lunes, 12 de agosto de 2013

PASO 2013: Una fiscal, una mesa, el centro de San Miguel


 

 
Viviana Taylor

 

Después de haber participado como presidenta o vice en varias mesas de las últimas elecciones, ayer me tocó por primera vez hacerlo como fiscal, en una mesa en el centro de la ciudad de San Miguel, en el Conurbano Bonaerense.

Afortunadamente, las autoridades de la mesa que me tocó fiscalizar y las fiscales con que compartí el día estaban en sintonía con generar un buen clima de trabajo compartido, evitar tensiones y cuidar sin presionar ni obstaculizar el trabajo, de modo que pudimos concentrarnos en hacer lo que debíamos, sin perder el tiempo en resolver cuestiones menores que nada aportaban. Les sorprendería saber (si nunca participaron de una mesa de elecciones) las razones por las que suelen generarse las tensiones, y las estrategias a las que algunos apelan para motivar escozores y manipular a los otros para que pongan los ojos donde no se debe, distrayéndolos de donde sí deberían posarlos. Afortunadamente, como dije, no fue este el caso.

Y como –según anda cantando por ahí un catalán- uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto, finalmente terminé no sólo cumpliendo con aquello para lo que se me había convocado, sino que volví a poner mis ojos sobre todo y todos, y pude observar unas cuántas otras cosillas que voy a compartir por acá con ustedes.

No son revelaciones. No son interpretaciones. Son apenas el relato de las cosas que llamaron mi atención por uno u otro motivo, y alguna pregunta a partir de ellas como para seguir pensando.

Algo que me llamó muchísimo la atención fue la alta proporción del corte de boleta. Ya se podía anticipar durante el propio desarrollo de la votación que muchos lo harían, porque desde que las listas son mixtas es común ver llegar a toda una familia junta, lo que me posibilitó ver en varias ocasiones una dinámica que en otras elecciones era mucho más acotada: el gesto de pasarse subrepticiamente la tijera de bolsillo a bolsillo los delataba. Sin embargo, hay algo que nunca sale en las estadísticas, y es el modo en que se compone la votación de quienes realizan el corte.

Por lo general, en los análisis –que se hacen sobre los resultados de los conteos- se infiere que si diferentes agrupaciones o partidos tuvieron más votos en una categoría que en otra, entonces es porque los votos en la categoría disminuída de unos migraron hacia la categoría más votada de otros. Pero, cuando se participa del recuento de los votos, se percibe con claridad que las cosas no son tan claras ni directas.

En mi mesa pude observar (y tomar nota durante el conteo de votos) algunas combinaciones que son dignas de ser analizadas, aunque las estadísticas probablemente nunca den cuenta de ellas:

v Muchos de los que eligieron la lista de Sergio Massa para Diputados Nacionales, optaron por votarlo a Aldo Rico como Concejal. No fueron pocos: constituyeron el 43% de los votantes de Rico. Asimismo, disminuyeron en un 12,95% los votos que habría recibido Pablo De la Torre (que compartía lista con Massa) si no se hubiese efectuado ese corte.

v Si el corte anterior se analiza en sentido contrario, podríamos decir que apenas el  36,58% de quienes votaron a Aldo Rico como Concejal lo hicieron también por Eduardo Amadeo, quien encabezaba la lista de Diputados Nacionales. Esta segunda lectura es la más pertinente para un 10% de los casos de corte, que son en los que se separó la lista de candidatos a Diputados Nacionales pero se dejó la de Legisladores Provinciales junto con la de Concejales. Sin embargo, me pregunto si este corte puede leerse efectivamente como tal, o no habrá resultado de una opción que concretaron los votantes pero que promovió el propio Amadeo, al anunciar que se bajaría de su lista para apoyar la de Massa, aunque sin haberlo efectivizado. Quizás, parte de quienes cortaron esta boleta lo hicieron con la convicción de que estaban reproduciendo con este corte la voluntad de Amadeo de conformar otro espacio, y no éste en cuya lista aparecía. Quizás otros castigaron la ambivalencia de pronunciarse en favor de un cambio sin producirlo en la realidad, dando la apariencia de buscar en Massa un plan de  respaldo en caso de no acceder al porcentaje mínimo para presentarse en octubre. Y pudo haber quienes, quizás, se sintieran confundidos al ver una lista que creyeron que ya no existía con esa conformación, y fueron a lo seguro. Cómo saberlo… para poder tener alguna certeza deberíamos haber podido identificar a esos votantes y preguntarles. Podríamos, incluso, pensar que pueden existir quienes identifiquen el discurso y el estilo de gestión de Massa con el discurso y el estilo de gestión de Rico, y los sientan más afines que Pablo De la Torre, quien llega a la política de la mano de su hermano Joaquín (ex intendente K devenido massista) desde la subsecretaría de Salud. Pero sólo nos queda la especulación sobre lo incierto de las motivaciones de los electores. Tampoco sabemos si el corte lo benefició a Rico o lo perjudicó a Amadeo. Lo único cierto es que se abren interesantes hipótesis para el análisis de las relaciones entre la política local y su contexto provincial y nacional.

v Otro 10% de los votos obtenidos en esta mesa por Rico, provinieron del corte de la boleta que encabeza Francisco De Narváez. En este caso, ese porcentaje representa una pérdida del 20% de los votos que Zilocchi habría tenido si, quienes votaron a Francisco De Narváez lo hubiesen hecho con lista completa. No le habrían alcanzado, de todos modos, para llegar al tercer lugar en esta mesa, pero la suma de votos ganados o perdidos cobra importancia exponencial cuando la tendencia se repite en otras mesas. Y,  dadas las características de estas elecciones, todo punto porcentual es importante a efectos de la percepción tanto de los candidatos como de los votantes, variable de importancia nada desdeñable al encarar las estrategias de campaña electoral de cara a octubre.

v El porcentaje que más me sorprendió fue también el más pequeño: el 5% de la composición de los votos de Rico provino del corte de boleta por combinación con el FPV. Por alguna razón, estos electores decidieron apoyar la continuidad del proyecto del kirchnerismo, tanto a nivel nacional como provincial, pero eligieron a nivel local a un político cuya gestión es conocida –fue intendente de San Miguel en dos períodos consecutivos- y cuyo discurso y actos de gobierno en nada se emparentan al que se sostiene desde el kirchnerismo. La única lectura posible que se me ocurre es la de un pedido concreto a los gobiernos nacional y provincial respecto de lo que es parte del núcleo duro de su propuesta: seguridad. Para quienes vivimos en San Miguel –y la tenemos caminada- sabemos que esto es mera percepción: la gestión de Rico ha estado signada por un discurso sobre la seguridad que no se verificó en la realidad de la vida ciudadana más que a través de acciones de la forma más bastardeada de su acepción: vigilancia y represión. Pero, discursos son discursos, y sospecho que en este caso deben haber pesado. Este corte le disminuyó en un 6,25% el caudal de votos a Bruno Baschetti, y aunque no le habrían alcanzado para acceder al 2º lugar, lo habrían dejado a menos del 13% de votos por debajo de Rico, y no al 22% que los separó en esta mesa. Todos los puntos/votos cuentan.

v Sintetizando, la composición de votos que obtuvo Aldo Rico es de lo más heterogénea, y lo ubicó en el segundo lugar en esta mesa: provino de la combinación por corte de boleta en un 43% con el massismo, en un 10% con el denarvaísmo, y en un 5% con el kirchnerismo. Sólo el 42% de los votos corresponden a su lista, Compromiso Federal, encabezada por Eduardo Amadeo. La lista interna encabezada localmente por Delina Coria no obtuvo ningún voto en la mesa que fiscalicé.

v La composición de votos que logró Rico no sólo le permitió ubicarse en el segundo lugar en esta mesa, sino que distorsionó el posicionamiento de las otras fuerzas políticas, en relación con sus cargos para Diputados Nacionales y Legisladores Provinciales. Una distorsión que debería ser leída por todos los partidos y fuerzas políticas como una interpelación: hay algo del orden de la sensación de seguridad y la percepción de inseguridad que atraviesa a ciudadanos con diferentes perspectivas sobre el Estado y sus funciones, pero que acuerdan con querer una gestión más dirigida a la atención de este problema. O que, quizás, necesitan una mejor comunicación sobre las acciones que se están desarrollando y los resultados que se están obteniendo.

Ubicación según cantidad de votos
Diputados Nacionales
Legisladores Provinciales
Concejales y
Consejeros Escolares
Frente Renovador - Massa
Frente Renovador – De la Torre
Frente para la Victoria - Insaurralde
Compromiso Federal - Rico
Frente Progresista Cívico y Social - Stolbizer
Frente para la Victoria - Baschetti
Unidos por la Libertad y el Trabajo – De Narváez
Unidos por la Libertad y el Trabajo - Zilocchi

 

v Bruno Baschetti perdió otro 6,25% de sus votos por el corte de boleta en favor de Pablo De la Torre, candidato a Concejal por el Frente Renovador de Sergio Massa. Dado que este porcentaje no tiene demasiada fuerza de impacto sobre los votos obtenidos por De la Torre (apenas el 1,65% -acotado porcentaje, pero suficiente para que un candidato pueda seguir en carrera para las elecciones de octubre-), sólo podemos interpretarlo desde el corte a la sección encabezada por de Bruno Baschetti, aunque las hipótesis que se abren también pueden ser varias: los hermanos De la Torre son conocidos en San Miguel, vienen de dos períodos de gestión local en los que para la percepción social –entre otras cosas- se ha ordenado el desastre económico y financiero dejado por Zilocchi, y de la mano del kirchnerismo se ha promovido un crecimiento de la ciudad desde lo edilicio y comercial, con un fuerte impacto en la población y su dinámica económica. Baschetti, en cambio, todavía no es una cara suficientemente conocida en San Miguel: presumo que su desafío de aquí a octubre es instalarse ante los vecinos como un continuador del proyecto nacional y popular, con un conocimiento claro de los problemas de la ciudad y sus habitantes, y con una fuerte impronta centrada en la gestión. Si bien en estas elecciones no se eligen cargos ejecutivos, los votantes –sobre todo para los niveles de gestión local- solemos priorizar una visión clara sobre los problemas reales y la manera de enfrentarlos aún para los cargos legislativos: no se puede legislar sobre la nada, ni se puede legislar en el vacío. Creo que este es el salto que Baschetti todavía necesita dar: pasar de la acción a la comunicación efectiva sobre ella. Este período entre elecciones abre un espacio para trabajar sobre eso: los porcentajes de las próximas elecciones dirán cómo le fue.

v De los votos obtenidos por el Frente para la Victoria, los porcentajes de aporte de Concejales correspondieron en un 62,745% a Baschetti; 10% Claudio Pérez; 7,84% Spitaliere; 5,88% Humberto Hernández, y casi un 4% Rico. Un poco más del 9,53% son votos puros para Diputados Nacionales y Legisladores Provinciales, sin elección de candidatos a Concejales ni Consejeros Escolares.

v El Frente Progresista Cívico y Social se ubicó en el tercer lugar en esta mesa para sus cargos de Diputados Nacionales y Legisladores Provinciales, apenas por arriba del 10% de los votos totales. Los votos para cargos locales lo dejaron en quinto lugar y se repartieron entre Ricardo Grahmann (que obtuvo el 5,26% de los votos de la mesa) y Elías Aguirre (con el 3,86%). Algunos votantes optaron por dejar la elección de Concejales en blanco. Si se sumaran los votos correspondientes a las listas internas, habrían empatado en el cuarto lugar con los votos obtenidos por Zilocchi.

v La única lista que –en esta mesa- fue elegida completa en todos los casos, sin cortes ni combinaciones con otras, fue la del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, encabezada por Pitrola como candidato a Diputado Nacional, y a nivel local por María Cortell Cubi como Concejal. Obtuvo el 4,56% de los votos.

v Las listas menos elegidas en esta mesa fueron las de Gente en Acción, Avanzada Socialista-MAS, y el Partido Lealtad y Dignidad de Buenos Aires, cada una de ellas con el 0,35% de los votos en esta mesa. Les siguió Unión con Fe encabezada por Momo Venegas con el 0,7%, de la cual la lista interna local encabezada por Víctor Taussig obtuvo el 0,35% de los votos totales de la mesa.

v La única agrupación política que no obtuvo ningún voto en esta mesa fue el Frente Popular, Democráctico y Social.

v De los votos nulos, los que más llamaron mi atención fueron los que específicamente lo hicieron para concejales, mateniendo válidos los votos para Diputados Nacionales y Legisladores Provinciales: en un caso juntaron las candidaturas de Rico y Zilocchi, y en otros dos las de Rico, Zilocchi y Pablo De la Torre. Si hubo allí algún mensaje, creo que cada uno puede interpretarlo a su gusto.

v En otros dos casos, en uno se trató de un recorte periodístico (que la presidenta de la mesa mostró pero no leyó, de modo que como fiscal no tuve acceso a él, aunque sólo puedo decir que vi que se trataba de un recorte del diario Clarín), y en otro de una carta dirigida a la Justicia Electoral (que no se leyó aunque la presidenta y el presidente suplente comentaron a quién estaba dirigida y que estaba firmada y con número de documento, aunque no revelaron la identidad del firmante).

v En esta mesa votó el 81,19% del padrón.

 

No todo fue tan serio, claro. Vamos con unas perlitas.

Primera perlita: Dos personas comunicaron que faltaban listas porque confundieron a los candidatos de la Ciudad de Buenos Aires con los de la Provincia de Buenos Aires, y reclamaban que estuviesen quienes querían votar. Por suerte, aceptaron rápidamente la aclaración de la mesa.

 Segunda perlita: Llega a votar una jovencita de 16 años, con su papá literalmente pegado a su cuerpo. Cuando entrega el documento y se le da el sobre, el padre pregunta si la puede acompañar. Pensando que era una broma, la presidenta de mesa, riéndose, le dice que no, que ya es grande y que tiene que entrar sola al cuarto oscuro. El padre, que hasta ese momento sonreía, se puso serio e insistió. Seria, la presidenta le dijo que no. Y el padre “explicó” que era menor de edad, que tenía derecho de entrar, y que podía equivocarse. La presidenta miró a la chica y le dijo que debía entrar sola. En ese momento, en tono de broma, le dije al padre que este era el momento en que los hijos cometen errores y los padres dejamos que los cometan, porque nosotros también nos equivocamos: en cuanto el padre giró para mirarme, la chica se escurrió y entró al cuarto oscuro. Después, también votó su padre. Mientras lo hacía, la pobre chica no podía ni mirarnos de la expresión de vergüenza que le ensombrecía la cara.

Tercera perlita: En otro caso, una señora salió del cuarto oscuro muy ofuscada y después de introducir su voto en la urna se quejó porque no se había pegado bien. Se le explicó que no debía preocuparse puesto que el contenido no se saldría del sobre: ya no había lugar suficiente en la urna para que pasara. Como insistió en la importancia de que el sobre estuviese bien cerrado, la presidenta de mesa bromeó respecto de que nos había hecho un favor para cuando tuviésemos que abrirlos al momento del conteo de votos: indescriptible el enojo indignado con que preguntó cómo era que íbamos a abrir los sobres. Ante el estupor de la mesa por su reacción, tratando de sonar simpática, le pregunté cómo íbamos a poder contar los votos sin abrir los sobres. Giró sobre su eje protestando porque íbamos a contar los votos y diciéndonos que se iba a buscar al gendarme… No volvió, claro.

 

Y el gran chisme del final. Digo “chisme” para connotarlo graciosamente, pero la verdad es que la situación me hizo pasar del asombro al enojo, del enojo a la desvalorización, de la desvalorización a la búsqueda de justificación. Ahora estoy en la etapa de… ¿cómo llamarlo? Creo que “búsqueda de una explicación”.

Resulta que alrededor de las 15 hs, tuvimos unos minutos para relajarnos, justo cuando todos los integrantes de la mesa sentíamos que íbamos a morir de inanición. Así, mientras comíamos, tuvimos una breve charla en la que comentamos cosas varias de nuestras vidas. Entonces, el presidente suplente bromeó sobre el hecho de que al otro día la presidenta de mesa y yo seguramente íbamos a tener el día libre por ser docentes, comentando que jornadas como esa “a uno lo dejan muerto”. Entonces hizo la pregunta crucial: “Para nosotros esto es una carga pública –dijo refiriéndose a la presidenta y a él- ¿a ustedes les pagaron por venir?”. Mientras la fiscal de la Lista de Massa/Pablo De la Torre ponía cara de sorpresa por la pregunta, y la fiscal de Amadeo/Rico y yo poníamos expresión de indignación presta a la aclaración de que estábamos ahí por nuestra militancia, la fiscal de la lista de De Narváez/Zilocchi se apuró a responder que sí: que estaba allí porque le habían pagado; que una amiga que la había ayudado a conseguir una casa le había pedido que fuese fiscal como un favor personal, y que cómo iba a negarse si le iban a pagar. Entonces el caballero, que me dio toda la impresión de que algo de eso sabía y esperaba desnudarlo frente al resto de los fiscales, nos miró a las otras tres –que nos habíamos quedado estupefactas, quizás no tanto por lo revelado, sino por la impunidad con que lo hizo- y repreguntó: “me dijeron que aunque les prometen un viático, en realidad es una plata jugosa”. Cosa ‘e Mandinga: en ese preciso momento apareció el Fiscal General de la lista de la susodicha, y –llamativo, porque ningún fiscal abandonaba la mesa sin dejar a otro a cargo- se la llevó aparte, donde charlaron un rato. Créase o no, a la vuelta, ya no se habló del tema pero quedó claro que la bien pagada también había resultado bien parada: pasó a ser la fiscal mejor atendida de la mesa y –sospecho- de la escuela y sus alrededores: pidió y le llegaron inmediatamente dos alfajores, pidió algo caliente y le trajeron al instante mate cocido y té, y durante el resto de la tarde no dejaron de llegarle cada uno de sus pedidos. Destaco que, generosamente, le cedió su mate cocido al preguntón que, pudiendo haberla descolocado, la recolocó. Igual las revelaciones no quedaron allí: cuando al rato volvió a acercarse su fiscal a preguntarle si quería que la reemplazara por un rato para que pudiera ir a votar, le contestó que no hacía falta, porque ella no votaba. Y hasta se dio el gusto de abandonar el recuento de votos apenas se terminaron los cómputos del espacio para el que fiscalizó la mesa; aunque por alguna razón rato después tuvo que volver para pedirle a las autoridades de mesa y al resto de las fiscales que le firmaran su copia del certificado de escrutinio. Se ve que, a pesar de que ya lo había dado por hecho, su trabajo no había terminado hasta ese momento.

Mi fastidio, que me vuelve imprudente, me hizo ensayar un comentario ante la confesión y antes de su retiro por el fiscal: se ve que les pagan porque los militantes no les alcanzan, así que no les queda otra que contratar gente.

 ¿Algo para corregir? A los efectos prácticos, sería importante volver a permitir el agregado de votantes en el padrón, aunque se lo restrinja a los fiscales acreditados por las agrupaciones políticas autorizadas, e incluso para el caso exclusivo de aquellos que figuran en el padrón dentro de la misma sección electoral, de modo que no se opere con el traslado de votantes de una sección a otra a efectos de compensar porcentajes de electores. Sólo quienes tuvimos que correr de la mesa bajo nuestra fiscalización hacia la mesa donde votamos, para volver a hacernos cargo de la fiscalización, y quienes se ocuparon de ir cubriendo a los fiscales durante estos traslados, pueden comprender las dificultades que trajo esta nueva prohibición de incluir votantes en los padrones.
 
Para acceder a los resultados de una mesa: http://www.resultados.gob.ar/paginas/paginaspdf/Itelegramas.htm
Los datos que se van pidiendo constan en el troquel de constancia de votación.

Viviana Taylor

lunes, 5 de agosto de 2013

PASO 2013: Identidad, autoridad y relato


Viviana Taylor

 


Hace unos días, en PASO 2013: La racionalidad tras las supuestas irracionalidades, trataba de desentrañar algunas de las ideas subyacentes en las propuestas de campaña.

Hoy, motivada por los intercambios de ideas de los que participé en las redes sociales a partir de su lectura, me pregunto acerca de las formas de autoridad que parecerían encarnar los diferentes candidatos.

 

Comencemos por el principio:
¿De qué hablamos cuando hablamos de autoridad?

Autoridad es una palabra cuya etimología siempre me cautivó. Se refiere a una cualidad creadora propia del ser, y está emparentada con otra interesante palabra: autoría. Tengo que reconocer que este vínculo entre autoridad y autoría me resulta particularmente revelador: quien tiene autoridad es quien ejerce la autoría de lo que dice y hace. Y como un autor no es un intérprete, sino el que habla por sí mismo, por su propia voz, quien tiene autoridad fundada en su autoría, posee una capacidad o superioridad en función de una determinada actividad o saber. Por eso mismo, quien tiene autoridad goza de la fuerza de la convicción y del poder demostrativo sobre aquello que dice, hace o sabe.

La autoridad es parte del modo de ser de una persona, y es ese modo el que despierta en los otros su natural reconocimiento.

Por eso quien tiene autoridad no necesita imponerse: aún quienes se rebelan contra ella, en el propio acto de rebeldía están manifestando su reconocimiento.

 

¿Cómo surge la autoridad personal?
¿Cómo se la construye?

La autoridad está relacionada con el proceso de construcción de la personalidad, que procede por una doble estructuración.  La primera estructuración se produce durante la infancia, a partir de las identificaciones con nuestros padres (y luego con otros adultos). Y la segunda, se desarrolla en un grupo de pares, a partir del ejercicio de la apropiación de nuestros actos.

Este ejercicio de apropiación requiere de un marco social en el que los niños y los adolescentes se relacionen con la realidad sin la intermediación de adultos. Se da generalmente en pequeños grupos (como la barrita del barrio) ya que este tipo de agrupamientos crea las condiciones para que se sientan protagonistas de sus propias acciones y decisiones, así como para experimentar sus consecuencias. Este protagonismo es el que les permite inaugurar el sentimiento de autoría: ser dueños de sus elecciones y responsables de los actos que conllevan.  En esto consiste el proceso de apropiación del acto que, por darse en un contexto de pares, es un proceso de apropiación colectiva.


Como se trata de un proceso de emponderamiento, es opuesto a la fuerza tradicional de la autoridad. Por eso, cuanto más disminuye la fuerza tradicional de la autoridad, más aumenta la motivación para actuar.


En síntesis, podríamos decir que tenemos dos formas de participar en los grupos sociales: por un lado, a través de las relaciones interpersonales con quienes asumen la autoridad y a quienes se la reconocemos; y por otro, a través de la apropiación colectiva de nuestros actos.
 
 

El grupo y su relato
Todo grupo se reconoce en una narrativa: una forma de contar su historia por la cual le da un significado a su propia experiencia. Esa narrativa, que asume la forma de relato, no sólo provee el marco de interpretación de los hechos pasados, sino que a partir de un proceso de apropiación colectiva, le da unidad y coherencia a la proyección de las acciones futuras.
A pesar de que en los últimos tiempos se lo ha degradado (se ha usado el concepto como sinónimo de “versión mentirosa de la realidad” para oponerlo a una supuesta “versión verdadera”), el relato es el esquema primario por medio del cual la experiencia colectiva adquiere significado, ya que implica el reconocimiento de la autoría de las elecciones y las acciones, y el de los sentimientos morales.
De esta manera, la construcción del relato se va realizando a la par de la construcción de la identidad colectiva, en un proceso por el cual los individuos se van apropiando de la autoría de sus propias acciones entramadas en la historia colectiva.
Durante este proceso, la influencia que ejerce el grupo sobre sus integrantes suele manifestarse en procesos de imitación que permiten una homogeneización interna a la vez que una diferenciación externa: lo que los hace sentirse iguales entre sí y diferentes de los demás. Estos procesos colaboran en la profundización del sentimiento de pertenencia al grupo, a la vez que promueven la exclusión de quienes no lo logran. Así es como los procesos de imitación facilitan el control (y el grupo se convierte en el marco de referencia valorativo) a la vez que  son la causa de los fenómenos de contagio emocional.
De esta manera, todo grupo termina por convertirse en una comunidad moral en la que se desarrollan sentimientos de pertenencia y responsabilidad grupal, cuya identidad expresa a través de un relato.
 

Liderazgo y agrupaciones políticas:
Camino a las legislativas de octubre

Unos párrafos más arriba escribí que las dos formas de participar en los grupos se dan a través de las relaciones con la autoridad, y a través de la apropiación colectiva de los actos. También escribí que, en la medida en que la fuerza tradicional de la autoridad disminuye, aumenta la motivación para actuar.

 

Quizás un caso paradigmático para observarlo es el del FPV.  Como partido, es joven. Llamativamente joven si se consideran los resultados obtenidos en las urnas durante la última década. Y aquí es donde entra a jugar el relato: esa narrativa en la que una agrupación se reconoce, por la que interpreta su historia, y le da sentido a su ser y actuar.

En este relato el hecho fundacional es contextualizado en el desánimo y el descrédito expresado en el  que se vayan todos”, y consiste en la irrupción de un político casi desconocido, por fuera del aparato, que llegaba desde el sur patagónico para proponer un sueño. Así se relata el nacimiento de un líder fuertemente carismático, cuya autoridad se fue construyendo especialmente sostenida en la identificación emocional.

Claro que esta fuerza carismática habría sido insuficiente sin la progresiva recuperación de los indicadores de la crisis en que asumió su Presidencia, lo que permitió que además se le reconociera autoridad técnica. Si así no hubiese sucedido, seguramente habría sido necesario apelar a alguna forma de autoritarismo para sostenerla formalmente. De hecho, en este supuesto autoritarismo se centraba la crítica de sus oponentes políticos, presuntamente evidenciado en ciertas características de su personalidad. Las mismas que sus seguidores interpretaban como signos de autoridad personal.

El relato fundacional se vuelve completo, complejo y rico en matices al incluir la figura de Cristina, su compañera en la militancia y la vida. Podría no haber sido así: los liderazgos fuertemente carismáticos no se legan ni se delegan. Sin embargo, Cristina portaba –y porta- esas mismas características que distinguieron a Néstor. En el contexto del relato kirchnerista, en la pareja presidencial –pero especialmente en Cristina- se interpreta como firmeza lo que desde el relato antikirchnerista es obcecación y capricho; se lee como amor y protección lo que desde la perspectiva opuesta es simple demagogia; se asume como ternura lo que se desprecia como impostación.

Como en el caso de Néstor, el liderazgo carismático de Cristina ha sido asociado a su autoridad técnica y personal. Y, más que con Néstor, las críticas arrecian, fundadas en sospechas más o menos verosímiles: los relatos –de un lado o del otro- no requieren de datos que los sostengan. Se sostienen en la propia narración de quienes los asumen por ciertos.

 

¿Por qué el kirchnerismo es capaz de generar adhesiones y odios igualmente apasionados? Creo que la clave está en el hecho de que, durante su etapa fundacional, este espacio político se fue estructurando a partir de la construcción colectiva en la que sectores tradicionalmente silenciados y desprovistos de su poder de acción y decisión sintieron que podían ser protagonistas de una historia política que los incluía, y no como destinarios de la acción política de otros. Como protagonistas comprometidos en la concreción de sus aspiraciones personales y comunes, a través de un proceso de apropiación colectiva de la acción política, en la que la fuerza tradicional de la autoridad fue reemplazada por la fuerza amorosa de una pareja de líderes que los emponderaban. Un relato y una identidad que no a todos encantó: el emponderamiento de sectores tradicionalmente excluidos de la praxis política activó mecanismos de control en otros sectores, que se sintieron amenazados.

 

Para otras identidades y relatos, la experiencia durante estos 10 años fue absolutamente otra. Durante este período hubo alianzas electorales que no se sostuvieron a lo largo del tiempo: quienes fueron juntos para unas elecciones, se reagruparon con otros para las siguientes, y hasta hubo quienes se presentaron juntos a las PASO para separarse inmediatamente después. Los que un día se insultaban y acusaban, acordaron sumar fuerzas; y quienes parecían defender intereses y proponer estrategias comunes, decidieron hacerlo separados.

En este contexto disruptivo, donde lo permanente es la fragilidad de los acuerdos y las alianzas, las identidades políticas se licuan. No es posible un relato común en el que identificarse y darle sentido a la experiencia, simplemente porque no hay narrativa posible que los contenga. Y es difícil pensar en la apropiación colectiva de los actos, como un modo de generar identificación y compromiso activo con la militancia, porque la única autoridad posible se sostiene con la fuerza de su formalidad. Es que las alianzas tienen demasiados líderes: y la sobreabundancia, en estos casos, resta. Cuando los líderes son muchos, es porque ninguno ha sido capaz de recortarse del resto, con un liderazgo genuinamente reconocido por todos.

 

Quien parece haberlo entendido –o al menos estar intuyéndolo, no en vano es guerrera sobreviviente de numerosas batallas- es Elisa Carrió: ha buscado construir su identidad a partir del recurso de la denuncia y la queja constantes y sistemáticas, y lo está replicando al interior de la alianza que la contiene.

Por una parte, esta estrategia la mantiene visibilizada en forma permanente. Pero por otra, lo esperable es que repita la experiencia que ha protagonizado en todos los espacios políticos de los que ha formado parte, haciéndolos estallar.

Un efecto seguramente no buscado (es que la vuelve una más entre todos), pero que no podemos calificar de imprevisto, es que al portar con semejante fuerza de impregnación esta marca de identidad, ha promovido un fenómeno de contagio emocional y de imitación en otros precandidatos de su mismo espacio político, que hasta hace apenas unas horas criticaban su actitud. Una vez más, los procesos de imitación grupal se han constituido en mecanismos de control, por los que el grupo los ha convertido en marco de referencia valorativo. Falta poco para ver si este nuevo valor se constituirá en su identidad distintiva, de modo que este espacio asuma para sí el lugar de la denuncia y la queja, perdiendo su potencia propositiva.

Si la tendencia a la denuncia sistemática y poco fundada se impone sobre la capacidad de generar propuestas, Carrió habrá vuelto a impregnar un espacio con características que le son propias y que tienden a la desintegración grupal.

 

Sergio Massa, en cambio, decidió jugar distinto. Constituyó una alianza con Mauricio Macri, quien al parecer -por los dichos de Gabriela Michetti en varias entrevistas- lo hizo de modo inconsulto con los otros integrantes de su partido. Con esto, ambos nos regalaron una interesante muestra sobre su modo de concebir la autoridad: Mauricio parecería haber asumido la propiedad y autoridad exclusiva y excluyente de su partido político como espacio propio; y Massa parecería no haber considerado necesario revelar el acuerdo y –ante los reclamos incesantes de Macri por un lado y De Narváez por otro- sigue mostrándose esquivo a ofrecer aclaraciones.

El espacio político que hoy encabeza Massa no nació de un hecho fundacional mítico ni místico, ni parece haberse gestado desde la militancia: fue presentado como una organización prearmada, en un acto producido con la estética de las entregas de premios, aunque careció de todo dramatismo teatral. Los candidatos fueron seleccionados por armadores de lista (Juan José Alvarez y Eduardo Duhalde) en la que no faltaron rostros vinculados a los medios corporativos, personajes que se siguen definiendo como apolíticos, y representantes de aquellos intereses que derivaron en la política del “que se vayan todos”.  

Si bien intentó capitalizar su pasado de funcionario kirchnerista, asumiendo aquellos orígenes sin sus posteriores desvíos, no logró otra cosa que un relato dominado por la asepsia: se presenta como el candidato para garantizar la preservación de todo lo bueno que construyó el kirchnerismo, y la derogación de todo lo malo y discutible que encarna, especialmente sin las confrontaciones que lo caracterizan (pero que para él lo definen). Pero la asunción parcial de la identidad y el relato kirchneristas, que en un principio parecían asegurarle parte de su electorado, ahora parece que no lo hará: quienes se han emponderado a través de una construcción colectiva no parecen estar dispuestos a migrar mayoritariamente junto con quien se propone como un nuevo candidato surgido entre ellos, pero que elige ir hoy acompañado de esos otros.

Prolijo en su aspecto, prolijo en su decir, intenta transpolar esa prolijidad sobre su actuar, y se presenta como un gestor prolijo. Pero tanta prolijidad no enamora: no tiene nada de mártir ni de héroe, y aunque se haya presentado él también como viniendo a proponer un sueño no alcanza para construir un líder.

Tiene algo a su favor: le gusta a los medios. Y tiene algo en contra: nada en su relato resiste la contrastación con la realidad.

Es el candidato construido a medida: como los grupos pop surgidos de los reality. Así que, seguramente, durante un breve tiempo algo obtendrá.

 

 

También están esos otros partidos y agrupaciones que, de uno u otro signo, han resistido la tentación de que los cambios coyunturales les atraviesen la identidad. Partidos con una identidad clara, ya asentada, y con un relato que –a veces- incluso se resiste en sus expresiones y propuestas a asumir el cambio de aire de los tiempos.

El núcleo duro del Radicalismo que se reconoce en Leandro Illia y en Terragno, sin haber cambiado de banderas sólo porque otros ahora también las reivindiquen, resiste las alianzas meramente electoralistas con que algunos de sus candidatos hieren la historia y la identidad partidarias.

El nacionalismo reaccionario representado por Biondini sigue luchando contra los mismos peligros, aunque sean poco más que molinos de viento, y permanecen ciegos a los cambios de época e incapaces de mirar más allá de las fronteras de la Patria.

Parte de la izquierda sigue siendo la izquierda. Y la derecha conservadora del agronegocio y la patria financiera siempre se reconocerá a sí misma.

Todos estos grupos se reconocen en sus relatos, a través de los que interpretan el pasado explicando y explicándose quiénes son, de dónde vienen, y hacia dónde se proyectan. Relatos más o menos abiertos: relatos que reconocen la legitimidad de la existencia de otros relatos, con los que incluso conviven y hasta se permiten la negociación de ciertos sentidos. O relatos que se plantan en una guerra semántica que encubre el deseo –realizado en la praxis política en caso de acceder al poder- de la anulación de los otros relatos. Que siempre es la anulación de quienes encarnan otros relatos: la anulación de los otros.

 

Al principio decía que el relato es el esquema primario por medio del cual la experiencia colectiva adquiere significado. Y que todo grupo, atravesado por una experiencia colectiva, termina por convertirse en una comunidad moral en la que se desarrollan sentimientos de pertenencia y responsabilidad grupal, cuya identidad se expresa a través de ese relato.

 

Si en mi artículo anterior concluía que lo que elegimos cuando votamos son las razones que están detrás de los actos, hoy agrego que podemos reconocerlas en el entramado de sus relatos. O en la incapacidad para articularlos.

 

 

Viviana Taylor

 

 

 

viernes, 2 de agosto de 2013

PASO 2013. La racionalidad tras las supuestas irracionalidades



Viviana Taylor


Falta apenas poquísimo más de una semana para que las urnas vuelvan a convocarnos. Y si bien los ánimos caldeados de los spots proselitistas parecerían indicarnos que todo está muy bien definido y suficientemente planteado, no es tan así. De hecho, si las posturas estuviesen tan bien definidas y hubiesen sido suficientemente planteadas, esos spots sobrarían. Bastaría apenas un espacio para que los indecisos terminaran de decidirse, y seguramente lo harían sobre el universo acotado de las sutiles diferencias entre aquellos con los que acuerdan.

Pero no. No es así. Si tratáramos de imaginarnos como un turista totalmente ajeno a la realidad argentina, que llegara en estos momentos y se sentara a escuchar a unos y otros, seguramente pensaríamos en su inmediata confusión. La misma confusión –no tan inmediata, demasiado persistente- que nos envuelve a muchos de nosotros como un manto de niebla del que no logramos salir. Somos, en nuestro propio territorio, turcos en la neblina.

¿Tan así?

Voy a tratar de abstraerme de los aspectos más concretos de esta campaña –que se extenderá y profundizará hasta octubre- para tratar de asomarme a las profundidades borrascosas de algunos supuestos ideológicos de base. ¿Cómo se piensa la política? ¿Qué podemos esperar y qué no, a partir de cómo se la piensa, interpreta, explica, y actúa?


Una de las primeras cuestiones que salta a la vista es el acuerdo en la expresión unívoca, exclusiva y excluyente de un deseo: que se vayan los que están. Si bien con el acaloramiento propio de la campaña ya algunos candidatos dejaron de expresar el “no importa quiénes vengan” que antes acompañaba la consigna, la idea sigue flotando en el aire. De hecho, el “no importa quiénes vengan” parece haberse radicalizado en la conformación de las alianzas con la consigna no dicha “no importa quiénes vayamos juntos”. Pero esta idea de que  juntos se hace más fuerza parecería en realidad encubrir lo que los menos entrenados en las sutilezas del lenguaje confesaron: “no estoy con quienes querría, sino con quienes me aceptaron”, lo que abre la posibilidad no sólo a no estar con quienes se querría, sino incluso a estar con quienes no se quiere. Este parecería ser el caso de un conocido político que, después de criticar ácidamente a otro que está liderando una nueva fuerza pretendida renovadora, menos de dos semanas después de sus descalificaciones decide sumarse a su lista como una forma de aumentar sus probabilidades de acceder a una banca. Los nombres sobran, aunque son fácilmente identificables: lo que importa aquí es ver qué hay detrás de estas conductas, aparentemente irracionales.

Vamos a aclarar que en estas cuestiones –como en la mayoría de las cuestiones humanas- “irracionalidad” es el nombre que le damos a la categoría de todas las acciones que se separan de aquellas que, según nuestra propia racionalidad, consideramos debidamente justificadas. Pero lo que está en juego no es determinar cuál es la racionalidad frente a las supuestas irracionalidades, sino comprender que hay diferentes racionalidades en juego, y cada una de ellas nos llevará por caminos diferentes.

Vamos a recurrir a un sencillo ejercicio: hagamos un poco de genealogía de las alianzas que se han conformado. Y ahí nos vamos a encontrar con una primera gran dificultad: es difícil hacer una historia de ellas, a fin de identificar una cierta continuidad en lo que creen y proponen. Los que hoy estaban juntos antes iban separados; los que hoy están separados hasta hace poco iban juntos; quienes llegarán juntos al Congreso han votado de modo diferente –y contradictorio- en cuestiones sensibles que hacen a las políticas de Estado; quienes votaron en consonancia no están necesariamente en la misma lista. La aparente falta de propuestas en la campaña no es tal: no revela carencia sino exceso y contradictoriedad. No van con un programa común, sino con la finalidad común de ayudarse a llegar. Y después se verá… y lo que seguramente se verá, visto lo que ahora se ve, es que luego cada uno llevará a su banca su propio progama. La imagen que irrumpe en mi mente es la de un colectivo-transporte de pasajeros: todos van arriba, con el fin de llegar a un mismo lugar. Unos se subieron después, otros se bajaron antes para cambiar de colectivo porque intuyeron un atajo o mayor velocidad en el recorrido, un recorrido que no todos completarán. Pero, en cuanto lleguen a destino, los pasajeros se bajarán y cumplirán cada uno con lo que fue a hacer. No importa qué hagan los otros.

La aparente irracionalidad de muchos políticos –con una larga historia en estas lides la mayoría de ellos- es sólo una forma de racionalidad que me parece bastante clara: no importa el colectivo, sino llegar. Lo que revela una concepción personalista de la política: es totalmente vano esperar la construcción colectiva de proyectos de quienes la conciben de este modo. Se podrá negociar, pero nunca estará en el foco de atención el bien común, porque no es en lo que se está pensando. El bien común no se entiende de otro modo que el lugar donde se intersectan, superponen, cruzan, los intereses particulares. El bien común se confunde con el transporte colectivo: nos permite llegar para defender nuestros intereses particulares. Y ahí está el otro problema…

Cuando se entiende al bien común como la intersección de los bienes/intereses particulares, se está dejando de lado el hecho de que los intereses particulares suelen ser contradictorios entre sí. Un ejemplo: la educación pública es un bien común, en tanto no sólo beneficia al alumno que la recibe, sino que beneficia a la sociedad toda  ya que al elevar su mínimo educativo le permite gestionar más efectivamente la mejora de muchas otras variables. Una sociedad más educada responde mejor a  las políticas en materia de salud, productividad, etc. etc. etc. Hasta ahí, seguramente todos de acuerdo. Pero resulta que la educación pública debe ser financiada, y para que el Estado pueda financiarla debe contar con impuestos. Impuestos que no preguntan si tenemos hijos en la escuela, o si nosotros mismos nos beneficiamos directamente de ella. ¿Por qué, entonces, todos deberíamos sostenerla? ¿Por qué debo costear la educación pública, que no uso, o la salud pública si pago la privada? ¿Por qué dilapidar mi dinero en alumnos que quizás ni siquiera la aprovechen y no quieran estudiar? ¿Y si mejor hacemos más eficiente el gasto destinándolo sólo a los que lo necesitan y se lo merecen, por ejemplo a los alumnos pobres que hayan obtenido un cierto resultado en un test determinado; y para los demás mantenemos una escolaridad paga de calidad y otra gratuita con beneficios más acotados?

Considerar al bien común como la suma de los intereses particulares es parte de una racionalidad absolutamente diferente a la que considera que el bien común los trasciende, y que es un bien de orden superior. De racionalidades tan diferentes no pueden surgir propuestas comunes. De confrontarse ambas racionalidades en el seno del Congreso, obviamente se alzarán acaloradamente los ánimos, y habrá conflictos entre uno y otro lado. Lo que nos lleva a otra consideración…


Otra de las ideas sobre las que se estuvo sosteniendo la campaña es la necesidad de acabar con la confrontación. Si la idea es más que un slogan aséptico, meramente electoralista, y expresa una convicción profunda, es preocupante. Es preocupante porque ya no sólo no considera las contradicciones esenciales entre el bien común y los intereses particulares, sino que va más allá, al negar que los intereses particulares deban –necesariamente- confrontar. No sólo niegan la existencia de un bien común por encima de los particulares, sino que creen que los intereses particulares lo son de la misma manera: todos quieren los mismo. Es tan ingenuo, tan infantil el planteo de pensar que a todos los mueven los mismos intereses… que me inclino a sospechar que, en realidad, el planteo es que la desaparición de la confrontación se logrará anulándola. Y la confrontación sólo es anulable cuando uno de los intereses se impone –por la fuerza de la legitimación o de la represión- por sobre todos los otros intereses.

¿Qué sería imponer un interés por la fuerza de la legitimación? Convencernos a todos de que eso que quieren algunos, es lo que nos beneficia a todos. Es desear no lo que para nosotros es bueno, sino lo que nos enseñaron a desear. En el contexto de la realidad actual, esa fuerza de legitimación sólo la pueden tener los medios masivos de comunicación: aquellos con fuerza de impregnación no sólo por llegar a todos, sino por hacerlo de modo permanente, constante y repetitivo. Es la pedagogía de la gota que horada la piedra. No casualmente los candidatos de la no confrontación se han convertido en los niños mimados de los medios, que –incluso- han llegado a colocar personas de su propio riñón en sus listas: candidatos de los medios que nos sorprenden por su falta de conocimiento político, su desconocimiento absoluto sobre propuestas y la incapacidad de expresar alguna definición ideológica, mientras intentan seducir con una fingida candidez. Es que no están para conocer, proponer ni definirse: se les aplica la teoría del caño. Su función es que a través de ellos pasen –de forma rápida e inalterable- las propuestas y definiciones de quienes sí conocen, proponen y definen. Por eso es bueno que no nos engañemos: los medios de comunicación –el diario, la radio, la televisión…- no son más que el producto de difusión de las corporaciones empresariales que los producen. Así como producen candidatos, que están testeando en estas elecciones de cara a las próximas. Medios y candidatos son engranajes de su maquinaria para la defensa de sus intereses de parte: los intereses del grupo empresarial que representan.

Cuando estos mecanismos de legitimación fallan, se los sostiene mediante mecanismos de represión. Esta es la razón por la cual este sector siempre está asociado a otros que ejecutan los mecanismos de represión. Aquí sí es sencillo hacer genealogía, ya que –a diferencia de las alianzas políticas actuales, que en sus rostros parecerían menos permanentes- estos sectores asociados se han mantenido aliados a lo largo del tiempo. Las corporaciones empresariales –algunas de ellas mediáticas- han co-operado desde siempre con los sectores de la Iglesia más reactivos y conservadores, y lo han hecho con las fuerzas armadas y de seguridad durante un largo período de nuestra más negra historia. Los servicios residuales de lo peor de esa época siguen operando desde las sombras para estas corporaciones, promoviendo falsas denuncias que terminan desembocando en su mayoría en ningún lugar, pero que impregnan el humor social promoviendo la convicción respecto de quiénes son los buenos y quiénes los corruptos, siempre en relación con la defensa de sus propios intereses. El mecanismo es tan básico y repetido que no deja de sorprenderme que siga siendo efectivo: desde estos supuestos servicios se gesta una denuncia, que se replica en los medios, y algún que otro político con banca en el Congreso toma y presenta como investigación propia. Así, mientras se ocultan actos ilegítimos e ilegales de todo orden realizados por propios, se inventan y difunden los supuestamente cometidos por ajenos.


A otros políticos también es difícil seguirles la continuidad en su genealogía, pero por muy diferentes razones. Si bien la crisis del 2001 no derivó propiamente en una instancia fundacional de nuestra política, sí podríamos considerarla refundacional en varios aspectos.

Todavía me resuena el convencimiento de muchos politólogos y sociólogos que teorizaban por entonces acerca de la crisis –e incluso vaticinaban la muerte- del sistema de representación política. Aunque algunas de esas voces todavía se sostienen, creo que hoy es posible asomarse a esas posturas como quien se asoma a las ideas sobre el  fin de las ideologías de Bell y Fukuyama: interesantes, promotoras del pensamiento y la reflexión… pero fallidas y obsoletas.

Era bastante lógico que, al momento de rearmarse los partidos políticos, la emergencia de nuevas figuras en la política y el emponderamiento de otras no tan nuevas, pero que habían permanecido en los márgenes o incluso silenciadas, instituyeran nuevas reglas de juego. Aparecieron nuevas caras, políticos jóvenes comenzaron a tomar protagonismo, surgieron nuevos movimientos políticos. Esos espacios emergentes desde hace poco más de 10 años fueron particularmente vitales; y –consecuentemente- el tránsito de personas fue de la mano con la definición de posicionamiento ideológico y de praxis política. Ninguno de los protagonistas emergentes durante estos años puede ser –con justa razón- cuestionado por no estar donde estuvo, o estar donde no había estado. El tránsito es parte del proceso de construcción de nuevos espacios políticos: quienes se sintieron convocados y participaron activamente en las etapas de definición, pueden no haberse sentido identificados con los resultados colectivamente construidos. Y quienes no se sintieron interpelados durante la emergencia de los conflictos y confrontaciones propios de la construcción de consensos, bien pueden haberse sentido convocados a partir de su definición. Incluso, los mecanismos de confrontación y construcción colectiva, en su capacidad de interpelación a propios y ajenos, pueden haber incidido fuertemente (en eso consiste, justamente, el sentirse interpelado) en la revisión de las propias convicciones y su transformación.

No es lo mismo el cambio de lugar en razón de la profundización –o incluso el cambio honesto- de las propias convicciones, que el cambio de lugar como garantía de mayor protagonismo, o el cambio de lugar para acceder a un sitio con quienes no se comparte otra aspiración que ese acceso.

Mi convicción es que este proceso refundacional aún no ha terminado. La emergencia de un nuevo espacio político con proyección nacional como el Kirchnerismo (en el que han confluido actores provenientes de diferentes vertientes comunitarias y políticas y otros que se han iniciado en la militancia y la participación activa a partir de su constitución) con su dinámica de construcción tan activa en nuevas adhesiones y deyecciones hasta llegar a la definición de la identidad que hoy le es propia, ha impactado fuertemente sobre los otros espacios políticos, en dos sentidos: en el pasaje de muchos de sus adherentes, militantes e incluso cuadros políticos; y en la redefinición de su identidad partidaria.

 Así fue como algunos, con lo que se compartían las mismas reivindicaciones, reactivamente las han abandonado como un modo de diferenciarse. Algo muy parecido a la entrega de la propia identidad como una manera de no disolverse en lo que se prefiere seguir pensando como lo otro, pero que tampoco se quiere asumir como contrario. Incluso, algunos de esos espacios parecerían no poder salir de esa sensación de haber quedado desubicados: no quieren enarbolar las mismas banderas, pero se resisten a arriarlas. Y van así, con banderas a media asta. Unos y otros dejaron de enamorar a quienes enamoraban porque ya no portan las banderas que portaban, o porque no las llevan con la pasión activa de las convicciones que encarnaban.

En sus intentos por desmarcarse sin resignar todas sus convicciones, tienden a caer en un discurso de ruptura de la racionalidad orgánica de gestión política. Así, cuando apoya algunas medidas (como la AUH) pero se critican otras (como la estatización de las AFJP o el impuesto a los ingresos para la 4ª categoría) soslayan que la instrumentación de unas depende de las otras. Esto es, en la negación de la necesaria organicidad de los proyectos y programas, sostienen que es posible realizar unos sin otros. Así, la desconsideración de su organicidad vuelve inviables las propuestas de campaña de sostener algunos logros derogando otros. Una inviabilidad que se denuncia a sí misma en la falta de explicitación de los “cómo”.

Para otros, en cambio, las definiciones claras del Kirchnerismo han facilitado la diferenciación, a la que han instrumentado a través de mecanismos de confrontación. No faltan en estos días quienes llegan a hacer de esto la expresión única de su campaña: son varios los spots en que los candidatos se limitan a expresar qué leyes no votaron; y no faltó quien apareció jactándose de no haber acompañado una sola de las iniciativas del gobierno nacional. Sin embargo, el mero oposicionismo no parece ser tan convocante como presumían: este último precandidato es quien –justamente- acaba de pasarse a la lista de aquel otro que –por el contrario- inició la campaña sosteniendo que no iba a confrontar, aunque ahora se arremangue un poco amenazadoramente (quizás porque leyó en la regresividad en las encuestas que la ausencia absoluta de confrontación proyectaba una deslucida imagen con sabor a nada).

Por último, otra forma de racionalidad parece ser la que cierta forma de alternancia, concebida como una sucesión de turnos. Sí, de turnos: como cuando estamos jugando, y primero le toca a uno y después al otro. Algo de esto ya estaba implícito en la expresión de que no importa quienes vengan, sino quiénes se van. Y está explicitado en las expresiones “ahora es nuestro turno”, “ahora nos toca a nosotros”. Esta racionalidad, que considera a la alternancia como buena y deseable en sí misma, parecería entender el juego democrático como una cuestión de equilibrio pendular, en el que hay un justo punto medio al que se llega pasando de un extremo a otro. Quizás en el movimiento del péndulo se pueda verificar que en un punto del trayecto en cada sentido se alcanza –por un instante- ese justo y deseable punto medio… Pero la realidad social no se rige por las leyes de la Física. Y, por otra parte, ¿cuál sería ese punto justo medio, en caso de existir tal cosa? ¿El punto de confluencia de los intereses de todos, o de la equidistancia de los intereses de todos? Es difícil de conceptualizar, simplemente porque es un argumento que no se sostiene: la alternancia de los turnos es buena cuando nos estamos tirando por el tobogán, para que podamos hacerlo una vez cada uno. Pero esto es otra cosa… Quizás por eso quienes conciben la realidad política desde esta racionalidad hayan llegado al punto del hartazgo: hartos de esperar su turno.

Y la razón por la que esto es otra cosa es porque los turnos parten de la idea de la existencia de personas –o sectores- que ambicionan el mismo bien escaso (tirarse por el tobogán, la atención del vendedor o del médico, el acceso al probador…), y el turno vendría a colaborar al establecer un orden que garantice que todos puedan acceder a él. La alternancia como un bien en sí misma nos hace pensar en que un período de gobierno está pensado como un bien escaso, al que se desea acceder para poder usarlo como se considere más conveniente… y después que pase el que sigue, hasta que vuelva el turno. Nada más alejado de la consideración de la continuidad de las políticas de Estado, o incluso de que el acceso al poder ejecutivo no es un bien en sí mismo sino uno de los medios posibles para llevar adelante un programa de gobierno centrado en la búsqueda del bien común. Es entendible que, quienes asuman esta forma de racionalidad, sean los mismos que hacen campaña diciendo lo que van a proponer, siendo que ya estuvieron durante al menos un período en el espacio para el que se vuelven a postular, y no fueron capaces –o no pudieron, o no quisieron, o no se les ocurrió- hacer nada de lo que ahora dicen que harán. Simplemente, porque no era su turno. Ellos tampoco son jugadores de equipo: juegan para sí, cuando les toca hacerlo. Mientras tanto, esperan que les toque. Si es que les toca: porque, como también explicitan, los que están podrían quedarse una década más. Lo que no dicen es que, se queden o se vayan, quienes se quedan y se van lo hacen por voluntad del voto popular. Algo que para la regla de los turnos no tiene importancia alguna.


Una creencia muy común a estas diferentes formas de racionalidad es la concepción de que el gobierno es el espacio político del signo de quien ejerce el Poder Ejecutivo. Así, el gobierno son la Presidenta, su Vice y sus Ministros, con sus Diputados y Senadores, todos los funcionarios que de ellos dependen y que a ellos responden, y se extiende, incluso, hasta los militantes, los afiliados, los simpatizantes y aún los ocasionales votantes. Si no se es de su signo político, aunque se esté presidiendo un bloque legislativo no se es gobierno.  Quizás haya que buscar en esta creencia la razón por la que algunos no aportan desde sus bancas al proyecto de país en marcha; por la que otros juzgan como una actuación deseable el haber votado en contra de todas las iniciativas del partido mayoritario; por la que la mayoría vuelve a proponer los mismos slogans de campaña que vienen enunciando desde otras campañas, sin haber trabajado desde las bancas para transformar slogans en proyectos y proyectos en realidades. Quizás por eso, alguno que otro, ni siquiera recuerdan muy  bien qué votaron, y afirmen haber festejado la aprobación de la ley que en su momento reprobaron, criticaron por todos los medios que les prestaron sus pantallas y micrófonos, y votaron en contra. Y quizás por eso unos y otros no sientan ninguna contradicción en hacer las cosas del modo en que lo hicieron, y se propongan para un nuevo período legislativo para seguir haciéndolo. Están a la espera de su turno. Hartos de esperar, sin hacer nada.

Por supuesto que estas formas de racionalidad no agotan el repertorio de las posibles. Veo a otros precandidatos (desde los mismos espacios políticos –peleándoles la interna-) con mucha más disponibilidad colaborativa, proponiendo aportar al proyecto colectivo desde la diversidad y lo divergente, colaborando en la profundización de aquello con lo que acuerdan y en la corrección de aquello que critican del actual proyecto político. Y a otros desde una postura plena de identidad histórica –en algunos casos hasta fundamentalista- claramente expuesta, con la que rápidamente es posible identificarse o disentir: son lo que son y así se presentan. Pero, por alguna razón hace unos párrafos ya fundamentada, no tienen el mismo acceso a los medios de difusión: deben contentarse con los magros minutos que les garantiza la Dirección Nacional Electoral, y competir en desventaja con la promoción que otros consiguen disfrazada de debates (a los que no sólo jamás son invitados, sino que son ocultados por sus contendientes en la interna), paneles de opinión y entrevistas. Pero por hoy es suficiente: sobre estas formas de racionalidad hablaremos otro día.

Lo que me parece importante es que hoy nos quedemos con la idea de que no es cuestión de oficialismo y oposición. Es cuestión de racionalidades. Eso es lo que elegimos cuando votamos. Porque ellas son la razón detrás de actos.

 

Viviana Taylor

Para leer la Segunda Parte: Identidad, autoridad y relato