sábado, 13 de octubre de 2012

¿Pro-vida o abortista?



Por Viviana Taylor


Las palabras nombran. Y cuando nombran, las palabras iluminan. Podemos pensar lo que ponemos en palabras.

Pero las palabras también ocultan. Iluminar un aspecto de la realidad implica dejar otros a oscuras, o en penumbras. Las palabras, cuando nombran, también ocultan, esconden, silencian… y deforman.

Podemos pensar lo que ponemos en palabras. Pero sólo hacerlo según cómo lo nombramos.


Quise empezar con esta reflexión/aclaración porque me resulta importante dejar algo en claro, para que se sepa desde dónde digo lo que digo: estoy a favor de la vida. Soy pro-vida, y creo que la vida de toda persona debe ser defendida integralmente desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte. Estoy a favor, por ello, de todo lo que se haga en función de su protección y cuidado. Y creo –sostengo firmemente- que esta es una función que le corresponde al Estado: el Estado debe garantizar esta protección para todos, en toda situación.

No soy abortista. No estoy a favor del aborto. De la misma manera en que no estoy a favor de la muerte, del dolor, de la enfermedad, de la miseria, de la desgracia... El aborto es una decisión que ninguna mujer debería tener que tomar: cuando se llega a él es porque fallaron otras cosas antes. Cosas que no deberían haber fallado. Pero la realidad es lo que es, y no siempre se comporta del modo en que lo deseamos. O debería. Y a menudo sucede lo que nunca, por ninguna razón, debería haber sucedido.

Estoy a favor de la vida y en contra del aborto. Aclarar esto me parece tan innecesario como afirmar que estoy contra la enfermedad y la muerte. La enfermedad y la muerte no me gustan, son dolorosas, nos dañan de formas inimaginables. Dejan marcas indelebles. Pero allí están. Y prohibirlas no las erradicaría. Apenas las volvería clandestinas. Y, por clandestinas, incontrolables. A ellas y sus consecuencias.

Quienes sostienen que si el aborto se legalizara –o se despenalizara- asistiríamos a una epidemia, deberían relajarse: ninguna mujer se hace un aborto simplemente porque sea posible.


No quiero centrarme en argumentos llenos de emotividad. Quienes sostienen la negación al aborto bajo todas sus formas han hecho uso y abuso de estos argumentos.  ¿Pero cómo no recordar a cada mujer que me ha confesado el haber interrumpido un embarazo, como quien confiesa un delito o un pecado que no está segura de que haya sido perdonado, y sin embargo sostiene la convicción de que no hubiese podido hacer otra cosa, y su no arrepentimiento?

Pienso en P., una paraguaya encantadora de voz alegre y ojos grandes. Cuando la conocí, andaba por los 25. Estaba contenta porque vivía con una tía abuela y su vida había mejorado porque “trabajaba por horas, no cama adentro”. Una buena familia la empleaba, un sueldo que le alcanzaba para sus gastos mínimos, pero sobre todo, a la noche volvía a una casa donde dormía en una cama que sentía propia. Y eran suyos los fines de semana. No siempre había sido así: cuando P. llegó de Paraguay, con apenas 13 años, fue colocada en una casa de buena familia, en la que aprendió el oficio hasta que fue de su exclusiva responsabilidad. Durante años fregó pisos y baños, lavó ropa, cocinó comidas sencillas –“de las de todos los días, porque para las ocasiones especiales contrataban a otra persona”- y sobre todo se perdió siestas cuando a pesar de ser su horario de descanso el trabajo se había retrasado, o la necesitaban. Pero P. estaba contenta: en esa casa se llenaba la panza todos los días, y había comodidades que en la suya –la lejana- no tenía. Hasta que quedó embarazada. Nunca me dijo quién la había embarazado, y yo nunca pregunté. Cuando me lo contó acotó que “la señora no preguntó, pero porque no le importaba”. En su acotación comprendí que diferenciaba mi silencio respetuoso de aquel otro, el silencio indiferente. O cómplice. Claro, no tan indiferente –pero sí suficientemente cómplice- como para ofrecerle una alternativa: con un niño no la iban a poder seguir empleando, pero le ofrecía pagarle un aborto, en un buen lugar, donde se la cuidaría. Y P. fue, convencida de que para las chicas como ella la alternativa es clara: o el aborto, o vuelta a Paraguay, con su madre, a compartir el hambre con una boca más. Años más tarde, me lo contaba deshecha en llanto. Pero ni una vez dijo que estaba arrepentida de haber abortado. Y agradecía que las circunstancias hubiesen cambiado. Soñaba con formar una familia con su novio. Y claro, con tener hijos.

El caso de M. fue distinto. Aunque no tanto. Estaba casada y era madre de una niña pequeña. Pero su marido se había quedado sin trabajo: épocas más difíciles que esta, de esas donde no hay nada, sólo más desempleados. M. trabajaba por su cuenta, en su casa, haciendo arreglitos de costura, lo justo para estirar lo que había quedado. Pero la crisis también había llegado a su máquina de coser: si no había trabajo, tampoco había dinero para arreglar ropa. Como si necesitara justificar anticipadamente lo que iba a contarme, me dice: “pasábamos tanta necesidad, que un vecino me daba la leche para la nena. A mí me daba vergüenza, pero la agarraba, porque uno por los hijos se aguanta. Pero en cuanto agarraba un pesito, iba a la panadería y compraba unas galletitas que yo sabía que le gustaban, y él me las agradecía como si fueran no sé qué…” Yo la escuchaba, y a las dos se nos llenaban los ojos de lágrimas. Y M. queda embarazada. Me cuenta que fue difícil la decisión, que ella se daba cuenta de que su marido pensaba lo mismo, pero no le decía nada. Entonces le puso voz al silencio, se abrazaron y lloraron: “las mujeres somos más fuertes, más decididas”. Averiguaron dónde ir y con quién, porque no querían arriesgarse a que les pasara lo que a la mamá de una amiguita del jardín de la nena, que había terminado desangrándose. Con los ojos llenos de una tristeza indecible, M. dice: “no podíamos hacer otra cosa, no teníamos nada. Vivíamos de prestado, en otra casa. Pero en cuanto las cosas mejoraron, lo primero que hicimos fue tener otro hijo”. Y M. y su marido nunca, después de aquel abrazo acongojado, volvieron a hablar del tema. Cuando me contó esto llevaban unos 30 años de casados, y eran una de esas parejas a las que se las nota especialmente compañeras. Pero un silencio los había atravesado. Quizás era la forma de imaginar que nunca había sucedido. O porque hay dolores que no pueden ser nombrados.

S., en cambio, tenía 16 años. Hacía menos de uno que había muerto su abuela, su adorada abuela, a cuya casa iba todos los días a almorzar después de la escuela y donde se quedaba hasta poco después de tomar la leche, desde que tenía recuerdos. Con su abuela hacía la tarea, con su abuela cocinaba, su abuela le estaba enseñando a tejer… pero su abuela enfermó y murió. Y S. entró en una depresión profunda, en una época en que los padres no sospechaban que los hijos pudieran padecerla. Subió de peso -mucho- comiendo cantidades exorbitantes en una época en que no parecía haberse inventado la bulimia, porque no se hablaba de ella. Y en medio de tanta tristeza conoció a un chico. Si no hubiese sido por lo que sucedió, reconoce que ni recordaría su nombre, como pasó antes y después con otros noviecitos. Pero en medio de tanta tristeza, y desesperanza, y desorientación, se embarazó. Décadas después, todavía no tiene muy claro cómo fue. Si no hubiese sido por lo que después sucedió, la represión de ese recuerdo habría sido tan efectiva que ni recordaría que pasó. Trató de ocultarlo hasta que la desesperación habló por ella. Y esa madre católica a rajatabla, de épocas de misa diaria, de bendición de la mesa, y de novenas, fue la que decidió por ella. Y S., por primera vez en mucho tiempo, esa noche durmió. Su madre había decidido lo que ella no se animaba a pedir. Hoy dice: “no habría podido otra cosa, estaba muy mal, estaba muy enferma”. Se interrumpió el embarazo, se despidió el noviecito, y se comenzó la terapia. No lo cuenta con dolor, lo cuenta como al recuerdo de una experiencia terrible que se ha superado. Sí se lamenta de, años después, haber perdido un embarazo por las cicatrices que, como recordatorio, le había dejado la interrupción de aquel otro. Un recordatorio que le permitió tomar ciertas prevenciones y cuidados, y hoy es madre de dos hijos.

A. también quedó embarazada muy jovencita. En su propia casa. En el seno de su propia familia. Esa que debía protegerla y cuidarla, y no la protegió ni la cuidó. Cuando el abuelo comenzó con los jugueteos, a todos les pareció que era una expresión normal de alguien cariñoso: es que el abuelo la adora. Cuando el abuelo la seguía obsesivamente, las expresiones eran apenas de cierto celo frente a la preferida. Cuando el acoso se volvió más físico, nadie pareció advertirlo. Había sido una lenta escalada en una relación que se había planteado bajo estos términos desde su más temprana infancia. Y todos parecían haber sido paulatinamente desensibilizados como para poder advertir lo evidente. Cuando el abuelo empezó a visitar su cama, nadie pareció escuchar nada, ni ver nada, ni presentir nada. Y nadie, nadie, dijo nada. A. me cuenta que a los 12 años tenía las tetitas chiquitas, y no le habían crecido las caderas; que sus piernas eran flaquitas, y ella parecía mucho más nena. Me cuenta de su desarrollo tardío como disculpándose de lo que le estaba sucediendo: no era ella quien lo provocaba; era él, el degenerado, el abuelo. Y con sus tetitas chiquitas, y sus caderas no crecidas, y sus piernas flaquitas, y su parecer una nena más chica, igual se embarazó. Porque para eso no hacen falta tetas grandes, ni caderas crecidas, ni piernas fuertes, ni parecer una mujer. Ni para ser violada. A. no cuenta detalles, sólo dice que todo se terminó recién cuando el abuelo murió. Pero que ella no perdonó. A nadie. Hoy se esfuerza por comprender tanta complicidad, y agradece que la vida la haya compensado con un marido -“que me salvó”- y tres hijos. Mientras me cuenta su historia el pasado y el futuro se le mezclan en la cara.

Ni P., ni M., ni S. ni A. son culpables de lo que les pasó. Fueron víctimas de la situación que en esos momentos les tocaba vivir. Ninguna de ellas tomó libremente la decisión de interrumpir su embarazo: no había opción. Simplemente, llevar el embarazo adelante era una empresa impracticable. Y ninguna se preguntó si quería ser madre, porque hasta entonces la libertad de decisión no formaba parte de la ecuación: sólo supieron que no podían. La maternidad nunca se les planteó hasta entonces como una opción, porque para las mujeres parece no ser elegible. Si se es mujer, el principio categórico es ser madre. Como sea. Aunque no se quiera. Porque el deseo sólo es admitido en afirmativo.

Todas ellas, además, cometieron un delito. Sólo A. podría escudarse -tal como lo plantea hoy la ley- en cierta inimputabilidad, si hubiera tenido un magnífico abogado. Y sin duda delinquieron quienes las socorrieron. 
A esta ley injusta se le han mezclado las víctimas, los verdugos y los culpables. 

Ellas, como muchas otras, interrumpieron sus embarazos donde pudieron, con quienes aceptaron ayudarlas. No tuvieron garantías de ser atendidas convenientemente si algo se iba de las manos, si ocurría un imprevisto. En alguno de estos casos sospecho que no se tuvieron medidas de antisepsia. Ni que hablar de asepsia.


El Dr. F. trabaja en un hospital del tercer cordón del conurbano bonaerense. No fui a buscar su testimonio. Coincidimos casualmente y le conté que estaba proyectando escribir algo sobre el tema. Se tomó unos segundos y pronunció sólo dos palabras: “es tremendo”. Y después de respirar hondo dejó salir toda su frustración y el dolor que le provocaban las chicas que llegan a las guardias de los hospitales desangrándose o con infecciones generalizadas por abortos mal hechos o sin condiciones de higiene. “Nosotros terminamos lo que otros empiezan”, “a veces se nos mueren”. Pasan los años pero no cambia esta situación: hace 20, cuando trabajaba en el Hospital Eva Perón –ex Castex- de San Martín, oía los mismos comentarios de los enfermeros y enfermeras que asistían, desde ese mismo y otros hospitales, a mis clases.

También recuerdo las largas discusiones que se generaban cuando un psiquiatra muy reconocido, el Dr. C., en otro hospital en el que también trabajé, recomendaba que les hiciesen las intervenciones sin anestesia para “que lo sientan”. Hay quienes lo acusan de machista y cruel. Y quienes sostienen que les hace un bien: que el dolor les lava la culpa. No puedo siquiera pensar el concepto… Ni quiero.


Estos médicos abren la puerta para considerar el tema del aborto del único modo en que, a mi juicio, debería ser considerado al analizar su despenalización: como una cuestión de salud pública. Y es que los testimonios de estas mujeres, y otras miles –cientos de miles- avalan la creencia en que su penalización no sólo no los detiene, sino que la clandestinidad a la que quedan sometidos lleva a otros problemas, que no lograremos solucionar mientras no ataquemos la causa.

De hecho, la causa principal de la mortalidad materna en Argentina es la práctica de abortos inseguros. No cambié la expresión clandestino o ilegal por inseguro impensadamente. Las mujeres que estamos en condiciones de pagar un aborto seguro, aunque sea ilegal –y por ello se realice en la clandestinidad- estamos también en condiciones de acceder a una práctica médica con los controles y garantías necesarios para la preservación de nuestra salud. Los abortos inseguros son, en cambio, una práctica que afecta especialmente a las mujeres pobres, que no pueden pagar por una práctica que en los hospitales públicos les está vedada.



La tasa de mortalidad materna fue, en nuestro país, de 5,5 muertes por cada 10 mil nacidos vivos en 2009, según las cifras del Ministerio de Salud de la Nación. Si bien semejante proporción de muertes muchos profesionales la explican por el brote de la Gripe A que afectó a muchas embarazadas, en mayo de 2010 el propio Ministerio afirmó que las tasas seguían siendo altas y las tareas para bajarlas no estaban siendo satisfactorias, en comparación con las de otras naciones de la región. Y es lógica la preocupación: en el año 2000 la tasa era de 3,5 muertes por cada 10 mil nacidos vivos, y en 2008 de 4/10.000; de modo que estamos ante un incremento inaceptable, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de estos decesos maternos son evitables: desde hace tres décadas la causa principal de las muertes son los abortos inseguros. Aunque claro, esta es una sospecha difícil de probar. El doctor Jorge Vinacur, presidente de la SociedadArgentina de Obstetricia y Ginecología, aporta unos datos valiosos: “Analizamos 1.052 partes de defunción y hallamos que por cada muerte materna registrada había dos no informadas. Por ejemplo, en el parte de defunción figura paro cardio-respiratorio, pero no que se produjo por una sepsis en el embarazo.”

Más preocupante se vuelve la situación cuando se observa la desigual distribución de estas muertes maternas: un recién nacido o una mujer embarazada tiene mayores probabilidades de vivir en la región patagónica o en la ciudad de Buenos Aires (donde la tasa de muerte materna es de cerca del 1,8) que en el Noroeste y el Noreste (en Catamarca es del 16, en Formosa del 15 y en Jujuy del 10).

Todas las fuentes bibliográficas y profesionales consultadas acuerdan en que el incremento se debe a que las causas directas también aumentaron: hay más abortos inseguros, hemorragias y sepsis.


Pero… ¿cuántas de estas muertes se deben a abortos inseguros?

Eleonor Faur, sociólogay oficial de enlace del Fondo de Población de las Naciones Unidas, sitúa el porcentaje en un 25%. Así de brutal, así de contundente: el 25% de las muertes maternas se producen por abortos inseguros. “Los estados de la ONU consensuaron en que para reducir la mortalidad materna se debe garantizar el acceso universal a los servicios de salud sexual y reproductiva. En Argentina, el 40% de los nacimientos no fueron planificados. Que las mujeres puedan decidir garantizaría que haya menos embarazos no deseados y disminuiría drásticamente la mortalidad por abortos inseguros.


¿Por qué en Argentina estas tasas no bajan –incluso suben- a diferencia de nuestros países vecinos, que lograron reducir las tasas de mortalidad materna hasta un 60%, y a pesar de los varios años de crecimiento económico sostenido?

Por un lado, las diferencias regionales impactan en la cifra nacional: en el norte, 4 de cada 10 mujeres son pobres, y 5 de cada diez dependen exclusivamente de la salud pública: lo que el Estado no les provee, lo tienen vedado. Y los estados provinciales son pobres, proveen una salud pública pobre, de la que dependen mujeres pobres. Demasiada pobreza…

Paralelamente, las jurisdicciones con mayores ingresos per cápita tienen tasas muy inferiores en comparación con las jurisdicciones más pobres: es una cuestión básica de inequidad. Y las condiciones que genera la inequidad estructural no se solucionan con inyecciones de recursos: lleva mucho tiempo de esfuerzos sostenidos ver los primeros resultados. Esfuerzos para mejorar las condiciones laborales, productivas y económicas de las familias que han caído –o jamás han salido- de la pobreza, mejora de sus condiciones educativas, de acceso a la información, a la salud… Las personas más pobres son más vulnerables no sólo porque sus posibilidades económicas están descendidas, sino porque son pobres en sus posibilidades de acceso a otros bienes: los hospitales de mayor complejidad, las instituciones educativas y escolares mejor provistas, etc., suelen estar más lejos. Tan lejos como la posibilidad de llegar a ellas, porque la distancia se multiplica cuando el transporte es un bien caro y escaso.  

Así es como se va configurando una realidad en la que la mayoría de los logros –los relevantes- de toda política de Estado sostenida en el tiempo, recién se hacen evidentes intergeneracionalmente.

Sin dudas, se requieren verdaderas políticas de Estado, y no parches de gestión gubernamental.


El Dr. Germán Cardozo, en el marco del debate sobre la despenalización del aborto en el Congreso de la Nación, el 27 de septiembre de 2012, abordó estas dos cuestiones: “siempre habrá mujeres que quieran interrumpir un embarazo no deseado. Hay que despenalizar el aborto porque las cifras son alarmantes y siempre los sectores más pobres son los más perjudicados. En la Argentina hay más de 500.000 abortos clandestinos al año y son la principal causa de mortalidad materna. Los abortos clandestinos son un grave problema de salud y muestran la inequidad en salud según los estratos sociales, es por eso que debe considerarse la despenalización cuanto antes. Los embarazos no deseados y las muertes por aborto clandestino son una deuda social del Estado con los sectores menos favorecidos de esta sociedad, una deuda que el Estado debe saldar de inmediato. Está probado que cuando se despenaliza, disminuye la tasa de aborto. Los hijos tienen que provenir del deseo y de la planificación familiar, no de un embarazo no deseado”.


Claro que estas políticas de las que hablábamos son, además, difíciles de llevar adelante. Sobre todo aquellas que más directamente impactan en las condiciones en las que se resuelve la maternidad.

Un ejemplo es la obligatoriedad de la vacunación contra el HPV para todas las niñas de 11 años. Si bien el 94% recibió la primera dosis de la vacuna, muchas de quienes están dentro del 6% restante no han sido inmunizadas porque ciertas escuelas católicas (el caso paradigmático es Mendoza) han recomendado –e incluso prohibido- a sus padres aplicárselas. La misma provincia donde grupos integristas político-religiosos generaron el rumor de que la vacuna es parte de una política para matar niñas, ya que la vacuna causaría muerte súbita y el gobierno nacional estaría informado de este hecho. Son más honestos quienes explicaron que su oposición se debía a que temían que con la vacuna se estuviera incentivando una iniciación temprana a la sexualidad. Una postura, ciertamente, más cercana a quienes acuerdan con que la doctrina católica se inmiscuya en las políticas de un estado que no aceptan laico.

Pero esta no ha sido la única intervención. Si bien la Ley de Educación Sexual Integral fue sancionada en el año 2006, todavía no se la aplica en todos las jurisdicciones, ni en todas las escuelas, ni por todos los docentes. Como en el caso de la vacunación, el prejuicio más extendido es que su aplicación incitaría a una temprana iniciación en la sexualidad, al despertar artificialmente la curiosidad de los niños por temas para los que no estarían aún preparados. Y muchos sostienen la opinión de que se trata de un tema que debe ser abordado en la intimidad de las familias, y donde el Estado no tiene nada para aportar. En la afirmación obvian, entre otras cuestiones, el tema de que la mayoría de los casos de abuso sexual infantil son intrafamiliares, y que la mayoría de los casos de embarazo precoz se deben a estos abusos en una relación que es inversamente proporcional: a menor edad, mayor probabilidad de que el embarazo se deba a esta causa. Va a ser difícil solucionar un problema tan emparentado a la educación –a través de la prevención de los abusos sexuales, la postergación del inicio de la sexualidad activa, la prevención de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual- con tanta resistencia a educar.

Y quizás la más cruenta y cruel de todas las intervenciones es la que ha producido la jueza nacional Myriam Rustán de Estrada, a cargo del Juzgado en lo Civil Nº 106, quien decretó una medida cautelar que impidió la realización de un aborto que estaba previsto para el martes pasado, 8 de octubre, a una mujer víctima de la trata de personas, que había quedado embarazada a causa de una de las violaciones sufridas durante su secuestro. Esta jueza, vinculada familiarmente a un ex funcionario de la Ciudad de Buenos Aires y relacionada con el movimiento católico ultraconservador Opus Dei, también prohibió que el mismo se realizara en cualquier otro hospital de la ciudad. Como era previsible, la Corte Suprema de Justicia suspendió la ejecución de la medida cautelar, lo que no evitó que una víctima fuese revictimizada por una jueza que no respetó lo que la ley le permitía, y avanzó sobre una jurisdicción sobre la que no tenía atribuciones, por un Jefe de Gobierno –Mauricio Macri- que anunció públicamente un acto privado desencadenando todas las reacciones posteriores, por la organización PROVIDA que fue quien pidió el amparo y uno (al menos) de cuyos integrantes tuvo el atrevimiento de entrevistarse con la mujer, por el sacerdote del hospital donde iba a realizarse el aborto que participó (no se pudo probar que la haya organizado) de un escrache en su domicilio… Toda buena gente, hiriendo a quien ya había sido herida.


Lo que los integristas católicos callan es que no todos sostienen lo mismo. Existe un movimiento de mujeres católicas, entre cuyas integrantes incluso hay religiosas, llamado Católicas por elDerecho a Decidir, que ha crecido mucho en los últimos años y tiene sedes en varios países.

Este movimiento trabaja denodadamente en favor de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). En Argentina apoya la despenalización del aborto, con la esperanza de que sea un paso previo necesario para la discusión más amplia de la Ley IVE. Los puntos de la ley que proponen podrían resumirse en la defensa del derecho al aborto legal, seguro y gratuito, sin condicionamientos de causa.

Respecto de la necesidad de despenalizar el aborto en Argentina, coinciden en que se lo debe hacer en el marco de los derechos humanos de las mujeres, como una cuestión de justicia social e igualdad, y remarcan la importancia de tener en cuenta el impacto social que se produciría con el cambio de la norma.

La OMS aporta a este mismo argumento: asegura que en los países donde las mujeres tienen acceso a servicios seguros donde realizar una interrupción legal y voluntaria del embarazo, la probabilidad de muerte como consecuencia de un aborto es de 1 por cada 100.000 procedimientos. Si consideramos que la media nacional está en 5,5 muertes maternas por cada 10.000 (o sea, 55 madres muertas de cada 100.000 nacidos, no de cada 100.000 abortos, de los que, por ser clandestinos, no hay posibilidades de tener más que estimaciones muy relativas) la diferencia es astronómica: no son siquiera comparables.


Durante el mismo debate sobre la despenalización del aborto en el Congreso de la Nación al que hice referencia antes, el Dr. Abramovich precisó que “hay un salto lógico entre decir que hay una obligación de proteger la vida prenatal a decir que hay que criminalizar el aborto. Estamos en un momento de avances en términos de derechos civiles y sociales y debemos generar ya la discusión sobre la despenalización del aborto. En este sentido es interesante ver cómo la Corte Suprema analiza el impacto social, las consecuencias sociales de determinadas regulaciones jurídicas, en condiciones de igualdad de género y de igualdad social. El dato social nos está demostrando que la penalización del aborto no sólo es inefectiva en términos de prohibición sino que tiene consecuencias perjudiciales, como por ejemplo la alta tasa de mortalidad materna, la situación de violencia institucional por el sometimiento a las burocracias médicas para acceder a abortos incluso en los supuestos que la ley establece, más las condiciones derivadas de la clandestinidad del aborto fruto de la prohibición. La judicialización de ciertas interrupciones voluntarias de embarazos, es violencia institucional, es decir, violencia del Estado, y somete a las mujeres a un trato denigrante e inhumano”.





Entre 2002 y 2008, de 1130 causas, 22 mujeres fueron condenadas por el delito de aborto. En cambio, ningún médico recibió condena.
En 2010 se registraron 52.817,6 egresos hospitalarios por aborto (dato de la Dirección de Estadísticas Sanitarias del Ministerio de Salud de la Nación). Es el último dato relevado.
En 2013, 18 provincias reportaron contar con al menos un efector que prestara servicios de aborto legal en el sistema de salud pública: en 2014 se redujeron a 8 provincias, que además informaron problemas de acceso a insumos para la realización de las prácticas, u otro tipo de obstáculos para la prestación de servicios de aborto legal.
En 2014, 834 efectores a nivel nacional brindaron, o pudieron haber realizado, servicios de aborto legal (datos del Informe Anual de Gestión del Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable).
En 2015 las provincias reportaron la realización de más de 700 abortos no punibles.
La tasa de mortalidad materna en 2015 fue de 3,9 muertes por cada 10 mil nacimientos, según las últimas cifras disponibles del Ministerio de Salud.
Desde 2016 no hay información oficial disponible.


Por Viviana Taylor

jueves, 4 de octubre de 2012

Parece que están queriendo salir de fiesta los cerdos

Por Viviana Taylor



Mucho se ha hablado sobre el tema desde hace 48 horas: el decreto por el cual se les liquidaron los sueldos y motivó la protesta de prefectos y gendarmes. De esto estamos hablando, pero parece que casi nadie se detuvo a leerlo… o quizás porque lo hicieron, eligen no comentarlo públicamente. La clave es el artículo 6º, en el que queda claro que si, en el proceso de ordenamiento de los haberes (un intrincado laberinto de cobros de sumas que no se integran al básico) en algún caso se percibiera por debajo de lo que se cobró el mes pasado, esa diferencia se garantiza con una suma ad hoc a cuenta de los aumentos. O sea, este decreto no sólo garantiza seguir cobrando al menos lo mismo, sino que no cierra la posibilidad de aumento salarial.

Quizás por eso resulta, sin haberlo leído, hermética la explicación que salió a dar por los medios Abal Medina, temprano y justo después de la primera reunión por este tema en el día de ayer, en la que deslizó la idea de que se habían cometido errores, y que por eso quienes hasta ahora venían liquidando estos haberes ya no lo harían, y esta tarea cambiaría de jurisdicción. ¿Se sospechó, entonces, de un error voluntario, lo que justificó el cambio de responsables? Quizás no, pero si fue sólo impericia o negligencia, aún así es grave. En esa misma explicación Abal Medina garantizó que todos los que habían sufrido estos descuentos indebidos recibirían en lo inmediato la suma adeudada, algo que ya se está cobrando, incluso desde antes de las 8 hs del día de hoy en que se aseguró que estarían los fondos liberados para ser retirados en los cajeros. Y que quienes deben cobrar a partir del viernes (fecha de cobro que aún NO LLEGÓ, y aún así muchos tienen en este momento su cobro habilitado) no percibirían diferencias respecto de lo que venían cobrando.

A pesar de haber obtenido lo que reclamaron, decidieron que el “ir por más” debía sostenerse presionando en la calle como parte de las  negociaciones.

A esta altura ya se decía fuertemente que Berni había renunciado. Evidentemente su renuncia no fue aceptada, pero durante esta instancia de la negociación debe haberse considerado efectiva porque todo parece indicar que no participó, a pesar de ser tarea de su competencia directa.

Para entonces, ya circulaba la carta de Carlos Belgrano, a la que luego se sumó la de Cosme Beccar Varela pidiendo por la destitución del gobierno y todos sus funcionarios; y Cecilia Pando venía convocando a todas las fuerzas armadas y de seguridad a sumarse a la protesta. Cosa que, con ciertas parcialidades, fue sucediendo durante la tarde de ayer.

Si a esto se le suma que la convocatoria al nuevo cacerloazo tiene como lema “sumate al 8N para que no llegue el 7D” (un interés particular del Grupo Clarín, que ha logrado convencer a sectores de la sociedad de que es un interés común); que TN transmitió la protesta casi ininterrumpidamente, haciendo foco en la imagen de cada gendarme o prefecto que se desmoronaba emocionalmente; que en el preciso momento en que estoy escribiendo esto desde Arriba Argentinos (Canal 13) se fogonea con que esto no es una solución porque es un “cobro en negro” (demostrando desconocimiento sobre las diferencias entre “en negro”, “no remunerativo” o “garantía salarial”; o simplemente el desprecio por la fidelidad a la información y prefiriendo el golpe de efecto en la audiencia antes que argumentar por qué no es un solución definitiva sino que todavía se está negociando, sobre todo porque uno de los conductores es economista y no puede desconocerlo); el hecho de que la decisión de seguir en la calle se tomó por aclamación de un grupo que después de dos días está desgastado física y emocionalmente, y como respuesta al grito de un compañero de “¿seguimos o no seguimos?”, y no en una asamblea en la que se expusieron opiniones y propuestas alternativas para decidir la más efectiva y estratégica a seguir; el hecho de que desde estos mismos medios se sigue insistiendo en que el primero de los reclamos es la no sanción por estar en la calle, cuando recibieron expreso permiso para permanecer en protesta hasta el día martes… ¿no son demasiadas coincidencias?

 

No quiero que se malinterprete el eje de lo que estoy diciendo: no estoy cuestionando el derecho de quien sea a pedir por una remuneración justa. Lo que estoy diciendo es que hay demasiados grupos interesados (pero estratégicamente asociados, y muy atentos a aportar a la sinergia cuando de fuerzas destituyentes se trata) en embarrar la cancha. Y que este reclamo –por justo que sea- ha sido embarrado.

Las fuerzas armadas y de seguridad son hoy el terreno que algunos grupos de interés quieren convertir en chiquero. Parece que están queriendo salir de fiesta los cerdos.
 
Por Viviana Taylor
 
 
 
Tomado de

sábado, 22 de septiembre de 2012

De canillitas, diarios, revistas... y el sistema de distribución en cuestión


Por Viviana Taylor
Ayer me llegó a través de Twitter este mensaje, escrito por la gente de la revista Barcelona. El tema no me resultó totalmente ajeno, porque algo se ha estado comentando en los últimos días, aunque para quienes no estamos directamente afectados o implicados, es un tanto engorroso entender de qué se trata.


Con un poco de dedicación y tiempo, no fue difícil encontrar algunas puntas como para ir tirando a ver qué aparece. Y si bien el relato seguramente resultará obvio para quienes participan del problema, creo que nos viene bien una explicación sencilla a los legos.


La clave para empezar a desanudar este embrollo la encontré en la revista Mu, en su artículo “Sin kioscos y sin ley”, escrito con motivo del piquete que los canillitas porteños organizaron frente al Centro de Distribución como forma de reclamar a la Asociación de Editores de Revistas el cumplimiento de la promesa de otorgarles una suma que compense la pérdida del porcentaje que históricamente obtenían por su trabajo.

Ahí es donde las cosas comienzan a volverse confusas para nosotros, los legos, sobre todo porque tres publicaciones (La Garganta Poderosa, Barcelona y Mu) no sólo apoyaron, sino que formaron parte de una medida de fuerza que en apariencia las perjudicaba. ¿En qué consiste este conflicto tan complejo, que provoca semejantes paradojas?

 

Parece ser que lo que está en juego, y es ahí donde se cruzan los intereses tanto de quienes producen estas revistas como de los canillitas, es el circuito de distribución y comercialización de publicaciones: quién lo va a controlar, quién va a participar de él y quiénes se van a quedar fuera.

Según la carta que suscribieron las tres revistas, tanto los canillitas como los editores independientes constituyen una parte fundamental en la cadena de distribución y comercialización de publicaciones, una cadena que parecerían querer cortar y controlar algunos sectores corporativos que intervienen en el circuito.

Según denuncian, estos grandes sectores corporativos están sufriendo una fuerte crisis de credibilidad y baja de calidad informativa en los medios gráficos que publican, como consecuencia de que han dejado de vivir de las noticias que publican para pasar a hacer negocios con la información que ocultan. Y el modo de paliarla es convertir cada kiosco en una boca de expendio donde puedan controlar qué es lo que se ofrece, neutralizando las publicaciones con las que disienten en la percepción de la realidad que buscan instalar, y compensando la baja de ventas. Este punto en particular, que para los editores independientes -que viven de la venta de sus publicaciones- es una condena a muerte, a estos otros medios corporativos no los afecta de igual manera ya que no viven de las tapas que venden sino de la pauta publicitaria y los negocios que promueven. Y, por supuesto, tampoco se ven afectados por los mismos costos, ya que acceden a papel barato, cuya producción y comercialización también controlan.

 

Recordemos que  la Papel Prensa, la única fábrica de papel para diarios del país, es la piedra fundacional del monopolio informativo que construyó el Grupo Clarín en los últimos 30 años. De hecho, hasta la última dictadura cívico militar, Clarín, que había sido creado en 1945 por el fallecido Roberto Noble (de orígenes socialistas, luego desarrollista, más tarde militante de la causa fascista y admirador de Mussolini) vendía 300 mil ejemplares por día, menos de la mitad de los 700 mil de Crónica. Pero con la llegada al poder de Jorge Rafael Videla, Clarín en sociedad con La Nación, se quedó con Papel Prensa, y en consecuencia con el monopolio del insumo principal de los diarios. Con el paso del tiempo, el poder que le otorgó Papel Prensa le permitió crecer y convertirse en el grupo de comunicación más diversificado del país y logró una posición dominante en todos los mercados culturales (televisión abierta y de cable, gráfica, radios, Internet, etc.). Los conflictos de estas empresas con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se explican por su decisión de avanzar en la desmonopolización del papel para diarios y propiciar un rol más activo del Estado en la dirección de Papel Prensa para lograr una justa distribución de la materia prima de los diarios y garantizar la libertad de expresión para los medios más pequeños e independientes.

 

Pero mejor vayamos más despacio, por partes, porque este análisis requiere de considerar demasiadas variables.

Tradicionalmente, el circuito de distribución y venta de publicaciones en la Capital Federal tenía cuatro actores: el editor, el distribuidor, los recorridos y los canillitas. En este sistema, quien lo controla tiene en sus manos el destino de cualquier publicación. O de todas. La postura de los canillitas a este respecto es clara: “Para nosotros tiene que ser un sistema solidario, donde las publicaciones más grandes soporten los mayores costos y permitan así el desarrollo de nuevos títulos”.

Según nos recuerda Mu en su artículo, “la primera mutación del esquema tradicional se puso de manifiesto cuando el gremio que conduce Hugo Moyano (recordemos que hoy está al frente su hijo, Pablo) obligó, con bloqueos y paros, a reconocer a los trabajadores de los recorridos como afiliados a su gremio.” Fui a buscar las versiones taquigráficas de las reuniones que se hicieron por ese motivo en la Comisión de Libertad de Expresión de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, y me encontré con algunas cosas muy interesantes.

En la Reunión de Tablas del 4 de diciembre de 2008, con la Presidencia de la Diputada Giúdici, y la presencia de los diputados Morandini, Quiroz, Bertol e Iglesias, estaban representadas las siguientes asociaciones: por ADIRA, los señores Fernando Cuello y Felipe Videla; por la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines los señores Oscar Pepe y Martín Codo; por ADEPA el señor Martín Etchevers; por AEDBA, su presidente el señor Gowland Mitre y el señor Pablo Casey; por la Asociación Argentina de Editores de Revistas, los señores Daniel Ripoll y Santiago Mendive. Es muy interesante la descripción que se hace del sistema de distribución, con sus recorridos exclusivos y excluyentes, y de cómo comenzaron las dificultades con el gremio de los camioneros. A pesar de que todo el relato no muestra otra cosa que un conflicto estrictamente gremial, la Diputada Morandini hace referencias directas y explícitas a complicidades entre el gremio de los camioneros con el gobierno nacional contra la libertad de expresión.

 

En la Reunión de Tablas del 20 de mayo del 2009, la Presidenta de la Comisión, Diputada Giúdici, aclara que “varios señores diputados nos avisaron que están en otras comisiones, incluso en este momento hay una reunión de bloque, por lo que se les hará muy difícil llegar a horario; tal vez se incorporen a lo largo de la reunión.” De la versión taquigráfica sólo se obtiene la participación de las Diputadas Bertold y Quiroz. Asistieron, además, integrantes de la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines, los señores Martín Codo, Oscar Pepe y Patricia Cristaldo, “quienes vienen a darnos un panorama de la situación actual a raíz del conflicto suscitado entre el sindicato de camioneros y la sociedad de distribuidores. Ya tratamos este tema el año pasado en una reunión de comisión, en la que además estuvieron invitados integrantes de la asociación de editores”, según aclara la Presidenta Giúdici, en referencia a la reunión del 4 de diciembre de 2008. Los otros actores, presentes en la reunión anterior, brillaron por su ausencia.


En la reunión Oscar Pepe se refiere a una nota aparecida en el DiarioClarín ese mismo día, diciendo que el mismo exigía una rápida solución al conflicto que venían teniendo con los camioneros, para que se “garantice la libertad de circulación de diarios y revistas y la protección de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución”. Lo cierto es que Clarín no hace propias estas palabras, sino que cita el reclamo de la Sociedad de Distribuidores. Pepe, en representación de esta Sociedad, parecería confundir en una sola las intenciones de ambos. Pero lo cierto es que en la publicación ni siquiera se encuadra la noticia en un contexto de peligro para la libertad de prensa, sino exclusivamente en la cuestión sindical.

Es muy interesante ver cómo, a pesar de que desde la Comisión se trataba de vincular este problema a un posible futuro ataque a la libertad de prensa por parte del gobierno, en alianza con Moyano a través del sindicato de los camioneros, nada de esto estaba pasando.

En lo inmediato, el resultado de este conflicto fue una notable mejora en las condiciones salariales de los empleados que -si bien impactó en los costos del sector- no fue un golpe tan grande como el que vendría después.

Pero antes de ese segundo gran golpe, los canillitas ganaron una larga batalla. Un triunfo que quizás explique la crudeza de los ataques que luego se sucedieron. Resulta que el miércoles 8 de septiembre de 2010 recuperaron la exclusividad de la venta de diarios y revistas, con la firma de la reglamentación del decreto que daba por caducada su desregulación, que se había establecido por el decreto 1025/2000 durante la presidencia de Fernando de la Rúa. Mediante este decreto, se había consolidado la autorización del ex ministro de Economía Domingo Cavallo para la libre distribución de publicaciones en supermercados y otros puntos de expendio, además de que se alteró el porcentaje de ganancia sobre el precio de tapa que obtenían los canillitas.

Esta nueva medida, además de derogar la desregulación, estableció la creación del Registro Nacional de Vendedores de Diarios y Revistas, en el que deben inscribirse los titulares del derecho de parada, reparto y de líneas de distribución de diarios y su zona de influencia, recuperó el feriado por el Día del Canillita el 7 de noviembre, y abrió la posibilidad de renegociar los porcentajes de ganancias sobre el precio de tapa.

Lógicamente, la medida fue bastante criticada por algunos sectores de la industria gráfica, aunque adujeron que la razón de su resistencia se debía a que la venta de estos productos exclusivamente por mano de los canillitas agravaría la caída en las mismas. Algo que, como veremos un poco más adelante, no era la preocupación genuina.

La resistencia llegó a tal punto que Clarín, La Nación y Perfil se negaron a acatar el primer feriado del que los canillitas gozaron en muchos años, el 7 de noviembre de 2010. En su momento, Omar Plaini, por entonces Secretario general del Sindicato de Vendedores de Diarios, Revistas y Afines (Sivendia), repudió la actitud denunciando que se trataba de “un atropello. Como no pueden sobornar a la comisión directiva, ofrecen el precio total de tapa a los vendedores. Nosotros no vamos a resignar nuestros derechos y convicciones.”
Y abrió la puerta que la desregulación había cerrado en su momento: “El jueves pasado, hicimos un plenario de los trabajadores en el que acordamos reclamar el precio que nos corresponde porque Clarín, desde el año 2001, nos bajó ocho puntos el porcentaje”.

Con el nuevo decreto se dejaba atrás una década marcada por la influencia de los medios hegemónicos, y los canillitas volvían a tener prioridad sobre el canal de distribución y venta.

La guerra estaba siendo declarada.

 

Fue en este contexto de conflictividad entre los medios más poderosos por un lado, y los independientes y los canillitas por el otro, que se dio la segunda mutación, siguiendo la expresión de Mu: “la mayoría de los diarios y revistas comerciales ya no vive de las publicaciones que venden sino de negocios que van desde la pauta publicitaria (que es negra tanto en su versión oficial como privada) hasta los lobbys que disfrazan como información. Necesitan, entonces, de los kioscos para lucirlos. Así, un circuito que era usado para la distribución y venta fue usurpado para el traslado y la exhibición.” Según el diagnóstico de la empresa auditora encargada de analizar el impacto de la crisis en el sector de la distribución, el mayor gasto lo genera Clarín, porque usa el circuito 5 ó 6 veces por cada edición, dada la cantidad de suplementos y cotillones que saca. Y esto a pesar de que cada vez vende menos. La ecuación, para los canillitas, no cierra: son ellos los que, de todos estos costos, no ven nada.

En medio de esta situación, apareció un nuevo eslabón en la cadena, un actor desconocido e inesperado: la REDIAF.

La REDIAF es, según como la define Clarín, la cámara que agrupa a los puestos de diarios y revistas.
Extraña definición, porque es una empresa que hasta ahora era desconocida por los editores, a pesar de lo cual resulta que descubrieron que tenían con ella una deuda contraída en diciembre de 2011, fecha en la que el Centro de Distribución -gerenciado por REDIAF- decidió prorratear sus costos de estructura entre aquellos que le generaban devolución de ejemplares no vendidos en los kioscos. A pesar de que los costos de estructura son ocasionados mayoritariamente por Clarín, como reveló la auditoría, la deuda se les facturó a los editores más pequeños, independientes.

Datos Comerciales de REDIAF S A


CUIT 33-69231832-9


Denominación: REDIAF S A

CUIT: 33-69231832-9

Tipo: Persona Jurídica

Fecha Contrato Social: 20-06-1997


Impuestos y fecha de alta


  • GANANCIAS SOCIEDADES: 11-1997
  • SICORE-IMPTO.A LAS GANANCIAS - 94: 01-2000
  • SICORE-IMPTO.A LAS GANANCIAS - 116: 01-2000
  • SICORE-IMPTO.A LAS GANANCIAS - 160: 04-2000
  • IVA: 11-1997
  • GANANCIA MINIMA PRESUNTA: 12-1999
  • REG. SEG. SOCIAL EMPLEADOR: 02-2000
  • BP-ACCIONES O PARTICIPACIONES: 05-2003
  • REGIMENES DE INFORMACIÓN: 01-2007

Actividades


  • 513211: Venta al por mayor de libros y publicaciones
  • 513212: Venta al por mayor de diarios y revistas
  • 632000: Servicios de almacenamiento y depósito (Incluye silos de granos, depósitos con cámaras frigoríficas, almacenes para mercancías diversas, incluso productos de zona franca, etc.)
  • 743000: Servicios de publicidad
  • 749900: Servicios empresariales n.c.p.

Quizás esto parece muy raro de entender, pero con un dato más puede ser puesto en contexto. Uno del que casi nadie habla: parecería ser que el Grupo Clarín ha estado comprando varios recorridos y, por lo tanto, parece haber logrado tomar el control del Centro de Distribución. De a poco, todo comienza a tener sentido…

Omar Plaini lo dice bien claro: “Clarín ya ha comprado distribuidoras. Ahora es una empresa de contenido y distribución. El 30% de los puntos de venta lo controla a través de testaferros, dicho por los propios distribuidores”.
Es la larga mano del Grupo Clarín la responsable de las deudas inventadas por la REDIAF. Deudas inventadas que, sin embargo, la mayoría de los editores se apresuró a pagar bajo la amenaza de que si no lo hacían quedaban excluidos del sistema. Pago que no evitó que les llegara una nueva facturación con un aumento del 130% y la noticia de que la siguiente sería casi 300% mayor. Entonces sí se plantaron: las cifras son impagables y  han dejado al descubierto que, de que lo que se trata, es de generar una situación que empuje a la exclusión a las revistas que viven de su venta, que son las que –justamente por venderse- les dejan alguna ganancia a los canillitas. Ganancia de la que ellos comen. De ahí la alianza entre ambos.

Esta no fue la única estrategia del Grupo Clarín para controlar la cadena de distribución. En octubre de 2011 adquirió la distribuidora y cadena de librerías Cúspide. Desde entonces, muchas editoriales independientes dejaron de ser aceptadas por la cadena. La revista Mu cuenta el caso de su editorial: los títulos editados por lavaca vendían en el circuito de Cúspide la mitad de una edición. Del último título publicado, Argentina Originaria, no aceptaron ninguno.


Todo se va volviendo cada vez más oscuro… Detrás de tanta confusión hay otro negocio, todavía más turbio. Como veníamos diciendo, hay publicaciones –como Clarín- que no viven de la venta de sus ejemplares. El dinero obtenido por la venta es insignificante en relación con lo obtenido por la pauta publicitaria. Y el papel, cuya producción controla, vuelve más insignificante todavía los costos de producción. Y ahora que controlan toda la cadena, desde la producción de papel hasta la distribución de las publicaciones, pretenden cobrar por no vender. En una charla con la gente de La Garganta Poderosa, Plaini explica, en referencia a la REDIAF: “Argumentan que estos costos los generan las devoluciones. Pero cobrar las devoluciones desfigura todo el negocio porque los editores pueden sospechar que no se reparten todos los ejemplares que entrega. Por ejemplo: a ustedes ¿cuántos ejemplares te cantan como devolución? Bueno: a mi kiosco no me llegó ninguna. Y te pueden decir acá los muchachos cuántos ni la recibieron”.  

Claro que la REDIAF no aceptó mansamente esta resistencia de los canillitas a saldar las deudas inventadas: ya  sancionó a una editorial, negándose a repartir sus ediciones hasta tanto no deje en claro sus cuentas. Y este fue el contexto en el que se produjo el último conflicto con los canillitas, que decidieron ir a un paro para reclamar un aumento en el porcentaje de las ventas, que la mayoría de los diarios –adivinen cuál no- aceptaron. Ahora, además, reclaman lo mismo para las revistas: piden un aumento de $1 por las publicaciones cuyo precio de tapa sea menor a $10, y de $2 para las que los superan. De ese aumento, el 75% sería para los canillitas y el 25% para los recorridos, dinero que sólo lo generarían los ejemplares efectivamente vendidos. Queda claro quién es el único que quiere hacer negocios con la no venta.

Pero… algunas publicaciones comerciales remarcaron sus títulos con este aumento, y no lo destinaron a los canillitas, provocando el piquete con el que bloquearon la salida de las nuevas ediciones.

Evidentemente, la alianza estratégica entre algunas editoriales y los canillitas es sólo coyuntural. ¿Otro ejemplo? Un inmenso negocio que sólo puede reportarles ganancias a las editoriales, a costas de perjudicar a los canillitas. Para verlo basta con que nos preguntemos de dónde salen esas revistas tan primorosamente exhibidas en bares, clínicas, y otros lugares con sala de espera, de las que disfrutamos los clientes y pacientes de la zona metropolitana.

Según cuenta SIVENDIA, estas revistas llegan por fuera del sistema de distribución y venta de revistas, con lo que se ocasiona un perjuicio económico a los trabajadores de las paradas y los repartos. Por supuesto, se trata de un sistema ilegal, ya que la actividad está regulada, como hemos contado más arriba.

La cosa es así: las revistas que no son vendidas deben ser devueltas a las editoriales, para que sean desnaturalizadas. Pero parecería ser que estas revistas no salen, como deberían, de circulación. Por el contrario, son puestas en estos lugares, con ediciones de números apenas salidos del circuito de devolución. Una de las empresas que se encarga de estos revisteros, Cemar, ofrece por $30 por mes un revistero actualizado con cerca de 50 revistas. Los costos no cierran de ninguna manera. Otra de las empresas, El Revistero, dice que obtienen esos bajos costos por acuerdo con las editoriales, aunque algunas de ellas lo niegan. Sea como sea, lo cierto es que no se cumple con el reglamento del sistema. Y el perjuicio les llega a los canillitas por vía doble: porque se abre un circuito paralelo que compite con ellos frente a estos clientes, y porque pueden ofrecer las revistas a un precio incluso por debajo del costo. Y esto, sin contar, todas las otras irregularidades asociadas como el no descuento de las revistas devueltas de los costos a pagar.

Claro que para las editoriales que han entrado en este negocio ilegal se trata de un buen trato: lo que están vendiendo a costos irrisorios es material que, de todos modos, debían descartar. La única editorial que parecería mantenerse fiel a la política de control y de respeto al sistema de distribución y venta es Atlántida, la única que no tiene ninguna de sus publicaciones en los catálogos de estas empresas. Las revistas de la editorial que se leen en distintos lugares llegan desde las paradas, y las que no se venden se destruyen. Como indica la ley.

Aliados en la gran guerra contra el inmenso enemigo común, que libran sus propias batallas internas…
 

Se avecina el 7 de diciembre, y –como vemos- el Grupo Clarín se ha esforzado por llegar con el control fortalecido sobre la prensa gráfica, aprovechando los intersticios de la Ley de Servicios Audiovisuales, que dejó fuera a los medios gráficos y de internet. La Asociación de Revistas Culturales Independientes (AReCIA - integrada por más de 200 publicaciones de todo el país) elaboró un proyecto de ley de promoción y fomento de las publicaciones culturales gráficas y de Internet autogestivas, con la que intenta cubrir esta ausencia.

Seguramente todavía hay y habrá mucho más por ver… Y veremos qué es lo que pasa.


Por Viviana Taylor

 
 
 
 
A las pocas horas de haber posteado este artículo, en mi página de Facebook llegó el siguiente comentario. Con la autorización de su emisora, lo publico: la experiencia que cuenta enriquece el relato que he hecho.
 
 
 

Además, me hizo llegar las cartas que envió en razón de las dificultades a las que ha hecho referencia. Las respuestas que ha recibido no me han sido enviadas ni pueden ser publicadas porque cuentan con una cláusula de confidencialidad.
 
 








 
ANEXO: