco algo mayor en ese micromundo que es Twitter, y que quienes por él transitamos solemos confundir con el universo. Resulta que justo antes de la conferencia de prensa del susodicho, la fiscal Viviana Fein –a cargo de la investigación sobre la muerte del fiscal Nisman- anunció que su regreso desde Europa el 12 de enero estaba planificado desde fines de diciembre, según parecería que informó Iberia, la línea aérea en la que viajó.

Sin embargo, existe un mensaje de WhatsApp que envió el propio Nisman, que desmiente esta información. La fiabilidad de su procedencia está dada por la fuente: fue la propia Sandra Nisman -su hermana- quien lo aportó a la causa. Supongo que la hermana tenía bien agendado su número y que no le llegó desde otro que no fuera el de su hermano.

Cabría entonces preguntarnos si existe la posibilidad de que lo que Iberia informó como fecha planificada de regreso fuese la constatación de que el pasaje de vuelta a Buenos Aires se haya sacado en diciembre, aunque para otra fecha que pudo haberse cambiado después. Pero para eso, seguramente, habrá que revisar los registros y el texto del comunicado para poder analizarlos. Pero no va a poder ser: esta causa no está encaminada a desembocar en un juicio público oral. No cuando lo que se está investigando es un suicidio.

También podríamos preguntarnos si es posible que el regreso estuviera efectivamente previsto para esa fecha, pero que Nisman haya cuidado todos los detalles (WhatsApp incluido) para que pareciera intempestivo. En tal caso, tanto los cuidó que hasta dejó a su hija unas horas sola en el aeropuerto a la espera de que la retirara su exesposa, con quien habría discutido por esto. Bueno, no todos los detalles cuidó, casi: si quiso hacer parecer intempestivo un regreso planificado, fue un error sacar originalmente el pasaje con la fecha en la que efectivamente viajó.

Sería bueno poder contar con el plan de viaje (reservas de hoteles, itinerario y pasajes) que seguramente aportaría mucho más que un pobretón comunicado de Iberia (si es lo único que Fein tiene para concluir esto).

Lo que no entiendo, y me encantaría que alguien me explique, es cómo una prueba descarta a otra si no está en juego la fiabilidad de la descartada, si la nueva no explica más que la vieja incluyendo lo que la vieja explicaba, y sin un contexto de interpretación que justifique la elección de una sobre la otra. Excepto que las pruebas se seleccionen y descarten en función de su poder de demostración de la hipótesis ad hoc: eso sí lo entiendo. (Lakatos lo explica mejor que los comunicadores que andan pululando por algunos medios)

 

Donde aparece Toma, huele a servicios

Mucho menos aún estuvo circulando la entrevista que el extitular de la SIDE Miguel Ángel Toma (durante el gobierno de Duhalde, detalle no menor) le concedió a El País de Uruguay, desde sus vacaciones en Punta del Este.

Entre otras delicias, Toma nos anotició de que “una operación de un sicario profesional sale 5000 dólares” y de que “no deja pistas” al explicar qué cree que sucedió con Nisman. Hasta ahí, nada nuevo… El señor que me vende la mozzarella dice lo mismo (se lo escuchó a Chiche Gelblung). Lo interesante es lo que afirma este exSIDE (¿dejará de serlo quien alguna vez lo fue?) acerca de quién podría ser el responsable: “No se quería que Nisman se expresara frente al Congreso mostrando las pruebas que tenía de la brutal denuncia que había hecho. Las responsabilidades recaían sobre el gobierno argentino. También sobre el gobierno iraní”. Y agregó que es posible “la participación iraní en este hecho” y que “Stiuso es utilizado por la presidenta de la misma manera que todos los sectores de la sociedad que la critican, como chivo expiatorio.” 

Hay tanto para preguntarle… Habiendo aludido a sólo dos interesados en la muerte de Nisman, si la participación iraní es posible, ¿la participación del gobierno argentino es segura? ¿Califica como brutal a la denuncia, o a lo denunciado? Si lo brutal es la denuncia, ¿por qué el gobierno argentino y el gobierno iraní podrían querer callarlo? Y si lo brutal es lo denunciado, ¿cuáles son las pruebas que el fiscal tenía y presentaría? No parece haber nada muy consistente a este respecto: demasiado esfuerzo en defender la calidad de un trabajo –al menos- mediocre. Salvo que se trate de una cuestión corporativa: la defensa de los propios.

Pero lo que más me desvela de lo que dijo es que, habiendo responsabilizado (tangencialmente, pero responsabilizándolo al fin) al gobierno argentino, diga que Cristina es un “chivo expiatorio”. ¿Entonces? ¿Es responsable o chivo expiatorio? ¿O en el gobierno hay otros que son responsables, y ella es la cara visible que expiará todos los pecados del poder en las sombras? ¿De qué hablás, Toma?

¿Nadie repregunta? ¿Nadie? ¿En ningún lado? Y cuando el preguntado no responde, como hizo Rusconi oficiando de abogado de Lagomarsino, ¿simplemente todos aceptan que no responda y dejan de insistir sin dejar constancia expresa en el momento de que se negó a contestar? ¿Cuándo se convirtieron los periodistas, reporteros, entrevistadores en voceros? Quizás en esta falta de repregunta es donde más evidente se hace la diferencia entre la libertad de expresión (de la que no gozan) y la libertad de prensa (que sus empleadores ostentan). Dos únicas voces oí ayer repreguntándole a Lagomarsino ante su contradicción respecto de que Nisman vería a sus hijas el domingo, cuando en realidad estaban en Europa: una fue de la enviada de Radio Nacional, la otra no pude identificarla. Dos únicas voces, apagadas entre los gritos de quienes ya estaban preguntando otra cosa, dándole una salida rápida para ignorarlas.

 

En intervenciones, una gallina cacareó (y ya había puesto varios huevos)

Estoy segura de que saben de quién hablo: Ricardo Sáenz, Fiscal General ante la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de la Capital Federal,  y vicepresidente de la opositora Asociación de Magistrados que combate todos los intentos por democratizar la justicia.

Resulta que Ricardo Sáenz había acusado a Cristina Fernández de Kirchner de interferir en la investigación de la muerte de Nisman por “sugerir calificaciones legales del hecho y medidas de prueba a través de las dos cartas que compartió en las redes sociales (pensar que todavía hay personas que se preguntan por qué al principio del caso no hablaba y, cuando lo hizo, por qué fue  primero a través estas dos cartas). Por supuesto, Sáenz aprovechó a expresar su respaldo a la jueza Palmaghini y a la fiscal Fein, como si lo necesitaran cuando el gobierno ya había puesto (y continuó poniendo) en disposición de ambas todos los medios materiales y humanos que precisaran.

Tanto las respalda que ayer, mientras estábamos distraídos con pasajes, WhatsApp y una conferencia vacía de contenido pero atractivamente guionada, Ricardo Sáenz estuvo reunido durante unas cuantas horas con Fein. ¿Haciendo qué?

 

Lo que pueden haber estado haciendo la tarde de ayer no es para pasar por alto, si revisamos a vuelo de pájaro el CV de Sáenz.

Por pedido de la Asociación de Magistrados de la que es vicepresidente, el juez Esteban Furnari dictó la medida cautelar que dejó en suspenso la asunción como subrogantes de los 16 nuevos fiscales que nombró la procuradora Alejandra Gils Carbó, que estaba prevista para el 2 de febrero. Algo menor, irrelevante, apenas consignado para comenzar con algo que como es reciente puede servir para hacernos entrar en tema. Vamos a lo importante:

Ricardo Sáenz quedó complicado en la causa contra el comisario Marcelo Pecorelli (subdirector de asuntos jurídicos de la Policía Federal) por exacciones ilegales, tráfico de influencias, negociaciones incompatibles con la función pública, enriquecimiento ilícito y violación de los deberes de funcionario.

El mecanismo era así: Pecorelli habría pedido dinero a la dirección de asuntos jurídicos para defender a policías imputados en causas penales haciéndolas pasar por actos de servicio. Estas causas penales, cuya defensa terminó asumiendo la Policía Federal a través de la maniobra de Pecorelli, eran casos de violencia y/o corrupción policial (como el asesinato de dos chicos que fueron enterrados como NN, la causa Cromañón y la de Emiliano Ferreyra). Las causas que no podían ser patrocinadas por la PF por tratarse de actos realizados por fuera de sus funciones, Pecorelli los derivaba a su propio estudio jurídico, donde tenía trabajando a personal de la división de asuntos jurídicos de la PF, y hasta ofició como abogado en alguna de ellas (lo que está prohibido por incompatibilidad con su función).

Además, habría acordado con algunos jueces sentencias favorables para sus clientes y cobrado a estudios jurídicos para acelerar causas contra la institución por reclamos salariales de agentes. Lo que se dice: un muchacho completito. Y eso, sin tener en cuenta el plus de las denuncias por acoso sexual que hicieron contra él algunas empleadas policiales.

¿Cómo aparece Sáenz enredado en este caso? Cuando el juez Ramos Padilla le intervino los números telefónicos a Pecorelli, Sáenz apareció en reiteradas oportunidades intercambiando favores. Sus abogados adujeron que estas escuchas afectaban su privacidad y se ampararon en la Constitución Nacional: funcionó, porque lo descubierto en ellas contra él se desestimó, y al no haber otras pruebas para respaldar su inclusión en la acusación, zafó.

Sin embargo, que haya zafado de la justicia no significa que no sepamos lo que hizo. Y porque sabemos lo que hizo, podemos incluirlo –además- entre los fiscales dedicados al forum shopping: esa viciosa práctica de ir buscando el tribunal donde más conviene que caiga cada causa. Algo que también hacía Nisman, por caso.

Esta no fue la única vez que Sáenz se enfrentó con la misma justicia que juró defender: hace veinte años rechazó la extradición a Estados Unidos del narcotraficante Fernando Pruna Bertot, y lo dejó en libertad. Por esto fue apartado del fuero federal. Pero por ahí anda, dando vueltas por la Capital Federal y vicepresidiendo la Asociación de Magistrados.

Esta es la justicia independiente que tenemos. Independiente de la verdad, de los intereses comunes y de las necesidades de la gente. Linda gente.



 

Un temita ¿al margen?

Ayer también se comunicó que Roberto Carlés fue propuesto por Cristina para ocupar el cargo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que dejó vacante Eugenio Zaffaroni desde el 1 de enero.

Fue previsible ver que en el zócalo de TN una de las primeras definiciones sobre él fue “ciberk”, como si se tratara de alguien cuya tarea consiste en militar para el kirchnerismo desde las redes sociales, y ese fuese el mérito para su propuesta.

Carlés, como tantos otros de un lado y otro de la grieta y como quienes descreen de ella, tiene cuentas en redes sociales, y las usa. Pero no vive de eso, no se dedica a eso, y el no ser opositor al gobierno no lo define automáticamente como militante k, aunque para algunos la realidad se comprenda sólo desde una perspectiva maniquea.

Tan previsible fue TN como seguramente lo será escuchar qué comentarán en la calle quienes no conozcan su currículum pero sí hayan leído lo que están titulando hoy los medios gráficos opositores al gobierno y todo lo que no sea opositor a él. Aunque parece que todavía es temprano para eso, o que el tema no le importa demasiado a casi nadie: no escuché en mi recorrido de hoy ni un solo comentario sobre él.

Quizás haya que esperar a los comentarios de quienes esta noche se dejen seducir por el marco de confusión que todas las noches nos brinda el cada vez más massista programa Intratables, donde –sospecho- no se van a privar de vociferar contra este jurista, coordinador de Comisión de Reforma del Código Penal.   

Lo que sin dudas podemos afirmar de Carlés es que no pertenece a la corporación judicial. Y eso bastará para que sea demonizado por quienes sí están con ella.

Como, por ejemplo, quienes tramitan el caso AMIA, la denuncia de Nisman contra el gobierno, y su propia muerte. Y quienes se han aliado con ellos en la defensa de los intereses que no nos benefician como Patria ni como Pueblo.

Otro eslabón de la cadena de acontecimientos de ayer. Del otro extremo, quizás. Pero de la misma cadena.

Viviana Taylor

 

viernes, 9 de enero de 2015

Charlie Hebdo y el ataque terrorista: los musulmanes no son franceses


Como musulmán en París

 


Por Viviana Taylor


El terrible atentado en París contra la redacción de la revista Charlie Hebdo parece ser la referencia obligada de todos los medios. ¿Cómo no conmovernos? ¿Cómo no indignarnos ante semejante tragedia? Una tragedia con todos los condimentos e ingredientes que nos hacen pensar en esas tantas otras tragedias con las que se hermana en nuestro recuerdo entre las que consideramos que podrían –y deberían- haber sido evitables. Una tragedia que, sin embargo, como todas esas otras con las que se hermana en nuestro recuerdo, se diferencia y reconoce en su singularidad. Una singularidad que quizás no sea más que ficticia: un escenario diferente y otros actores apenas disimulan que el mismo guion se sigue repitiendo, sin demasiadas pretensiones de originalidad.

En este caso la singularidad está dada por la personalización de la tragedia: conocemos los nombres y las  caras de las víctimas del atentado. Si hasta el hasta entonces anónimo policía representa lo conocido, el orden en el que nos movemos, lo que reconocemos como propio. Esta vez no se trató de una de esas tragedias donde la enormidad numérica de las víctimas nos impacta por su magnitud pero nos hace perder la perspectiva de su humanidad. Esta vez fueron un puñado de personas que podemos reconocer y cuyas caras y nombres sabemos; cuyas viudas, madres, hijos, hermanos, amigos hemos visto llorar con un dolor con el que podemos identificarnos. Y porque también nos identificamos con el miedo frente al horror de saber que si no estuvieron a salvo ellos, nadie está exento.

Por eso no es sorprendente la referencia obligada en los medios periodísticos. Y tampoco lo es la profusión de fotografías de variopintos personajes y personalidades que colmaron las redes sociales con la leyenda “Je suis Charlie”. Algunos de los cuales –me permitiré el cinismo- seguramente jamás leyó la revista, y algunos otros que jamás la leería más que para horrorizarse por su laicismo de derechas que ha sabido ofender democrática y equitativamente a musulmanes, judíos, cristianos, a los cultores de la moralina tilinga, los adeptos ingenuos a la derecha política que confunden laicismo con izquierdismo, al conservadurismo social en general más por sus formas que por su contenido, y a los adherentes a las más variadas formas de intolerancia del pensamiento y la expresión. Pero a coro expresan “Nous sommes Charlie”. Y está bien que así sea: (casi) todos somos lo suficiente y necesariamente derechos y humanos como para serlo.

Tremenda tragedia. Y tremendo crimen: voy a decirlo ahora con claridad para que quede explicitado, y no parezca que estoy justificando lo injustificable. Pero, como todo tremendo crimen y como la mayoría de las tragedias, requiere que lo pensemos y nos pensemos.

Como todo crimen, este también tiene sus actores inmediatos. Lo más interesante sobre ellos es lo que la prensa corporativa internacional –esa con cuyos intereses y afinidades se identifica Charlie Hebdo aunque la novedad sorprenda a quienes la asocian con nuestras Humor y Barcelona- no ha dicho sobre ellos: que son jóvenes franceses.

La tremenda tragedia que enluta a Francia no fue provocada por una pequeña célula de terroristas musulmanes que ha asesinado a un grupo de ciudadanos franceses que encarnaba los valores republicanos, igualitarios y fraternos. La tremenda tragedia que enluta a Francia es que esta ha sido una más entre las muchas en las que se hacen evidentes las contradicciones internas de una Francia que se debate entre los valores heredados de la revolución y el mayo francés, y la Francia imperialista, conquistadora, arrasadora, genocida, exclusora y excluyente. La tremenda tragedia es que estos jóvenes musulmanes son jóvenes franceses.

La tremenda tragedia que enluta a Francia hoy ni siquiera es este horroroso asesinato múltiple que ha golpeado el corazón de los franceses bienpensantes y el de todos los hombres de buena voluntad que habitan el suelo de este mundo que soñamos más justo o al menos más equilibrado.

La tremenda tragedia que enluta a Francia es que con esta serie de atentados que se han venido sucediendo, hay ganadores.

Y aquí no han ganado los musulmanes. Ellos son quienes más han perdido, porque perdieron lo único que les quedaba: la posibilidad de ser en Francia, porque la de pertenecer al pueblo francés ya les había sido negada aun siendo franceses.

A los musulmanes en Francia hace rato les arrebataron la posibilidad de una identidad francesa: la construcción de la idea de que lo musulmán excluye lo francés ya había triunfado, y toda una generación de jóvenes musulmanes no considerados franceses habiendo nacido en Francia, ya está asistiendo desde hace años a la evidencia de la exclusión social.

Y aquí no han ganado. A la pérdida de su identidad como franceses, han sumado la construcción de una nueva identidad: son el enemigo público número 1 de Francia. Hoy no hay nada peor, nada más peligroso para la misma supervivencia, que ser un musulmán en París.

¿Quién gana, entonces con los atentados en París?

El único grupo cuyos intereses vienen consolidándose a fuerza de tragedias es la derecha. La derecha fascista francesa, la misma que ha abonado, propiciado, colaborado en su construcción y empujado a cada tragedia de la historia reciente de y desde Francia, la misma que ha logrado instalar la contradicción de identidades en una Francia que vive bajo la ilusión de la Fraternidad, la que ha logrado convencer a los franceses de que la diversidad es constitutiva de identidades contradictorias, y ha instalado las políticas públicas que colaboraron en la exclusión de los que no considera franceses, es quien se anotó un nuevo triunfo.

Y anotó doble: logró que no se hable de jóvenes franceses, sino de jóvenes musulmanes, consolidando las bases de su exclusión definitiva y final; y de paso asiste ¿alborozada? al llanto de Francia por la pérdida de quienes -cual chivos expiatorios- fueron ofrendados como sacrificio final que ya van a saber capitalizar.

Estos jóvenes franceses musulmanes ultimaron a quienes estaban de su lado: no porque pudieran defenderlos por musulmanes, sino porque los visibilizaba como excluidos con cada obsesiva referencia sobre su condición de musulmanes, de pobres, de nacidos en familias migrantes. Y con cada detonación con la que acabaron con sus vidas, les entregaron un triunfo a sus propios verdugos.

 

Hoy Francia llora desde una París fuertemente militarizada. La distopía ansiada por la derecha nos regala una de sus más caras escenas: el control y la represión justificados por el miedo de la mayoría. Y el miedo, como sabemos, es una emoción que nos obliga a actuar: estamos dispuestos a hacer o admitir lo que sea necesario para erradicarlo. La jauría de lobos ha rodeado el gallinero, que se siente protegido de las amenazas de un perro solitario. Y la jauría, mientras tanto, se apresta para devorárselos a ambos.

 

Mientras tanto, por estos lares, el diario Clarín y esa tribuna de doctrina –como se autodefine- que es el diario La Nación, aprovecharon para trazar los paralelismos necesarios para no quedarse fuera del reparto. Así, se apuraron en calificar a coro como “polémico” un tuit de la concejal y decana de la Facultad de Periodismo de la UNLP: Florencia Saintout había escrito que “los crímenes jamás tienen justificaciones pero sí contextos”.

De paso, aprovecharon para recordarnos que Saintout es “ultra k”, aunque obviaron aclararnos que ellos mismos son ultra procesistas, ultra conservadores, ultra derechistas. Extraña aclaración e interesante omisión: las calificaciones y las interpretaciones también tienen contextos, y por eso nos aportan las suyas sobre Saintout, aunque pretendan polémica que sea ella quien las busque. Quizás por eso silencien su propio contexto de interpretación. O quizás porque, como suele suceder con la derecha fascista con la que se hermanan e identifican, pretenden convencernos de que sus apreciaciones son de sentido común, mientras que las divergencias son pura construcción de grietas. O quizás porque, sin contextos, es más simple decretar sus propias afirmaciones: sólo se explica a los reprochables, para reprocharlos. Tal como -¿paradójicamente?- ha hecho el propio Clarín al publicar la nota de opinión en la que Osvaldo Pepe pretende forzar las interpretaciones de los hechos en Francia contra nuestra presidenta. Y tan bien lo ha logrado que hasta el fiscal Lanusse y el inefable Sanz se sumaron a replicar desde sus cuentas de twitter que el frío comunicado con que nuestro país se solidarizó con Francia es fruto de la insensibilidad y la falta de respeto a la libertad de prensa que detentaría Cristina. Afirmaciones que sólo se pueden sostener, por supuesto, sin considerar contextos.

Quizás por eso, como hace la derecha francesa con los jóvenes, ellos también se reserven el privilegio de definir quiénes son los jóvenes (y los niños, los adultos, los ancianos) que merecemos ser considerados argentinos, y quiénes no formamos parte de ese grupo con privilegios al que pretenden reducirnos.

No nos engañemos: la tremenda tragedia que hoy enluta a Francia nos conmueve porque no nos resulta extraña. Nosotros también llevamos en nuestro seno la desgracia de una derecha antipopular/antipopulista, obsesionada por instalar y sostener sus parámetros de privilegios-exclusión a fuerza de control social y represión. Una derecha antipopular, fascista, que se ha identificado históricamente con lo peor de nosotros y que ha escrito lo peor de nuestra historia.

Una derecha antipopular y fascista que, mal que nos pese, tal como en Francia (y como en cada lugar en la que su juego se hace evidente) no construye sus posibilidades desde la nada. Las construye a fuerza a alianzas: nos fuerza a unirnos a ella apelando a nuestro miedo.

En París no hay hoy nada peor que ser musulmán. En Argentina ya han logrado instalar la derechización del discurso sobre lo público: hasta los más progresistas y populistas hoy parecen entrampados en la obsesión de considerar a la inseguridad y la inflación como axiomas, y haber renunciado a las contextualizaciones para analizarlas y abordarlas como problema.

En París no hay hoy nada peor que ser musulmán. Y ha amanecido militarizada. En Argentina ya han logrado justificar que se perciba a un grupo bien determinado y definido como el origen y fuente de toda conflictividad social: han logrado que no todo lo que se define formalmente como delito sea percibido como tal (reaccionamos con máxima indignación ante el arrebato de una cartera, y con indiferencia ante la evasión de impuestos y el lavado de dinero de las empresas y empresarios); somos indiferentes –y hasta justificamos- la violencia compulsiva con que la policía metropolitana actúa en Buenos Aires, aun cuando en el día de ayer una niña de 8 años terminó herida por una bala de goma disparada por la misma policía durante el desalojo de una autopista, que los vecinos de Lugano (pobres, siempre pobres) cortaron en protesta por el corte de luz que comenzó el 7 de enero y se extendió por casi 24 tórridas horas. Si hasta la muerte nos impacta de modo diferente según a quién podamos responsabilizar: nos alzamos indignados ante la muerte de un niño Qom (que murió por las consecuencias  de la desnutrición porque las políticas públicas llegaron a tiempo para sus hermanitos pero para él ya era demasiado tarde, y no de hambre como quienes no contextualizan los problemas nos cuentan) y está bien que nos indignemos ante cada muerte evitable, pero no nos genera la misma reacción el aumento de la mortalidad infantil en la Ciudad de Buenos Aires, el distrito más rico de Argentina. 

La misma derecha que en Francia ha logrado que los jóvenes franceses musulmanes dejen de ser considerados franceses para ser sólo musulmanes, ha logrado que en Argentina lo intolerable sea percibido como aquello que nos perturba a quienes merecemos ser considerados argentinos. Como verbalizó hace unos días Mirtha Legrand apenas explicitando desde su mesa televisiva lo que se suele escuchar en ámbitos menos mediáticos: los que pagamos impuestos merecemos no ser molestados ni criticados por el gobierno ni cualquiera de sus afines. Interesantísimo y esclarecedor corolario: parecería que lo que nos define y separa es el dinero, así que quien puede pagar sus impuestos merece respeto y goza de incuestionabilidad, mientras que quien se beneficia de las políticas sociales que estos financian parecen no merecer (no pudieron pagarse) ni uno ni otra. Corolario que abreva en los supuestos simplistas y falaces de la más rancia derecha: como si los pobres no pagaran también impuestos, y como si los ricos no se beneficiaran de las políticas sociales. Porque lo que más y mejor ha logrado ocultar esta derecha falsamente liberal es que las políticas que promueven sí son las de un Estado fuertemente intervencionista, pero que sólo interviene en su propio beneficio.

Y tanto han logrado derechizar el discurso sobre lo público, que han vuelto a empujar hacia derechas inimaginables los límites de las opciones electoras. El FAP reconvertido en FAUNEN perdió su P y con esta pérdida se ha vuelto no sólo menos progresista, sino que la alianza que conforma se ha vuelto crecientemente conservadora. El reciente desembarco de De Narváez en el massismo derribó por completo su antigua prevención de que “massismo es más de lo mismo, massismo es más kirchnerismo” con la que nos arengaba durante las últimas PASO. La precandidatura de Scioli desde el FPV deja de lado la discusión acerca de qué tan kirchnerista es, aunque se lo considere su precandidato más a la derecha.  Y cómo no decirlo: un precandidato suficientemente derechizado como para ser aceptado por las corporaciones empresariales y mediáticas, junto con Macri y Massa, en una constelación en la que –mal que les pese reconocerlo- los Binner, Sanz, Carrió, Cobos, Alfonsín nada tienen para obtener aunque tengan todavía mucho para dar y conceder (cosa que afanosamente hacen, sin dejar de empujar límites que más de una vez los llevan al ridículo y la caricaturización).

Si hoy no hay nada peor que ser un musulmán en Francia, en Argentina la derecha lucha denodadamente para que no haya nada peor que ser popular (lo que viene a significar lo mismo que ser kirchnerista: la demonización de identidades funciona a fuerza de simplificaciones y reducciones). Y nuestra propia tragedia es la violencia permanente –a veces más física y brutal, otras más sutil y simbólica- con que la derecha ha venido combatiendo a lo largo de nuestra historia a los movimientos populares y todo lo que representan: quieren convencernos de que no se es verdaderamente argentino si no se asume esa identidad aspiracional tan propia del mediopelo con la que se rechaza todo lo que se identifica con lo popular, lo nacido del pueblo.

Si seguimos mirando la tragedia de Francia como lo que le pasó a Francia, si nos seguimos horrorizando por los actos de estos jóvenes franceses como los crímenes que cometen los musulmanes contra la Francia republicana, libre y fraterna, si seguimos sin poder ver más allá de la emoción que lógicamente nos conmueve, si no somos capaces de contextualizar los hechos, porque es polémico y parecería que hasta un tanto desalmado y justificador de los asesinatos, entonces no estamos entendiendo de qué se trata.

Y si seguimos sin entender de qué se trata, pronto seremos muchos los que nos sintamos como musulmanes en París.

Viviana Taylor
 


Mientras hacía una lectura final de este artículo, se comunicó la noticia de que mataron a los hermanos Kouachi, los jóvenes franceses musulmanes que presumiblemente cometieron el atentado en la redacción de Charlie Hebdo.
Los primeros comentarios me hacen sospechar que no se avanzará demasiado en el análisis de las causas mediatas y las condiciones inmediatas de los hechos. Parecería que, muerto los perros, se acabó la rabia. Ojalá me equivoque. Ojalá. Ojalá.
Viviana Taylor