martes, 30 de junio de 2009

La emergencia sanitaria que -por ahora- no fue


El sábado pasado publiqué una nota sobre "lo que la gripe porcina nos está enseñando". En ella, manifestaba cierta esperanza respecto de que el lunes 29, al otro día de las elecciones, se declarara la emergencia sanitaria. Algo que, por ahora, no ha pasado.
Después de una semana en que el Comité de Crisis fue convocado al menos dos veces, a pesar de lo que no se reunió, y del portazo nada sorprendente de la ministra Ocaña, el Comité finalmente se juntó, invitando a un grupo de "especialistas y notables". Y a la noche, presidida por el ministro Massa, se dio una conferencia de prensa con los resultados de sus negociaciones.

¿Negociaciones? ¿No habré equivocado el concepto, y debería haber escrito "acuerdos" o "consensos"? La verdad es que no me parece... lo que escuché me sonó a "negociaciones". Si hubiese habido acuerdos, las medidas habrían sido coherentes con los reclamos que los especialistas habían hecho ante los medios a lo largo de toda la semana. No se habrían pronunciado semejantes tibiezas después de las explosivas declaraciones que se venían haciendo. Tal como concluí en la nota de referencia, lo que sigue estando claro es que los tiempos políticos son diferentes de los tiempos de la salud.


El ministro Massa se encargó de dejarnos claro que una emergencia sanitaria no es otra cosa que una herramienta administrativa, herramienta que permite destinar fondos para la compra de insumos, reorganizar el sistema de salud, destinar recursos humanos... En fin, quedó claro que la entiende como una herramienta para mejorar la eficiencia.Sin embargo, la eficiencia no alcanza. Debería buscarse la eficacia y la efectividad para evitar más contagios -o reducirlos-, más que la eficiencia en la atención de nuevos enfermos. Y para eso, hacen falta medidas más agresivas. Hace falta tener una idea de cómo vive la gente, para saber cómo se contagia.


No es casual que la mayor cantidad de casos se concentre en el Conurbano Bonaerense, y derrame sobre la CABA (ilustrativa metáfora de la verdadera teoría del derrame). Miles de personas suben a un colectivo cerrado en José C. Paz para, después de dos horas y media hacinados, llegar a Constitución. Millones atraviesan el conurbano en trenes igualmente abarrotados para llegar a distintos puntos de la ciudad. Y así cada día... y así vuelta al atardecer.Por otra parte, parecería que se esperará para extender en dos semanas las vacaciones de invierno, a que lleguen a las escuelas unos cuadernillos que -supuestamente- evitarán un retraso en los aprendizajes. Sin embargo, en las escuelas hace ya más de un mes que los aprendizajes están retrasados, porque el ausentismo de docentes y alumnos ha roto con los porcentajes históricos. Caminar hoy por sus patios y transitar sus aulas da una idea real de la dimensión del problema: las enfermedades respiratorias los han vaciado.


El problema no son los patios de comida chatarra, ni los shoppings, ni los cines, ni las canchas. Por esos lugares, también transita la posibilidad de contagio, pero en medida ínfima. El problema no estuvo en las colas de espera para votar, porque aunque por allí también transtitó la posibilidad de contagio, también fue mínima. Mínima en comparación con los lugares que transitan los habitantes de este conurbano a diario: sus medios de transporte y sus escuelas. Por eso, toda medida realmente efectiva, debe considerar -sobre todo- la evitación de contagio en estos lugares.


Quizás, en definitiva, todo se trate de diferir la decisión para dentro de una semana, de modo que no parezca tomada bajo la presión de la opinión pública. Una estrategia que parece bastante común en esta gestión de gobierno. Sin embargo, algo debería haberse aprendido del revés del domingo. No son los mosquitos, ni los porcinos, ni la gripe los que hacen temblar a los gobiernos. Lo que los hace temblar es la sensación de la gente de no estar siendo considerada.Me gustaría ver cómo se justificarán los contagios que se produzcan durante esta semana, y las muertes derivados de ellos. Porque, en este caso, la espera, la negligencia y el abandono de personas van de la mano.Y porque, si bien es cierto que las tasas de mortalidad no justifican considerar a esta "influenza a h1n1" como una enfermedad mortal, también es cierto que más enfermos significan más muertos. Y que, enfermos evitados, significan muertes evitadas.

sábado, 27 de junio de 2009

Lo que la "gripe porcina" nos está enseñando


Viviana Taylor
Quienes han tenido la oportunidad de estudiar alguna materia que incluya al menos algún contenido relacionado con la historia de la ciencia, seguramente habrán leído acerca del brote de fiebre puerperal, en el célebre Hospital de Viena, durante el siglo XIX.
Ignaz Semmelweis es recordado por haber liderado el equipo de trabajo que investigó sus causas, tratando de detenerla. Y, al menos según mi experiencia con mis alumnos, quienes toman contacto con esta historia no dejan de asombrarse por los caminos extraños que a veces toma el conocimiento, pero sobre todo por las vidas que se pierden en el proceso.
Luego, la Historia hace lo suyo: el tiempo pasa, los muertos se olvidan, los nombres de los investigadores se vuelven notables, y todos nos felicitamos por saber algo que no sabíamos. Algo que, a partir de ese momento, cambia la ciencia y nos cambia la vida.

Desde los primeros casos de la ya popular “gripe porcina”, no puedo dejar de pensar en Semmelweis y su equipo de médicos. Y es que la historia también hace lo suyo cuando cambia las personas y los detalles, introduce algunas variables novedosas, y así –pareciendo original- vuelve a repetirse.
Recordemos qué fue pasando en estos días. Hace apenas un mes y medio, creíamos que la “gripe porcina” era una enfermedad que sólo atacaba a niños ricos que se habían contagiado en el exterior. Muy poco antes nos sorprendíamos con las estrategias de escudamiento de México, que cerraba lugares públicos y escuelas; pero, por las dudas, cancelábamos los viajes aéreos. Montábamos scanners para detectar viajeros afiebrados, y hospitales de campaña en el Aeropuerto de Ezeiza. Y hasta recibimos a piedrazos, volviendo a la época del Paleolítico, a un micro que venía desde Chile con un hombre afiebrado. Era una enfermedad de otros. De ellos, más que de la gripe, debíamos defendernos.
Cuando nos dimos cuenta de que se podían contagiar, además, quienes habían estado con ellos, cerramos sus escuelas. Tenembaun, desde su programa en la tempranísima mañana de Radio Mitre, se preguntaba si estos niños no contagiarían además a las empleadas domésticas de sus casas, llevando la gripe a sectores de lo población desigualmente preparados para su atención. Se ve que la duda era políticamente incorrecta, porque ninguna autoridad sanitaria lo previó. Y si lo hizo, no lo previno: los padres de los chicos enfermos siguieron yendo a trabajar y sus compañeros se tomaron unos días de vacaciones en los shoppings, cines y patios de comida de la zona. La gripe comenzó a extenderse –sobre todo- porque no se respetó el aislamiento.

Mientras todos nos agarramos la cabeza, se están escribiendo las páginas que dentro de un tiempo leerán los alumnos cuando estudien historia de la ciencia. Se está empezando a generar algún conocimiento sobre esta enfermedad nueva, sobre la que tan poco sabemos: que pasó de cerdos a humanos, pero ahora nosotros volvemos a contagiar a los cerdos; que la mortalidad es superior a la de la gripe estacional, y que –a diferencia de ella- afecta a jóvenes sanos; que se debe redefinir el grupo de riesgo, incluyendo a obesos y embarazadas, aunque todavía no se sabe por qué; que las complicaciones se producen con una inusitada rapidez. Como el equipo de Semmelweis, los médicos toman nota de las evidencias que van encontrando, aunque todavía haya pocas explicaciones. Y van haciendo recomendaciones sobre la marcha, más tratando de encontrar por ensayo y error aquellas que funcionen para detener los contagios, que por la seguridad de estar en lo cierto.

Lo que sí está claro es que los tiempos políticos son diferentes de los tiempos de la salud. El Comité de Crisis fue citado dos veces la última semana –deberíamos acotar “antes de las elecciones”- y no se reunió. Al parecer, la campaña tenía a los ministros muy ocupados.
La Federación de Profesionales de la Salud de la República Argentina, mientras tanto, exigía que se declare emergencia sanitaria.
En las escuelas, el ausentismo ha roto con los porcentajes históricos. Caminar hoy por sus patios y transitar sus aulas da una idea real de la dimensión del problema: las enfermedades respiratorias los han vaciado.

Quizás, el lunes –con las elecciones ya realizadas- por fin se declare la emergencia sanitaria. Seguramente va a ser una herramienta útil. Siempre que se respete el aislamiento. Y para eso, no va a alcanzar con que se suspendan las clases, ni con que se cierren lugares que propicien la convergencia de muchas personas en sitios cerrados, ni con que se recomiende no asistir a encuentros ni reuniones con mucha gente. Va a ser necesario pensar en una estrategia concreta y viable de aislamiento.

Por ahora, lo que no podemos negar, es el conocimiento que estamos obteniendo de esta experiencia. Como durante el brote de fiebre puerperal, y como frente al descubrimiento del SIDA, lo que no deja dudas es que los prejuicios matan. Y que no somos cuidadosos, y mucho menos solidarios.

martes, 23 de junio de 2009

PRO, ¿Quo vadis?


Esta mañana, Ernesto Tenembaum -en su programa de Radio Mitre- entrevistó a Claudia Rucci, en su rol de candidata por el PRO para las próximas elecciones legislativas. Me llamó particularmente la atención su defensa de la estatización, considerando la impronta fuertemente privatizadora asumida por el espacio político del que forma parte.

Hace una semana, el mismo Ernesto -pero esta vez en el programa en TN cuya conducción comparte con Marcelo Zlotowiazda- entrevistando a Gabriela Michetti, también candidata del mismo espacio, le preguntó por su postura frente a las retenciones a las exportaciones. Grabriela -sin darse cuenta y entre titubeos- defendió las retenciones móviles (sí, las de la ya famosa Resolución 125, la que no fue y por la que casi estalla el país).

Considerando, además, la extraña relación que une a Macri y De Narváez, quienes parecen estar midiendo todo el tiempo quién la tiene más larga (la posibilidad de ser "presidenciable", claro); y la más extraña aún que tienen con Solá (a quien esconden de a ratos) y con Duhalde (a quien escondieron del todo), me permito sospechar dos cosas:



  1. Ernesto Tenembaum está pronto a ser declarado presencia no grata en la Ciudad de Buenos Aires, situación que podría extenderse -ni Dios lo permita- a la Provincia.

  2. Este rejunte de gente, que no se puso de acuerdo en las cosas en las que hay que estar de acuerdo (mínimo: qué tipo de Estado se pretende, y cómo se lo financia) va a disgregarse más rápido que viento en una canasta.

Y las consecuencias, como siempre, las pagamos nosotros. Salvo que esta vez decida hacerse cargo Francisco al grito de "la platita es mía, toda mía", y nos tire unos mangos.

Identidades radicalizadas y ciudadanía


Viviana Taylor



La sociedad argentina, como todas las sociedades contemporáneas, ha sufrido una crisis aguda de las identidades, de las maneras como sus ciudadanos se imaginaban dentro de colectivos.
Modernamente, las opciones eran variadas e inclusive podían superponerse: uno era ciudadano, pero a la vez trabajador/a, joven, hombre/mujer, universitario/a, peronista, practicante de alguna religión, gordo/a e hincha de un club. Muchas veces, todo eso junto. Pero hoy asistimos a un mundo en el que el mundo del trabajo se dedica a expulsar, ser joven es delito, el género permite migraciones, no se puede ser universitario porque no alcanza el dinero o no vale la pena, ser peronista significa un estallido de significaciones o la traición menemista, ser gordo es un estigma, la propia noción de ciudadanía ha entrado en crisis, y las grandes tradiciones de inclusión ciudadana se convierten en las duras políticas de exclusión social.
Parecen quedar pocas posibilidades. Apenas ser hincha de algún equipo de fútbol, o participar de una tribu[1]. En menor medida, quizás, participar de alguna fe religiosa. Es fácil, y permiten tener una gran cantidad de compañeros que no preguntan de dónde viene uno.

El problema frente al que nos encontramos es doble:
Por un lado, que estas identidades no son ni pueden ser políticas y entonces implican que la discusión por la inclusión y la ciudadanía se diluye en esta ciudadanía menor, confortable y mentirosa.
El otro, mucho más grave, es que estas identidades son radicales: existen sólo frente a otra identidad que le sirva de oposición. Y cuando la identidad queda tan solitaria, sin otra opción que ella misma para afirmarse como sujeto social, el otro se transforma en un absolutamente otro, y el deslizamiento a la consideración del otro como rival y como enemigo es inevitable. De ahí el “no existís”. No existís que es el grito de guerra que acompaña al “aguante fulano”.

Negar la existencia del otro, lejos del contacto tolerante de la sociedad democrática, implica aceptar que el otro, simplemente, puede desaparecer, puede ser suprimido. O lo que es peor, que debe ser suprimido.


[1] Una tribu adolescente es un colectivo de adolescentes que asumen como marcas de identidad un lenguaje, una vestimenta, unas formas de arte, esto es, sobre todo una postura estética, que les permite identificarse como pertenecientes a la misma a la vez que los diferencia del resto.

lunes, 22 de junio de 2009

Apuntes para ir pensando un modelo de Estado



Viviana Taylor






Cuando intentamos entender una comunidad, lo primero que salta a la vista es que se trata de una pluralidad.
La pluralidad es un hecho. Implica la existencia real de sujetos diferentes en las sociedades y en las instituciones que forman parte de ella. Pluralidad que está dada no sólo porque sea plural el número de individuos que las conforman, sino sobre todo porque son plurales sus identidades, intereses, las funciones que en ellas desempeñan, así como los lugares que ocupan, sus deseos y expectativas, aquello que reconocen como propio y con lo que se identifican. Y son justamente estos elementos los que determinan la existencia de grupos, que se caracterizan por una relativa homogeneidad interna con un mayor o menor sentido de pertenencia, a la vez que una diferenciación respecto de otros grupos. La resolución de la dinámica de estos dos polos, pertenencia-diferenciación, es lo que determina la posibilidad de convivencia, y debería ser lo primero a considerar al pensar en el papel del Estado. Esto es, pensar en el papel del Estado requiere hacer referencia a sus funciones reguladoras y legitimadoras.

Pensar en el Estado es pensar en una cierta idea de comunidad. Y lo cierto es que esta comunidad es más ideal que concreta. Como veíamos en los primeros párrafos, no existe una homogeneidad tal en la que todos los que pertenecemos a la misma comunidad nos encontremos totalmente identificados, al modo de clones culturales. Y en la medida en que las sociedades se complejizan se vuelve cada vez más difícil la existencia de un grupo homogéneo de individuos. La cohesión, entonces, pasa a ser una función del Estado, que es quien debe formular y ejercer las acciones de política pública que aseguren una integración mínima dentro de la heterogeneidad.
Así entendida, la comunidad se convierte, más que nada, en un proyecto. Y cuanto mayor es la complejidad de una sociedad, mayor es su necesidad de un Estado presente.

En Argentina, a pesar de las casi tres décadas transcurridas desde la vuelta a la democracia, el Estado democrático se halla aún en proceso de consolidación, y el tipo de diálogos en torno de estos intentos nos ayudan a analizar qué tipo de democracia se pretende construir. Durante el transcurso de esta construcción, los diálogos han girado en torno de ciertas obsesiones (como las ideas de racionalización y privatización, que se han repetido en los discursos y análisis políticos) que han llevado a una creciente reducción de la esfera de influencia del Estado, a diferencia de los estados económicamente desarrollados, que la han ido extendiendo, sobre todo en respuesta a la actual crisis económica globalizada. Es así que un Estado puede conocerse por cómo regula los distintos subsistemas de la sociedad para asegurar su integración. Y esta regulación debe estar legitimada, de modo que no dependa de un proceso de represión sino de la constitución de una común-unión. Los modos de legitimación pasan a ser, entonces, el concepto clave en este complejo proceso.

Llamo legitimación al proceso por el cual el Estado trata de consolidar estos procesos de identificación necesarios para la concreción de la comunidad. Se relaciona, por lo tanto, con la pretensión de que cada individuo se transforme en un ser idéntico al cuerpo social, normativamente determinado, y con el acuerdo acerca de cuál es el momento a partir del cual el Estado tiene derecho de intervenir en esta transformación. En nuestro país, el ejemplo más claro lo encontramos en la Escuela, que se ha convertido en el escenario privilegiado de esta realización.
Está claro que las personas no ingresan al sistema escolar vírgenes de cultura. Cada uno de nosotros -antes, durante y con posterioridad a nuestra escolarización- hemos recibido y estamos recibiendo el influjo de los valores y tradiciones de nuestra familia, de los grupos comunitarios y religiosos de los que formamos parte, de los medios de comunicación y la opinión pública… en fin, de nuestro contexto de referencia. Valores, tradiciones, costumbres y creencias que hemos disfrutado o padecido, con las que hemos acordado o a las que hemos cuestionado y hasta transgredido. Y es esta práctica primera de adhesión y diferenciación la que nos posiciona frente a las estrategias legitimadoras, según nos aproxime o no a su discurso.
Consecuentemente, en respuesta a esta función de reproducción ideológica, tanto la Escuela como las otras instituciones del Estado, están muy lejos de ser fieles a la diversidad cultural que surge de la natural heterogeneidad de la comunidad. En ellas los valores, los códigos de conducta y aún el habla se hallan sesgados, distorsionados, en favor del grupo dominante. Y los aspectos de la cultura, la práctica y la conciencia que no son coincidentes con aquellos, son presentados como de menor valor.
El choque entre la pedagogía local y el discurso legitimado es inevitable. En los casos en que se verifica la predominancia de esta cultura-local-devaluada, se pone a los sujetos en una situación de inferioridad. Y el Sistema, indolente en la consideración de la heterogeneidad, tiende a expulsarlos.
Si la Escuela, como dijimos antes, es el escenario privilegiado de este proceso de constitución de una comunidad, es también la administradora del privilegio de pertenecer a esta comunidad con derecho de admisión.

Si pretendemos consolidar un estado democrático, cuyos rasgos sean la libertad y la equidad, que considere la diversidad cultural y a partir de ella se busquen las coincidencias mínimas que nos permitan construir la comunidad, necesitamos repensar el lugar de la Escuela. Hacer extensivos sus beneficios a todos, asumiendo un compromiso de justicia y de solidaridad para con aquellos sectores hasta ahora silenciados, implica la necesidad de darles la palabra y escuchar lo que tienen que decir. Es necesario consolidar la Educación Pública, ya que –así entendida- la educación es un bien público y no privado porque, aún cuando privadamente gocemos de sus beneficios, los mismos son extensibles a la sociedad toda. Y es deber del Estado, por lo tanto, garantizarla para cada uno.
Y para ello, es necesario garantizar la gratuidad de la educación escolarizada. Garantía que no debería confundirse con soluciones falsas y simplistas, como los sistemas de becas. Es imprescindible que nos preguntemos seriamente qué significa realmente la noción de gratuidad, y cuáles son las condiciones que deben darse en el sistema social –y no sólo en el educativo- para que sea posible.

Pensar de esta manera al Estado, es optar por un Estado-Social-Regulador, a diferencia de las propuestas por un Estado-Ausente-Liberal.
Para comprender esta diferenciación debemos tener en cuenta dos principios, dos pactos entre Sociedad y Estado, que ya señalé antes como los rasgos de un estado democrático. El primero es la libertad, por la cual cada miembro goza de la máxima libertad compatible con la del resto. Y el segundo, la equidad -que expresa la diferencia entre los dos tipos de Estado- para permitir que el progreso de aquellos a quienes les va mejor posibilite el progreso del conjunto. En nuestro país los discursos democratizadores, pero sobre todo las acciones de gobierno, han optado casi exclusivamente por el primer pacto, realizando una desviación de sentido:
1. Se concibe a los pactos como a una disyunción exclusiva, “libertad o equidad”, con lo que se empobrecen ambos conceptos, que deben ser entendidos como complementarios, dos pactos de un mismo contrato social.
2. Producido este empobrecimiento de significado y entablada la falsa disyunción, se opta por la libertad, excluyendo la equidad.
3. La libertad sin equidad radicaliza su significado: es libertad para competir.
Así es como se termina creyendo que la equidad sobrevendrá por derrame. Pero la experiencia nos ha enseñado que, cuando el Estado se niega a arbitrar en la mesa de negociaciones, triunfa la posición del más fuerte. Y, mientras los fuertes se fortalecen, los débiles pueden debilitarse indefinidamente.

Clientelismo político. Una mirada alternativa




Viviana Taylor



Estos últimos días, como en muchas otras ocasiones de períodos electorales, pude ver que muchos periodistas sacaron a relucir el viejo tema del clientelismo político. Y como muchas otras veces, me dio la sensación de que sus opiniones estaban sesgadas: el clientelismo como un fenómeno extraño que se mira desde una clase diferente a aquella donde se produce, distancia desde el que no se lo comprende pero se lo (des)valoriza.






Creo que es tiempo de que ampliemos la mirada. Considerado a menudo como un fenómeno premoderno, constituye, por el contrario, una forma de satisfacer necesidades básicas entre los pobres (tanto urbanos como rurales), mediante las llamadas relaciones clientelares (entendidas como el interambio personalizado -entre masas y elites- de favores, bienes y servicios por apoyo político y votos). En consecuencia, debe ser analizado como un tipo de lazo social que puede ser dominante en algunas circunstancias y marginal en otras.
El término clientelismo ha sido usado para explicar no sólo las limitaciones de nuestra democracia, sino también las razones por las cuales los pobres seguirían a líderes autoritarios, conservadores y/o populistas. Especialistas en política latinoamericana y estudiosos de los procesos políticos en Argentina están familiarizados con las imágenes estereotipadas del “electorado clientelar cautivo” producidas sobre todo por los medios de comunicación. Estereotipo que oculta el funcionamiento del clientelismo en su dinámica más elemental, haciéndolo permanecer desconocido. El tan extendido entendimiento de esta relación basada en la subordinación política a cambio de recompensas materiales se deriva más de la imaginación y el sentido común, alimentados ambos por las descripciones simplificadoras del periodismo antes que de la investigación social.

En general, quienes obtienen un trabajo o algún favor especial por medio de la intervención del puntero no admiten que les fue requerido algo a cambio de lo que recibieron. Sin embargo, es posible detectar una asociación más sutil. A lo que el cliente suele sentirse compelido es a asistir a un acto, aunque no lo entienda como una obligación recíproca sino en términos de colaboración o gratitud. La gente que recibe cosas sabe que tiene que ir; es parte de un universo en el que los favores cotidianos implican alguna devolución como regla de juego, como algo que se da por descontado, como un mandato que existe en estado práctico.
Pero el acto debe ser comprendido como mucho más que sólo esto. Es también visto como participación espontánea, como la oportunidad para evadir lo opresivo y cansador de la vida cotidiana en la villa o el barrio. Una forma de entretenimiento en un contexto donde lo común es no tener las distracciones habituales del tiempo libre. La privación material extrema en la que la vida cotidiana se sucede, puede ayudar a entender el sentido increíblemente significativo de un viaje gratis al centro de la ciudad, no sólo en términos materiales sino simbólicos.
Para aquellos que han obtenido un trabajo municipal mediante la influencia de su referente, la asistencia a los actos es apenas un momento en el largo proceso por el cual demuestran su fe en el mediador, con lo que el acto partidario puede ser analizado como un ritual en el que se manifiestan y evalúan las intenciones de los seguidores y los mediadores. No es algo que viene a agregarse a la forma de resolver un problema, obtener un subsidio, una medicina, un paquete de comida, o un puesto público, sino que es un elemento dentro de una red de relaciones cotidianas.
En esta idea de “favor”, lo que se comunica y entiende es un rechazo a la idea de intercambio. Tanto los clientes como los punteros hablan de confianza mutua, de solidaridad, de trabajo conjunto, de una gran familia. Los patrones y sus punteros presentan su práctica política como una relación especial que ellos tienen con los pobres, como una relación de deuda y obligación, en términos de un especial cuidado que les tienen.
La verdad del clientelismo es así colectivamente reprimida, tanto por los mediadores como por los clientes, lo que implica que las prácticas clientelares no sólo tienen una doble vida (en la circulación objetiva de recursos y apoyos, y en la experiencia subjetiva de los actores), sino que también tienen una doble verdad (que está presente en la realidad misma de esta práctica política como una contradicción entre la verdad subjetiva y la realidad objetiva). Y esta contradicción no aparece como tal en la experiencia de los sujetos –clientes y punteros- porque se sostiene en un autoengaño, una negación colectiva que se inscribe en la circulación de favores y votos y en las maneras de pensar la política. Dar, hacer un favor, termina siendo así una manera de poseer.

La idea de que hay un “tiempo de política”, a pesar de que también es un fuerte sentimiento entre mucha gente de la villa y los barrios humildes, está más asociada a los sectores medios. Se trata de la creencia en que hay un “tiempo de elecciones” en el que las demandas pueden ser rápidamente satisfechas y los bienes prontamente obtenidos porque los políticos quieren conseguir votos. Esta creencia es consecuencia de que la política partidaria es percibida como una actividad extremadamente alejada de las preocupaciones cotidianas del agente, una actividad “sucia”, que aparece cuando se acercan los tiempos electorales y desaparece con las promesas incumplidas.
Se trata en realidad más que de un tiempo, de la ruptura del orden temporal, de algo que rompe con la rutina de la vida cotidiana: la política vista como una actividad discontinua, como un universo con sus propias reglas y que puede servir para mejorar la propia posición sin tomar en cuenta el bien común. Pero la percepción más extendida en los barrios más humildes es que, así como se percibe la permanente accesibilidad a los punteros, gran parte de la gente no cree que la ayuda que viene de los políticos aumente en períodos de elecciones: la asistencia es un asunto cotidiano y personalizado.
Pero, como la capacidad distributiva del puntero es limitada, ya que puede asistir sólo a una cantidad restringida de gente; y puesto que además esa capacidad depende de las buenas o malas relaciones que el puntero establezca con sus patrones, está claro que el clientelismo por sí sólo no puede garantizar resultados electorales. Sin embargo las relaciones clientelares son sumamente importantes para la política local, dado que los seguidores de los punteros son cruciales durante las elecciones internas no sólo en tanto votantes, sino también como militantes y fiscales, y porque mantienen la organización partidaria activa durante todo el año y no sólo en épocas electorales. Los clientes, en definitiva, son los actores centrales en la fortaleza organizativa y la penetración territorial.

El carácter cotidiano y duradero del clientelismo no hay que buscarlo en una supuesta cultura de la pobreza ni en los valores morales de los pobres. Antes que eso, la persistencia del clientelismo debe examinarse en un contexto de privaciones materiales extremas, de destituciones simbólicas generalizadas y de un funcionamiento estatal particularista y personalizado.
Fue la extensión de los derechos sociales al conjunto de la ciudadanía, derechos a los cuales se accede por el hecho de ser ciudadano y no por integrar una red partidaria, lo que en otro momento histórico hirió al clientelismo. La lucha contra el “intercambio de favores por votos” no debe ser una cruzada moral contra los clientes ni contra los punteros, sino una lucha por la construcción de un auténtico Estado de Bienestar.

jueves, 18 de junio de 2009

A cuatro voces


Lo que quedó del debate



Anoche, en el programa “A dos voces” de TN, conducido por Silvestre y Bonelli, se presentaron a debate los candidatos a legisladores por la Ciudad de Buenos Aires representativos de las cuatro listas mejor ubicadas en las encuestas: Gabriela Michetti por el PRO, Carlos Heller por Encuentro Popular para la Victoria, Alfonso Prat Gay por el Acuerdo Cívico y Social, y Fernando “Pino” Solanas por Proyecto Sur. Los ejes del debate fueron tres: modelo nacional, modelo de ciudad, y seguridad.

Lo más notorio fue la visible incomodidad de Michetti, entendible si consideramos el doble rol que le tocó jugar. Mientras ella buscaba mostrarse como una candidata con propuestas, sus contendientes la obligaron a jugar el de defensora de la gestión del gobierno de la Ciudad. Justificada incomodidad, además, por su falta de contundencia para alternar entre ambos: la confrontación entre su discurso y los hechos que le señalaban no dejó bien parada a la gestión de la que forma parte, además de revelar la debilidad de su información sobre los aconteceres de la legislatura. Por ejemplo, propuso en varias ocasiones la realización de acciones que ya se están desarrollando y la conformación de equipos que ya existen. Ante el consiguiente señalamiento por parte de sus compañeros, su respuesta se repetía: “por eso, qué bueno que estemos de acuerdo en esto”. No pudo, en cambio, dar respuesta alguna cuando lo que quedó revelado fue su desconocimiento sobre la ejecución del presupuesto. En fin… la falta de solidez para sostener sus propias propuestas, que intentaba disimular con un discurso cargado de lemas, se hacía cada vez más evidente en el rictus de su cara.

A Prat Gay, por su parte, no le tocó lidiar con las incomodidades de Gabriela, pero tampoco logró destacarse. Lejos explicitar los proyectos que en concreto se propone defender en el congreso, puso el foco en criticar las gestiones de los gobiernos municipal y nacional. Terminó acusado por Heller de hacer “terrorismo barato” por sus dichos acerca de la presunta actitud confiscatoria del gobierno nacional, el que también se propondría la estatización de bancos privados. Heller descalificó, además, sus acusaciones en torno de posibles fraudes en las próximas elecciones, tildándolas de la excusa que esgrimen aquellos a quienes les va mal en las encuestas. Como si fuera poco, Pino le (y nos) recordó su paso por el Banco Central y la Banca Morgan. Lástima que le haya tocado a Alfonso defender al Acuerdo: no mostró la autoridad política de Ricardo Alfonsín y de Margarita Stolbizer, ni el carisma de Lilita Carrió.

¿El más didáctico? Carlos Heller. A pesar de las sonrisitas sarcásticas y la búsqueda de miradas cómplices de Gabriela, el recurso de sostener sus argumentos con la presentación de recortes periodísticos fue –por lo menos- eficaz. Un giro curioso: eligió que fueran de Clarín. Demostró buen dominio de la información, y una impresionante capacidad de anticipación de los argumentos que presentarían los otros representantes, especialmente Michetti, quien en más de una oportunidad habrá deseado que cayera un rayo del cielo y le partiera los cartones al medio. No dejó argumento de su colega en pie.

¿El más apasionado? Solanas. Su defensa del medio ambiente y su discurso en contra de la entrega de recursos estratégicos del Estado no tuvo fisuras. Su explicación sobre la noción de área metropolitana y las propuestas para la democratización de sus instituciones fue tan clara que dejó a los demás en la deslucida posición de repetidores de lo que él ya había dicho.
Sobre este punto no puedo dejar de señalar, por su lugar en la gestión, la devaluada concepción de Michetti, para quien la ciudad es “un sentimiento de estar juntos, porque nos daría miedo estar solos”, por lo que enumera una serie de lemas vacíos de contenido relativos a mejorar la salud, la educación, la cultura, la seguridad y la recuperación de los espacios públicos, a los que concibe como un mero lugar de tránsito y no como sitios de reunión y participación. Ante estas palabras, Heller le señaló que su equipo, al asumir, se jactó de haber trabajado cinco años preparándose para el gobierno, y que aún así no concretó sus propuestas, y sólo mostró improvisación, burocratización y aumento de impuestos como estrategia de financiación. “El problema de esta gestión –agregó- es la ideología, que es privatista”. “Y antipública” acotó Solanas, acotación que sostuvo con el ejemplo del veto de la ley de fabricación de medicamentos genéricos. La defensa de Gabriela fue que la discusión sobre lo público y lo privado es superficial y está superada; para Pino, en cambio, el debate no está cerrado. ¿Entenderá Gabriela que, si son falsos opuestos –como los define- no lo son porque puedan sintetizarse en lo mismo, sino porque son conceptos complejos que se refieren el uno al otro y deben ser abordados en conjunto para ser comprendidos y para mantenerlos en equilibrio? ¿Y comprenderá que en política los valores no se resumen a la eficiencia, la eficacia y la efectividad (como en el neoliberalismo) sino que deben subsumirse al de la relevancia? No creo. De la misma manera en que sí creo que, en el fondo, tampoco comprendió qué le cuestionaba Solanas.

Al final, ¿qué quedó?
Para Gabriela todo parecería resumirse en que “va a estar lindo” trabajar juntos, y “va a estar bueno” Buenos Aires. Palabras simples, llanas, de un lenguaje ramplón… ¿evidencias de un pensamiento también simple, llano y ramplón? “Tenemos un plan”, habría dicho su compañero De Narváez. Lo que no tienen, según parece, es un proyecto.
Alfonso insistió, en su síntesis final, que todo se trata de ponerle límites a Kirchner, y duda de que puedan hacerlo otros. ¿Un contagio de cierta visión mística de Lilita? Una pena… con tanta otra cosa que se le podría haber pegado.
Carlos, concreto, invitó a rever lo hecho en estos seis años, en una larga lista lo enumeró, y propuso renovar el voto.
Fernando se lamentó de que no se hayan respondido sus acusaciones, sobre todo las relativas a la entrega de los recursos estratégicos. Y sí, Fernando, ¿pero qué te iban a decir? Para ninguno hubiese sido prudente arrojar esa piedra.

Al terminar, mientras los otros tres aplaudían más o menos sonrientes, una Gabriela cabizbaja se sacaba los micrófonos. Un Alfonso (¿rencoroso?) le estrechó la mano a Pino, pero besó a Carlos y Gabriela. Y Solanas, genio y figura, repartió apretones de manos –sin beso- a todos.
El zoom se alejó. Lo que sucedió a partir de ese momento ya es otra historia.